Llega el vino del estío y hace un calor de mil pares. Pasar de 40 grados bajo cero a 46 por encima, todos ellos rebosantes de humedad, no es poca broma. Sales de casa y el aire se te pega a cara y cuerpo como un sudario caliente. He tomado conciencia exacta de la temperatura al ver a una ardilla recostada sobre una rama, como una odalisca patitiesa, con la cola colgando lánguida e inmóvil. Se me ha ocurrido que podría bajar y dejar a su alcance un cuenco con cerveza bien fría. La próxima vez. Por lo demás, no solo nos achicharramos los mamíferos del barrio. La levadura del sol es capaz incluso de agostar la poderosa vegetación de Ottawa, ciudad feraz cuando no está cubierta de nieve. Como no hay mal que bien no traiga, también la maleza se ha retirado a sus cuartes subterráneos. Es un calor tórrido, de malecón habanero, y de una inclemencia siciliana. En casa, he restringido mis viajes al piso de arriba, imposible de refrescar por más ventiladores que se pongan a trabajar. Little Ibiza está intratable. De noche el aire acondicionado nos mantiene fresquitos. M se aclimata mejor, más allá de unas pocas exclamaciones (Ostia, quina calor que fa!). Canadá. Qué país.
Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?
Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire
viernes, 22 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
Más sobre M y JC
(Amor) Que los infructuosos esfuerzos motores de M por atrapar el frisbi me parezcan más bellos que el revés a una mano de Federer.
(O también) El estoicismo duramente aprendido con que M tolera cada mañana mis inefables combinaciones de chaqueta, corbata, y camisa, renunciando a restablecer el más mínimo sentido de la estética. Y en verano, dejarme ir al trabajo con camisa de manga corta, como un mormón que además fuera dependiente de El Corte Inglés.
(Amantes circadianos) Protege mis noches tempranas, como yo sus despertares lentos. Durante dos horas al día guardamos la soledad del otro, que eso es amor, según Rilke.
Ahora entra.
miércoles, 20 de junio de 2012
Little Ibiza
M está que se sale. Desde que salió victoriosa —si bien el triunfo pudiera tratarse de un espejismo— de su lucha jardinera contra los malignos dandelions (dientes de león), se ha lanzado a un frenesí de actividad. El giro profesional que anhela para su carrera ya está en marcha. Mientras se produce, se muestra más simpática y fraternal que nunca; el vecindario está entregado, la adora, reservándome, con todo merecimiento, el papel de marido nervioso y un poco misántropo. El jueves abrió la casa para dar una merienda en homenaje a J y E, que pronto nos abandonan, poblando la casa de juguetes para los niños y sándwiches de nutella para mí. Y el domingo organizó una expedición para los S. en raft por el río Ottawa, coronada por una barbacoa en el pontón sobre el lago Muskrat. Hacia todos tiene detalles, amables deferencias para las que tiene una sensibilidad especial. Qué decir de El racó de M. Fatiga las páginas del libro del recetas familiares de Ferrán Adrià, con resultados felicísimos; su última goyería, una codorniz sobre lecho de cuscus, que le salió puramente canónica y carnal. Pero sin duda su obra maestra de los últimos tiempos ha sido la creación de Little Ibiza en nuestra terraza. Compró un conjunto de jardín —sofá en L y dos otomanas— por tres pesetas en el Canadian Tire. Añadió la mesita de madera que traía de Barcelona y dispuso velas y antimosquitos con eficacia y gusto. Un poco de música suave desde el interior y ya está, Little Ibiza, el mejor lugar de toda la ciudad entre las seis y las once esta época del año. Ideal para leer, perfecto para recibir. Pero como por la mañana el calor es asfixiante, y su mente no descansa, ha decidido crear otro espacio en el porche. Allí ha plantado dos sillas muskoka de plástico —media peseta cada una— desde donde poder ver crecer la hierba y leer los domingos triunfantes. Lo hemos llamado un coin de provence. Ya lo sé. Y no sobra decir que está guapísima, primaveral como una musa de Boticcelli.
sábado, 16 de junio de 2012
Pow wow
Agustí nos ha regalado hoy una experiencia impagable: nos ha llevado a un pow wow, que es, en síntesis, una reunión pública de indios, no muy distinta de nuestras romerías, pero en círculo y con mucha percusión. La cita era en un prado a las afueras de Ottawa. 'Ya no estamos en Canadá. Esto es tierra algonquina' nos advierte Agustí, bajando el tono. 'Hay pow wows de varias clases: celebratorios, de preparación de la caza o de la guerra, rituales, funerarios. El de hoy es familiar y abierto al público'. Léase: para turistas. Pagamos una entrada de veinte dólares, nos estampillan el dorso de la mano, y entramos en el recinto. Un graderío cerca un espacio circular y hay puestos de buhonero, aunque no precisamente de baratillo, esparcidos en los alrededores. Como lo que tenga que empezar no ha empezado todavía, damos una vuelta por los expositores, a ver si hay alguna pulsera o collar bonitos. Yo me quedo muy contento de comprar una History of the North American Indian Wars que ya me leeré. Agustí nos comenta que los algonquinos son los anfitriones, pero que otras tribus han sido invitadas; así los mohawks, iroqueses, cree, etc. La cosa tarda en empezar así que los cuatro —Agustí, Derek, M y yo— pedimos una hamburguesa de búfalo (será de bisonte, le digo al que atiende, que no se da por enterado) que nos dan en un bollo frito. La carne es dental, indigesta, magnífica. Al parecer solo los indios tienen el privilegio para cazar bisontes, y por ende, de comer hamburguesas de bisonte cuando quieren. Hay tiempo de mezclarse con la concurrencia. La mayoría de los asistentes son indios, claro. Tienen la piel oscura, los ojos rasgados, los pómulos altos.
Las mujeres llevan el pelo negrísimo anudado en una larga cola de
caballo o en trenzas. Quien más quien menos, todos tienen problemas de sobrepeso. La
diabetes —padecida en mucha mayor proporción que los europeos por inadaptación del organismo a nuestra porquería de dieta hiperglucémica— hace estragos en la población indígena. El animador del evento nos convoca por megafonía. El sol castiga las gradas, los pocos espacios de sombra ya ocupados. Nos sentamos e inmediatamente comienzan a sonar los tambores y un murmullo de voces mugiendo. Es como un cante jondo, pero yo diría que con poco duende. Nos piden que nos pongamos de pie para recibir a los veteranos. Entonces comienza un desfile que no comprendo. Una guarnición de first nations portando las banderas de la ONU, de la OTAN, de Canadá, de Estados Unidos y de la Nación mestiza (negra con un símbolo de infinito sobreimpreso). La verdad, no esperaba ver la bandera de la OTAN en un pow wow. Luego, por fin, empieza la fiesta, y tras un primer rondo ejecutado por los más avezados, el animador, cuyas bromas no terminan de funcionar, invita a las familias a saltar a la pista. Bajan unos pocos y se ponen a bailar, sin orden aparente. Un poco a lo Chiquito de la Calzada, pero con brío y algún espasmo. Todo es patético y medianamente pintoresco, alternándose los indios empenachados con vistosas coronas de plumas, y vestidos con lujosos cueros, con los que van en sandalias y camiseta, los abuelos con los chavales. El espectáculo es monótono, fallido. Cunde la decepción entre el público. El animador se apercibe de que la cosa decae y se excusa 'Vamos hombre, ya sé que esto no es cómo el año pasado. Este es un pow wow familiar, con los recortes no nos daba para más'. Los tambores suenan como un taladro. Es el tipo de música que desata mi eurocentrismo (¿en qué universo este tam tam obstinado podría tener el mismo valor que un cuarteto de cuerda?) Pero lo más sorprendente es girar la cabeza y darme cuenta de yo, el euro céntrico soberbio y descreído, soy el que mejor se lo está pasando. A M le ha entrado una risa nerviosa y Derek está visiblemente hastiado. Agustí, que lo sabe, nos invita a concluir nuestra vista a la tierra algonquina. Yo me hubiera quedado un rato más y pido que conste. Todo esto da mucho que reflexionar pero lo haremos otro día. Baste apuntar ahora que la hamburguesa estaba de miedo y que el resto me ha dado mucha pena.
P.S. N me informa de que los bisontes ya se crían en granjas. Así, que lo correcto es decir que sólo los indios disfrutan de hamburguesas de bisontes salvajes.
P.S. N me informa de que los bisontes ya se crían en granjas. Así, que lo correcto es decir que sólo los indios disfrutan de hamburguesas de bisontes salvajes.
viernes, 8 de junio de 2012
Ardillas
Cada mañana, cada tarde, nos cruzamos con montones de ardillas. Corren dando pequeños saltos, de forma ondulada, taquigráfica. Un, dos, tres, una pausa, un titubeo, y otra vez en marcha. Tengo simpatía por estos roedores, quizá porque de niño eran los únicos animales que veía con cierta frecuencia, en los pinares de la sierra de Guadarrama, y quizá porque una ardilla puede hacer sin esfuerzo exactamente lo que un niño desearía: trepar por los árboles y volar como un trapecista de copa en copa. Y también, pienso, porque parecían estar solas. Ahora, no parece importar la repetición, siempre que veo una ardilla no puedo reprimir tirar de la manga a M y decir, tontamente: '¡Mira!' como si hubiera avistado un dodo o un unicornio. En invierno menudean las ardillas grandes y negras, de aspecto matonil. El buen tiempo las trae pardas, grises y marrones. El periodo de gestación ha debido de terminar hace poco, porque el barrio está lleno de crías que se dejan atropellar por los coches. No pasa un día sin que veamos un cadáver despeluchado en la calzada. Es una visión muy desagradable y no envidio al barrendero que tenga encargo de retirarlas. A veces -sólo a veces- se las ve emparejadas, felices, persiguiéndose como si jugaran a ninfas y dioses pervertidos. Otras veces las encuentro erguidas sobre un plinto, con el penacho bien frondoso, en postura de pensador o de oráculo. U hocicando en el jardín. Hace un minuto he visto, desde la terraza, a una avanzar con tremendas dudas sobre el alambre. La he seguido con la mirada, dando ánimos. Alcanzado el otro extremo del poste, se ha encaramado a la cúspide de un arce, y de ahí ha pegado un brinco de unos siete metros hasta otro árbol. Si su itinerario tenía algún sentido o estaba haciendo mera gimnasia es un misterio.
La belleza de ese salto imposible me ha hecho pensar un momento en cómo todas las cosas bellas piden siempre una mirada furtiva.
jueves, 31 de mayo de 2012
Quebequiana (y VI)
No me creo que el pintor Riopelle no realizara sus cuadros bajo la influencia de Pollock. Hay tablas que podrían ser intercambiables, como este oscuro L'Espagne que hemos descubierto en el Museo de Bellas Artes de Quebec, visitado en soledad estricta y monacal. Del museo y de su aire acondicionado se sale al campo de batalla, no exactamente llano, sino una gran pradera ondulante, verde y despejada. Hace un calor del demonio y el cielo se ha puesto de primera comunión. Caminamos descalzos por el escenario del combate, tres siglos ha, entre Francia y Gran Bretaña, por el control del continente. En la noche del 12 de septiembre de 1759 las tropas de Wolfe escalaron en silencio la pared del acantilado que secciona la llanura. Nadie los vio llegar. Dispuso su regimiento en la kiplianiana delgada línea roja que formaban las casacas de la infantería británica. Allí esperó la acometida del francés Montcalm, que había ordenado la carga. Cuando los franceses estuvieron a pocos metros -no antes- descargaron los mosquetes, causando estragos en las líneas enemigas, que se batieron en retirada. Desde entonces se ha tachado a Montcalm de incompetente, responsabilizándolo de la derrota. Hubiera bastado que esperase en el fuerte los refuerzos que pudieran atacar la retaguardia de Wolfe, empujándolo de nuevo al río. Es muy fácil decirlo ahora. Las batallas se reconstruyen con lógica perfecta, pero en el momento deben de ser un caos completo, y como diría un periodista deportivo, se deciden por detalles. No suele ser el vencedor, sospecho, un genio, ni el derrotado un patán. 700 muertos para cada uno, pero con Quebec rendida y mejor flota los británicos. Wolfe y Montcalm muertos. Hay en el parque sendos hitos señalando el lugar exacto en que cayeron, separados por apenas ochenta metros. Honor y gloria a los viejos generales que se dignaban morir en las batallas que libraban. Hoy hay merenderos, parejas en arrobo, cometas. Y que no venga ningún historiador marxista a decirme que las batallitas no cuentan en la historia. Aquí, en media hora desapareció Francia de América y nació el Imperio Británico. Hoy la guerra continua por otros medios, que sólo dañan a la inteligencia, las voces ancestrales de Wolfe y Montcalm puestas en sordina. Volveremos a Quebec, y un poco más al Norte, a ver ballenas, en Tadoussac. Quebec es lo más interesante que en Canadá se debe a la mano del hombre. Sólo le reprocharía estar excesivamente pulida para el turista y un invierno que adivino apocalíptico.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Quebequiana (V)
Sentados en el borde de la rotonda frente a la imponente Asamblea Nacional de Quebec, esperamos que alguno de los chavales que se han congregado agarre un megáfono y nos ilumine. Nos hemos infiltrado en la manifa vespertina contra la subida de las tasas universitarias, en plan trabajo de campo y travesura. Se sienta al costado Louise, una señora muy afable, "que no puede estar mucho tiempo de pie", carirredonda, bajita, gordita, veterana de la revolución tranquila, y que está muy contenta de que la gente joven vuelva a salir a la calle. Ve que somos turistas y nos lo cuenta todo de Québec. Le pregunto si hay comunidad anglófona en la ciudad. 'Sí, muy pequeña, y se la trata mejor que a ninguna minoría francófona fuera de Quebec. En Montréal son mayoría y hacen lo que quieren'. En realidad en Montreal los anglos también son minoría -unos 700.000 por 2.000.000 de francos- pero está mal que yo le corrija. Nos informa de que los anglófonos pueden ir a escuelas en inglés siempre que no sean inmigrantes; de todas maneras se debería enseñar antes -opina- la lengua aborigen de la región, porque el inglés ya lo aprenden en la calle. También nos dice que la batalla de los llanos de Abraham se perdió, helàs, porque un centinela se quedó durmiendo. Que los ingleses les obligaron a fusionarse con el Upper Canada para pagar las deudas de Ontario. Que mañana es el día de Victoria (cumpleaños de la reina Victoria, feriado en todo Canadá) y que obligados por ley a celebrar algo, ellos celebran le jour de patriotes, en homenaje a Papineau. Sé quien es Papineau, el héroe de 1837. Se queda muy impresionada. Ya sabes más que muchos de estos, me dice, señalando a la muchachada (¡zalamera!). Pasa un organizador con una bolsita de trocitos de fieltro rojo; sin dudar M y yo metemos la mano en la bolsa y nos prendemos uno de la solapa. Ya somos manifestantes, aunque hay uno fumándose un porro que nos mira con cara de sabernos intrusos. Preguntamos al mismo organizador qué dirección tomará la marcha. Nos lo aclara, y nos confiesa, con cara de resignación que él mismo la ha probado esta mañana y comunicado a la policía. 'Así todos los días, ya no se me ocurren muchos más itinerarios'. La manifa será conforme a las nuevas disposiciones; la bronca está en Montreal. Pregunto a Louise si habrá otro referéndum por la independencia. Mira al cielo y dice 'Lo interesante sería una elección refrendataria; que el Parti Quebequois fuera a las elecciones con un programa claro a favor de la independencia y la gente lo votara; si no, la gente lo vota para gobernar, pero en el referéndum sale no y así llevamos treinta años'. Luego da un dato sorprendente 'Quebec es la democracia más antigua del mundo' Aquí doy un respingo. Es muy curioso la cantidad de naciones, sobre todo oprimidas, que creen que inventaron el parlamento moderno: así me lo han informado, que recuerde, en León, Aragón, Cataluña, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Estados Unidos. (Por cierto, al parecer es Islandia la que tiene mejores títulos, pero poco se sabe). En cambio, lo que no nos dice Louise es que Cristobal Colón fuera de Quebec, que también tiene muchas patrias. En fin, la cosa se empieza a animar. Al fin un estudiante se sube a la cresta de la ola. Me acerco para escuchar mejor, pero no sólo consigo entender frases sueltas. Cita a Mitterrand, pero la cita se me escapa. Sí escucho, nítido "¡Antes nos batíamos por las tasas universitarias, ahora luchamos por los derechos fundamentales!" y a la tropa cantar a coro: 'Jusqu'à la victoire, une manif par soire!' Todo esto en unos días en que los comentaristas del país siguen poniendo a parir a los estudiantes: niños malcriados, los griegos de Canadá, etc. La cabecera de la manifestación avanza lentamente por una gran avenida. Veo que mi mujer se va con ellos. La tomo del brazo y le susurro 'M, que no, que no va con nosotros...'. Pero M ya se ha animado y quiere llevar el experimento hasta el final. Al final pactamos recorrer un trecho del recorrido. La gente es perfectamente civilizada. Pero me parece complicado que el gobierno de Charest vaya a claudicar. En el fondo en toda sociedad hay un grupo mayoritario que prefiere el orden a la justicia, si es que la subida de las tasas es injusticia, que no estoy yo seguro. También De Gaulle ganó por goleada a los sesentayochistas en referéndum.
Foto poco comprometedora
martes, 29 de mayo de 2012
Quebequiana (IV)
La carretera que va de Montreal a Quebec (ville) es de pan llevar, sin ningún atractivo. Este país es como uno de esos dibujos en los que se les pide a los niños que unan los puntos, y es inútil buscar la excusa para un meandro. A ambos lados de la autopista sólo encontrarás tundra, verde o blanca según la estación, y frondosa taiga infinita, como en esos largos trechos que en Siberia hay entre andén y andén. Vamos camino de Quebec (city) la capital de la provincia, y como no se cansa de repetir la guía, la única ciudad amurallada al norte de México. Un caso singular en Norteamérica: una ciudad que goza del prestigio de lo viejo. Y hay que decir que está a la altura de su reputación. Perfectamente podría estar en Borgoña, Flandes o el Palatinado. De hecho, por su tamaño y situación en lo alto de una peña, recuerda un poco a Luxemburgo. Pero con el mar a sus pies. Para construirla hicieron falta hombres y mujeres de un temple especial, capaces de sobrevivir a un invierno inhumano de seis meses, en lucha intermitente contra los indios de la región. En 1608 arribó Samuel de Chaplain, clavó su estaca y dijo 'Esto es del Rey de Francia'. (Así funcionaba entonces). De los veintiocho habitants que llegaron con él, murieron 20 en el primer invierno. La población consiguió estabilizarse en torno a la centena, pero había muy pocas mujeres. Luis XIV envío un cargamento de chicas, todas ellas con dote y carta de recomendación de su párroco y el río de la vida fluyó de nuevo. De Quebec dijo Dickens que era una especie de Gibraltar en Norteamérica, pero a Gibraltar le falta un cuarto de hora para ser tan bonito. La verdad es que me siento en casa, en ese gran casón, blasonado y provecto, lleno de fantasmas, que llamamos Europa. Nuestro hotel está en la parte baja, y lo primero que hacemos es buscar la boca del funicular que nos suba a la terraza del hotel Frontenac. Uno de los lugares más hermosos del mundo, no exagero. Casitas de piedra con tejados de cobre amontonados en caída. Calles empinadas. El río San Lorenzo en majestad tranquila, como un Bósforo sin mugre. Una cuña que rompe el continente y abre un vía de paso para buques y caravelas. De aquí viene el nombre: Quebec en algoquino significa 'Donde el río se estrecha', esto es, donde el mar entra en vereda. Vemos pasar un carguero enorme y pensamos que Braulio, nuestro toro de mimbre, ya estuvo aquí cuando viajaba hacia Ottawa con el resto de nuestra mudanza hace unos meses. Luego vamos al Museo del Fuerte, donde nos explican muy bien en qué consistió la batalla de los llanos de Abraham. En la tienda pido que me recomienden el mejor libro de historia de Québec: el encargado me señala uno sin dudar y me susurra "En este ganamos nosotros". Ah, mais oui, je me souviens! Y ríe.
¿Cuantas novias hacen falta? dijo Luis XIV
lunes, 28 de mayo de 2012
Quebequiana (III)
Han llamado a Canadá el país de las dos soledades. Una habla francés, la otra inglés. Sus difíciles relaciones están brillantemente narradas, con humor y melancolía, por Mordecai Richler en su "Oh Canada! Oh Quebec! Requiem for a divided country". Ni que decir que todo me suena demasiado familiar. A estas alturas de la noche, no hay nadie que comprenda mejor que yo la historia que cuenta. Su tristeza es la mía, su cabreo también. Y sus llagas. Y es todos los personajes de su drama tienen exacta correspondencia española. Están todos. (Por poner un par de ejemplos, ¿cómo no ver en las diatribas racistas del Abbé Groulx a nuestro inefable Sabino Arana?). La historia es complicada. La expulsión del paraíso se produjo para Quebec en 1767, año de la derrota. Faltos de poderlos asimilar, el Canadá inglés redujo durante décadas a los francófonos a simpáticos estereotipos: granjeros, violinistas de taberna y comerciantes de pieles viajando en canoa, silbando sus canciones en las orillas de los lagos. Gente que debía de estar contenta de pertenecer al Imperio Británico. Por eso se sorprendieron cuando un número considerable comenzó a emitir señales de descontento. El francés no estuvo nunca prohibido en Quebec, pero para lo que importaba sólo se utilizaba el inglés. Se cumplía así el dictum de Humpty Dumpty: Lo importante no son las palabras, sino saber quién manda. Mandaban los anglos, hacia quienes los francófonos acumularon un resentimiento creciente. De lo que voy leyendo creo comprender que su descontento estaba en ocasiones justificado, y que en otras las quejas entraban de lleno en la teoría de la conspiración. Da igual, estoy lejos de poder valorar en su justa medida la larga lista de agravios que los nacionalistas quebequeses esgrimen frente al Canadá que habla inglés; además, he aprendido que en una discusión que se eterniza es improbable que ambas partes no tengan su poco de razón. El turista, en todo caso, se sabe en presencia una pelea familiar rápidamente. Por ejemplo, en las matrículas de los coches de Quebec está escrita la divisa de la provincia: Je me souviens. "Lo recuerdo". ¿De qué se acuerdan los quebequeses? Según Richler, de la batalla de los llanos de Abraham de 1759, cuando los ingleses tomaron Quebec en la guerra de los siete años. Se acuerdan también de cómo Luis XIV, entre trufa y trufa, dispuso ceder la provincia a cambio de Martinica y Guadalupe. Pocas veces se ve tan bien la naturaleza morbosa del nacionalismo que
cuando uno está parado en un semáforo de Montreal, y
los mil ojos de la memoria de Quebec te acosan con su advertencia pegada en el culo de todos los coches: je me souviens, je me souviens, je me souviens... En el centro de todo está, claro, la lengua, que aun hablada por la
mayoría fue durante largo tiempo marginada por la élite. Hoy está protegida hasta el abuso. Atención a este párrafo de la ley lingüística, la ínclita ley 101, que saco del libro de Mordecai: «Las letras francesas deben ser mayores que las letras inglesas; el
espacio en torno de las letras debe ser más amplio para las letras
francesas; el mensaje francés debe ser colocado a la la izquierda del
inglés o encima; las letras francesas e inglesas deben ser del mismo
color, o en su defecto el color de las letras francesas debe ser más
visible (el inspector de la comisión decidirá qué color es más visible);
si el francés y el inglés van al mismo tamaño en un mensaje deberá haber
dos veces más mensajes en francés que en inglés.» Esto, atención, sólo rige para los carteles de dentro de los locales, por fuera el inglés está vetado. Puf, y en España aun dicen que el pescado es caro. Lo último de hoy: la misma ley obligó a cambiar todas las señales de "Stop / Arrêt" por una que pusiera únicamente "Arrêt". No expongo a la luz estas chorradas para ridiculizar a los nacionalistas francófonos. Durante mucho tiempo no lo tuvieron fácil. Pero una injusticia, habrá que decirlo mil veces, no repara otra. Las estadísticas oficiales hablan de un trasvase de 307.000 anglófonos de Quebec a otras provincias. Y los que permanecen, unos 700.000 están envejeciendo. Es otro caso de una minoría que habiendo sido maltratada se dedica a hostigar a su propia minoría cuando logra la hegemonía. Es, en todo tiempo y lugar, la misma canción. Triste.
domingo, 27 de mayo de 2012
Quebequiana (II)
Me entero por los periódicos de un gran escándalo de corrupción en la ciudad de Montreal. En breve, muchos funcionarios dando contratas a mafiosos a troche y moche, y no menores, sino de las grandes infraestructuras de la ciudad. A.J me había avisado de la corrupción descontrolada en Quebec: "Es que en Montreal tienen una mafia italiana, como la de las películas, que lo controla todo. ¿No has visto lo mal que están las carreteras y los accesos a la ciudad, siempre en obras? Todo eso es la mafia". Mi padre lee la noticia con delectación de lector de novela negra; está desayunando, de un humor excelente. Me confiesa que se debe a encontrarse en una ciudad donde la gente entiende su francés. Yo creo que más que un auténtico acto de comprensión lingüística, se trata de una amable deferencia hacia el turista. Admitámoslo: Mi padre y yo no nos expresaremos nunca en francés como caballeros. Pero lo cierto es que los quebequeses, o en sentido más amplio, los french-canadians, están desprovistos de esa soberbia del francés, que al primer error de pronunciación te implora que no continúes hablando en su lengua. Es un gusto soltar une belle tirade sin que te pongan mala cara. Luego aparece la adorable M, dormilona, más feliz que una lombriz porque por fin la traigo a la ciudad, donde puede chupar de los tubos de escape, atarse a los ascensores, caminar hasta el cansancio sin topar con ningún conocido e ir de compras (aunque luego nunca compre nada). La última, mi madre, contenta como siempre, pero no del todo: siendo la más cabal de todos, ha tomado una manía repentina a la ciudad, que le parece vulgar, feúcha y anodina (exagerando algunos defectos de Montreal, ya que la exageración es la specialité maison, chez-nous). Hay que considerar que viene con la retina deslumbrada de Nueva York. A mí me gusta mucho esta ciudad, pero entiendo su decepción. Montreal no es exactamente lo que uno se piensa. Ni tan europea, ni tan cosmopolita, ni tan bella. Le falta un punto de actividad, de tensión, un cambio de marcha. Yo también lo noto. Su hora ha pasado. Y la de la visita de mis padres se acerca a su final, desgraciadamente, pues de haber tenido más días habríamos disfrutado más de la dacha de Ottawa y subido a Quebec, plato de resistencia que se quedan sin probar. Su vuelo sale por la tarde. Da tiempo a subir a la colina de Mont-Royal. Es la tercera vez que subimos. La primera estaba cubierta de nieve y despeluchada, la segunda, parda y sucia; hoy es una cumbre luminosa de un verde oxigenado. Mi padre y yo caminamos hacia el lago de los castores, sin castores aparentemente, discutiendo la historia del país y algunas posibilidades profesionales. Luego nos vamos todos a comer a Outremont, un barrio que nos encanta. El restaurante Leméac, otro descubrimiento, el comienzo de otra lealtad. Nuestra camarera nos dice que todo el mundo está a favor de los estudiantes en su pulso al gobierno (los periódicos dicen lo contrario, que la gente está harta). Callejeamos por el barrio. En las escaleras de entrada a las casas vemos familias de judíos ortodoxos, los varones tocados por sombreros de copa plana y ala redonda, vestidos con un saco de seda negra, barbas bíblicas y largos mechones de pelo cubriendo las orejas. A veces detengo la mirada en un grupo y me digo que no debo volver a hacerlo. En Québec hay una tradición de antisemitismo, no sé si ya extinguida. No se trata sólo de los detestables tópicos conocidos en otras latitudes. El reproche principal que los franco-canadienses hacen a los judíos es haber optado por integrarse en la minoría anglófona. La fácil respuesta del judío es que no podían haber hecho otra cosa, dado que no eran admitidos en las escuelas católicas francesas. Como dice Leonard Cohen en una entrevista que he leído hace poco, todo el mundo se sentía minoría en Montréal: los francos, en el conjunto del país, los anglos en el conjunto de la provincia, y los judíos en todas partes. "Tres soledades". Salimos del Outremont levítico, camino del aeropuerto. Me hubiera gustado que mis padres se hubieran podido quedar más tiempo.
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