Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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martes, 16 de abril de 2013

Ornitología

Para alargar la vuelta a casa vuelvo dando rodeos innecesarios y aleatorios por el barrio. Por fin vuelve a ser agradable salir a pasear, a respirar esa humedad de calle recién lavada por las gotas de lluvia. New Edinburgh es un vecindario tranquilo, casi se diría deshabitado. Sólo el autobús 57 por la calle Crichton interrumpe el silencio cada veintidós minutos. Pero por las callejas, junto a los cubos de basura vacíos, apenas se nota. Hay tímidos, minúsculos, brotes en las ramas de los árboles y algún montón irreductible de nieve sucia. Sobre todo trato de escuchar a los pájaros. El canto de los pájaros es una de esas cosas que hemos arrojado al purgatorio de lo cursi. Intento rehabilitarlo como fuente de placer. A veces suenan como la risa escondida de alguien que desea ser descubierto. Otra veces parecen una estrepitosa conversación de bar. Y otras una melodía se propaga en solitario sonando como una pistola láser. Metáforas mostrencas, cierto. Excusa: en mi ciudad solo hay dos pájaros: urracas y gorriones. Aquí en cambio hay pajarillos de varios tipos y tamaños, y los más bonitos, y que más me alegran, unos con la pechera naranja. Como tampoco tengo oído no sé si trinan de manera afinada o no. No podría distinguir al mirlo del ruiseñor. Soy un analfabeto ornitológico y musical. Más que el trino lo que me gusta es su presencia, la felicidad de saber que hay cosas que siempre vuelven. Al llegar a casa M sigue de parranda en casa de B. Pongo en el ordenador el Cantus Articus o Concierto para pájaros y orquesta de Rautavaara. Excelente y estrafalario. Suave. La melodía de los pájaros se funde con tanta sencillez con el resto de las notas que uno se pregunta cómo no se le ocurrió a nadie mucho antes. Me lo descubrió Mirapeix. Intento estudiar un poco. No puedo. Saco de la biblioteca El ruido eterno el fenomenal libro de Alex Ross sobre la música clásica del siglo XX, para ver si dice algo de Rautavaara. Pues no, pero hay varios pasajes sobre Messiaen y las transcripciones que hizo de la música de los pájaros. Dice 

A partir de 1949, Messiaen hizo apariciones en Darmstadt, donde se mostró tan hábil como cualquiera de sus colegas a la hora de llenar pizarras con diagramas cuasicientíficos. Pero enseguida se escapaba por una tangente inesperada. Un día de 1953, contó Antoine Gólea, enseñó a sus alumnos un libro que contenía ilustraciones de pájaros a todo color. 'Los pájaros han sido mis primeros y mis mayores maestros', anunció. Luego mostró cuadernos en los que había transcrito cantos de pájaros oídos en expediciones realizadas a diferentes partes de Francia. 'Los pájaros cantan siempre en un modo determinado', dijo. 'No conocen el intervalo de octava. Sus líneas melódicas recuerdan a menudo las inflexiones del canto gregoriano. Sus ritmos son de una complejidad y de una variedad infinitas, pero siempre de una precisión y de una claridad perfectas'. Los alumnos debieron de preguntarse si había perdido la cabeza o, alternativamente, si estaba haciendo una sátira de la mentalidad de Darmstadt. Pero Messiaen hablaba muy en serio  

Inmediatamente me pongo a buscar en los anaqueles de internet música de Messiaen, pero no hay tiempo. Oigo a M entrar en casa. Lo mejor del día: contarnos el día.

domingo, 10 de marzo de 2013

Caramelo

A la entrada de la primavera, cuando la nieve empieza a fundirse, las ollas comienzan a hervir en las granjas de sirope. La mayoría de estas también llamadas casas del azúcar (cabanes à sucre, sugar shacks) se concentran en Quebec, que es el mayor productor de jarabe de arce del mundo. La provincia fabrica una cantidad tan loca, tan absurda, que los productores deben concertarse para restringir la oferta y no arruinarse inundando el mercado. Parte el bacalao la golosa Fédération de Producteurs Acéricoles de Québec, un cartel que en nada se distingue de la OPEP salvo en que su producto sabe mucho mejor. Si un granjero, llevado por su glotonería, vende por encima de la cuota asignada, puede contar con ser castigado por la Federación, que es la encargada de atesorar el excedente. En algún lugar de la provincia hay almacenados 20 millones de kilos de esta ambrosía rica, dicen, en potasio, manganesio, calcio y zinc. Pregunté a Chris por qué no producen menos. 'No pueden arriesgarse. La cosecha sólo dura seis semanas entre marzo y abril y les sale tan barata que no se lo plantean'. Y tanto que cuesta poco. Hoy, en una granja cercana a Ottawa, hemos visto cómo se hace. Se coge un arce de no menos de treinta años, se le clava un pitorro, de éste se cuelga un cubo que se tapa, y se espera junto al hogar a que el árbol segregue sus lagrimitas de caramelo. Uno puede mojar los dedos en la savia dentro del cubo. Es como un agua dulce. Luego se cuece para que se evapore la savia. A 40º se extrae el sirope; a temperaturas superiores, mantequilla, tofe y azúcar. Durante la cosecha las cabañas están abiertas al público dulcero e infantil. Primero te sientan y te dan tortitas untadas con el famoso sirope, que es menos denso que el almíbar, más consistente que un jarabe, más oscuro que el ámbar, más claro que una cerveza tostada; es como un oro horneado que sabe dulce como la miel pero menos empalagoso. En el exterior hay una barra donde se extienden unas tiritas de tofe en la nieve. Con una varilla de madera las enrollas y te queda un chupachups que está de muerte. Aquí es donde se concentran los niños. Porque estas chozas vienen a ser como granjas de Willy Wonka, deliciosas disneylandias con fondo de violines tras las cuales la Federación enmascara sus pérfidas prácticas colusorias. Ah, jarabe de arce, néctar de Lucifer, tú eres el milagro de la primavera que estábamos esperando. 





domingo, 24 de febrero de 2013

Diana Krall

No estuvo fina ayer Diana Krall en el NAC, presentando su gira mundial 'Glad rag doll'. Muy resfriada, seguramente no quiso suspender el concierto, aunque sí quitárselo de encima cuanto antes. Habló mucho, demasiado, de una manera espesa y torpe, como si sólo su voz, que es extraordinaria ya sea hablando o cantando, ligeramente rasposa, ahumada, bastara para conectar con el público. Y lo hizo, porque el público de Ottawa es poco exigente. Y también, dicho sea en honor a la verdad, porque es guapísima, muy sensual, provocadora, una blonde piegée en toda regla, vaya. Es una ley: con las guapas se es más indulgente cuando otros atributos fallan. Pero tampoco se puede dudar del talento de la Krall. Era un mismatch considerable: no casa nada bien la sofisticación de DK (que por cierto, todavía no lo he dicho, es canadiense de Nanaimo, British Columbia) con el público de jubilados mal vestidos de Ottawa. Krall condescendía, como cuando después de interpretar algunas canciones del disco (una recreación de las tonadas de los años veinte) se avino a tocar a desgana algunos de los estándar que la han hecho famosa. Ella misma preguntó al respetable qué es lo que quería escuchar. Un detalle, si no nos hubiera quedado perfectamente claro que nos estaba haciendo un favor. Estuve a punto de gritar desde la butaca I've got you under my skin, pero tuve la impresión de que me iba a decir que no, e, históricamente, los nos de las rubias me han afectado mucho. Al final el favor fue Let´s face the music and dance. Nos fuimos sin escuchar los bises. Le perdonamos el pinchazo. Sigue en nuestra selecta lista de Favourite canadians.



sábado, 9 de febrero de 2013

Esculturas

Aprovechando la feliz circunstancia de que uno vive en Chicago, y la otra en Nueva York, han venido a visitarnos mis hermanos. El fin de semana ha sido bien escogido. Esta mañana la hemos pasado en el festival de invierno, que M y yo apenas pudimos catar el año pasado. En la parte de Gatineau, nos hemos tirado, felices, por la pendiente de los grandes toboganes de nieve. Poco nos ha importado que el resto de la cola estuviese formado por niños y sus padres. Tampoco nadie nos ha mirado mal. Después nos hemos ido al salón del hielo de Ottawa. Queríamos presenciar la gran final del concurso de esculturas de hielo. Dos finalistas disponen de una hora para tallar un bloque helado y modelar algo bajo un tema que se les anuncia en el momento. Como hemos llegado con veinte minutos de antelación nos hemos tenido que tragar a los teloneros, que en esta ocasión eran un grupo de señoras vestidas de tirolesas que tocaban los cencerros. Han aparecido, han colocado una mesa en el centro del escenario y sobre la mesa han desplegado una gama de cencerros de diversos tamaños, de forma que era fácil coger uno, hacerlo sonar, y volver a dejarlo encima de la mesa, mientras con la otra mano se tañe otro. Me gustaría decir que es increíble la cantidad de sonidos que se puede arañar a un cencerro, pero no lo diré, porque no es verdad. Es una carraca monótona. A nuestro lado había dos señoras. Una decía que la función era típica de Suiza. La otra insistía que se trataba de una tradición austriaca, y porfiaba por sacar a la primera de su error haciéndola ver que ella misma era nativa de la región de Austria donde el arte del badajo hace cumbre. La primera no se dejaba convencer, e interpelaba a grito pelado a los virtuosos, para que zanjaran la disputa. 

Eran de Baviera.

Por fin se retiraron los bávaros y aparecieron los tallistas. Teníamos todos curiosidad por ver cómo se hacía una escultura de hielo: en la exposición habíamos visto auténticas birlerías. Pues bien, en primer lugar se adjudica a cada contendiente un cacho de hielo: un bloque de un metro de alto por sesenta centímetros. El agua con el que se ha hecho el hielo es de gran pureza, para que la escultura resultante parezca de diamante. Es como decir que es un mármol que viene de una cantera buenísima, y Ottawa es, a estos efectos, como Carrara. Con agua caliente lo pegan bien a la superficie de la mesa (el agua caliente sirve de pegamento, parece). Sólo entonces se anuncia el tema, que es una patochada: 'Nomos, trols y otras criaturas místicas que se pueden encontrar en un jardín' (Si es místico pero no vive en un jardín, no vale). Lo primero que hacen los tallistas es dibujar con un rotulador (quizá era un pintalabios) un esquema de su obra. Rápidamente se ha visto que uno de ellos, llamado Gabi, tiraba raso y quería hacer un pitufo. El otro, un tal Susuru, ha trazado unas líneas enigmáticas que nos han tenido en vilo hasta el final. Para los primeros desbastados han echado mano de una sierra mecánica, trabajando subsiguientemente el formón y el martillo. A veces cogían un bloque desprendido y lo tallaban antes de volver a pegarlo al cuerpo principal. Así por ejemplo, la nariz del pitufo. Para pegar un bloque sobre otro utilizaban una lámina de metal calentada con una plancha. Desde el primer momento mi hermano Nacho, M y yo hemos tomado firme partido por Susuru; la idea de hacer un pitufo nos parecía una vulgaridad; en cambio, nos seducía el misterio con que Susuru envolvía su plan; sólo cuando faltaban menos de diez minutos se ha desvelado la faz de su proyecto: la vista cenital de un trol saliendo del hueco de un árbol. Ambicioso y técnicamente audaz. Pero nos temíamos el desenlace. El público iba a dirimir el resultado de la contienda, mediante la medición de los decibelios provocados por sus aplausos, y dado que estaba formado en su mayor parte por niños, y que Gabi se había dedicado a hacer el payaso todo el tiempo —haciendo pasar por adustez, injustamente, la rígida disciplina de Susuru—, y a pesar de que Nacho, M y yo nos hemos roto las palmas a favor de Susuru —mi hermana Ana ha optado, traidora, por el pitufo— ha ganado Gabi, ha ganado el pitufo, que ni siquiera tengo claro que sea un nomo. En definitiva, un nuevo y rotundo fracaso del populus.

Pero luego nos hemos ido al cine y se nos ha pasado el cabreo. 




Aguantar de pie un hora a quince bajo cero tiene su aquel. 


 

viernes, 11 de enero de 2013

Descubrimiento

Como M ya se encuentra mejor hemos salido a tomar el brunch en el mercado. Había muchísima nieve, pero el frío no era insoportable. La salchicha casera de Murray's es olvidable, por cierto. Luego hemos ido a la National Gallery. La araña de Louise Bourgeois, idéntica a la que hay en Bilbao, estaba muy divertida con gorro y mitones blancos. Cerraba hoy la exposición dedicada a la fotógrafa canadiense Margaret Watkins. Yo no me había fijado en ella, y la hemos visitado por iniciativa de M. Ha sido excepcional. Es increíble que esta señora no sea más conocida. Tiene una inteligencia y una sensibilidad extraordinarias. Y su historia, con su voluntaria reclusión en las brumas de Glasgow, es de lo más sugestiva. Vuelvo a casa rumiando un artículo largo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Nunc est bibendum!

No es Ottawa una ciudad de muchas distracciones. Los grandes eventos, cuando los hay, son más una obligada consecuencia de su capitalidad que de una genuina demanda de su población. La abundancia de museos es un espejismo; todos tienen un cierto interés, pero no logra uno sacudirse la sensación de estar visitando ampliadas dependencias del gobierno. No hay teatro, no digamos ya una ópera o una buena orquesta sinfónica.  La vida nocturna apenas se compone de una docena de bares a la irlandesa. Emparedada entre dos arrogantes colosos como Toronto y Montreal, el atractivo de la  morigerada Ottawa reside en otros aspectos que sólo la edad madura está en condiciones de apreciar. La feliz e irresponsable juventud ha de apañarse con poca cosa, y de cuando en cuando, enloquecer a cuenta de casi nada. En este sentido, se parece la capital a uno de esos terrenos secos y cuarteados que, al caer una lluvia un poco más fuerte de los esperable, son incapaces de absorber el agua, dando lugar a increíbles riadas e inundaciones. Así sucede, por ejemplo, con el Ottawa Wine and Food Festival. A simple vista es una mera feria gastronómica, que se celebra todos los años por estas fechas. Para la mancebía de la capital, empero, es el momento de darlo todo. Algo digno de verse. La cola para entrar en el pabellón de convenciones es monstruosa. Afortunadamente M y yo contamos con pases vip, cortesía de Wines from Spain, que cuenta con una frondosa cabina, liderada por la gran Pilar R., canadiense de Jerez. Durante el día los profesionales hacen sus negocios. A partir de las siete irrumpe la juventud, como si estuviera en una discoteca de tres pisos. Es el momento de ver a las chicas sin abrigo, cortas, escotadas y con ganas de montárselo. Yo estoy gustosamente retirado del mercado de la carne, pero a tenor de las tres o cuatro chavalas que han iniciado de forma espontánea conversación conmigo, debo de mantener un cierto atractivo. Gonzalo da con la clave de la situación. 'Es como la feria de la máquina-herramienta de Bilbao pero con minifalda'. Mientras guardábamos turno en el puesto de la raclette, la seguridad se ha llevado a rastras a una pobre chica completamente borracha. M razona que los canadiense no tienen cultura de vino y por eso acuden en masa a esta feria: 'Les parece tan sofisticado, y luego no saben beber'. Sentencia: 'Este festival es como la noche del baile de graduación de todo Ottawa'. Y yo: 'Contigo amor, cada noche es noche de Prom'. Lo digo de corazón, pero a la vista del fiestón que se ha montado, me es inevitable sentir nostalgia por los buenos viejos tiempos de marcha por Madrid en confusa persecución del amor. Eso que simplemente llamábamos 'salir'. Que, si no recuerdo mal, no me gustaba.

¡Ea, ottawenses! ¡Claro que sí! Nunc est bibendum, nunc pede libero pulsando tellus!

domingo, 4 de noviembre de 2012

Book fair

Mañana fría y brillante. Caminamos hasta la feria del libro de ocasión de Rockcliffe. Es un escándalo. La mayoría de los libros cuesta un dólar. A la entrada ya te están provocando, distribuyendo zurrones amarillos de Ikea. Hemos pasado largo rato. En particular me he demorado en la sección de clásicos, haciendo acopio de autores que faltan en la biblioteca y en mi cabeza. En el rincón de Canadá hemos encontrado las novelas de Robertson Davies -muy recomendadas por Guillermo- por tres pesetas de las antiguas. Por un lote de quince libros quince hemos pagado veintiún dólares. Habrá sido una hora larga de escrutinio, tragando polvo. Últimamente, cada vez que entro en una librería de lance, y es siempre que puedo, me abruma la misma sensación de estar hocicando en un basurero y de que la humanidad, en general, escribe demasiado. El número de libros es infinito, no así el número de libros interesantes; de hecho, ésta última categoría está formada por un número reducido de ejemplares y sospecho que abarcable en una vida, selección inteligente mediante. La clave para no dilapidar energías lectoras es una mezcla de entrenamiento del gusto y de saber dejarse asesorar por los mentores adecuados. El mejor amigo siempre tiene en sus labios estas palabras: tolle, lege.


jueves, 1 de noviembre de 2012

Via dulcis

También en Canadá pelan calabazas en octubre y los niños van de puerta en puerta pidiendo caramelos la noche del treinta y uno. Halloween: en España pasa por costumbre extranjerizante y pagana; no se celebra, so pena de reconvención del tradicionalista de turno. Aquí, es al revés: en tanto que mozárabes, podemos asimilarnos sin complejos. 'Estando en Canadá, nadie podrá decirme que me estoy cargando la castanyada' razona satisfecha M. Así que decidimos celebrar la fiesta con todas las consecuencias: barreños llenos de golosinas, decoraciones macabras fuera y dentro de la casa, y disfraces a tono; ella: pirata; yo: fantasma de la ópera con máscara de arlequín. Tan sólo hemos cometido un fallo, aunque no menor: las calabazas. Hemos dejado pasar el tiempo y hoy no quedan en ningún supermercado, para desesperación de mi mujer, de las grandes y naranjas: 'En este país viven como locos; el 24 de diciembre no hay más árboles de Navidad, el 1 de agosto ya no encuentras sombrillas y el 31 de octubre no se te ocurra preguntar por una calabaza de verdad. Es como si sólo estuvieran interesados en las semanas previas a las cosas'. De manera que nos hemos tenido que conformar con dos calabazas raquíticas y verdosas, que más parecían melones contrahechos. Nada, empero, que fuera a desinflar nuestro entusiasmo. Primero llegaron los amigos, ataviados para la ocasión: C & I como Rod Taylor y Tippi Heddren en 'Los Pájaros'; J & A, góticos y gamberros; y A & M (para mí, los triunfadores de la noche) de revolusionarios cubanos. A la caída del sol los niños comenzaron su esperado via dulcis. El éxito de afluencia era seguro. El nuestro es un barrio muy cotizado: no hay coches y los jardines del gobernador y la residencia del primer ministro se convierten en atractivas estaciones para padres y niños. Cada vez que sonaba la puerta bajábamos uno de nosotros para repartir chucherías. Hay que decir que los niños canadienses o están demasiado bien educados o son poco glotones: todos metían la mano con suavidad en el cesto para coger una única golosina. No me costaba imaginarme a mí mismo sacando caramelos a puñados. Entre los disfraces predominaban animales (del tipo cocodrilo o elefante), piratas y zombis. Algo curioso fue comprobar cómo iba subiendo la edad de los mendicantes: hacia las diez ya sólo llamaban a la puerta adolescentes semiborrachas. Al no conocer de la existencia de un límite de edad, nadie se fue sin piruleta. Y el detalle tierno: un padre que se adelantaba a su hijo alérgico para pasarnos a escondidas una golosina segura. El resto de la noche, entre risas y veras, jugando al scattergories (curioso juego de palabras del que me doy cuenta ahora).



domingo, 30 de septiembre de 2012

Parque de la Gatineau

Como el día es cálido, llamamos a unos amigos y vamos a caminar al parque de Gatineau, donde el otoño sigue trabajando su pátina de cereza. Aún ha de llegar la gran orgía de rojos y amarillos que sólo durará un par de semanas hasta caer las hojas, exhaustas. El paseo es liviano, como corresponde a excursionistas postizos como nosotros (aunque C. y M.E, hubieran deseado algo más challenging). Vemos en el río congregarse un grupo de aves y alguien explica que están preparando su migración. Me hace pensar que en el fondo, últimamente, los seres humanos somo aves solitarias, y por eso nos vamos estampando contra los postes una y otra vez. Pero están los amigos. Luego en casa nos metemos en una discusión sobre la primacía de la vida del campo sobre la vida de ciudad o viceversa. Ottawa ofrece una curiosa mezcla de ambas, que se acentúa en un sentido o en otro en función de los barrios. M es claramente partidaria de la furia alegre de la ciudad. M.E se decanta por el sosiego de la montaña, vencida por la añoranza de sus Andes maternos. A. apuesta por el campo domesticado, con Internet y agua caliente. Y yo, yo me hago un lío, y como es natural en mí, soy incapaz de emitir un juicio sin reservas. Siempre me he considerado un hombre de ciudad, de gran ciudad, de metrópolis. Ocurre que ahora estoy viviendo mi periodo rousseauniano (sin exagerar) y reconozco que no me disgusta. Hace poco, durante una breve estancia en Barcelona, descubrí por primera vez el ruido de la ciudad. Horrible, muy horrible, el fin del mundo. Y si buscamos en el venero de la historia y la literatura encontramos argumentos a favor y en contra. Desde 'el aire de la ciudad te hace libre' del Medievo, hasta el Beatus Ille de Fray Luis. Estoy de acuerdo con Cavafis en que todas las ciudades son la misma. Además, campo... ¿qué campo? Lo que los urbanitas llamamos campo es un agradable chalet con piscina y televisión al final de un carretera perfectamente pavimentada. Ciudad o campo, discusión ociosa: lo que importa es no faltar a la cita con la soledad, aunque para eso haga falta ir y venir de la ciudad al campo, del campo a la ciudad, como un animal cimarrón. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Otra noche de concierto

(Ayer, concierto) De nuevo en el NAC, para asistir a la inauguración de la temporada. Programa español. Abrió una cosita de Ravel, sin importancia. Vino luego el Concierto de Aranjuez; el solista las pasó canutas, y eso me hizo reparar en lo endiablada que es la partitura. Rodrigo estaba ciego y era pianista; es decir, no sabía muy bien cuantos trastes cabían en el mástil de una guitarra. Confieso sin rubor que me gusta la pieza, los tres movimientos. Es verdad que en el adagio es difícil que uno no se ponga a correr detrás de sus sentimientos, pero eso no viene mal de vez en cuando. Sonó después El sombrero de tres picos de Falla, que me estaba gustando mucho hasta que de repente me pareció que la guardia civil estaba a punto de asaltar el teatro y ya no puede quitarme esa idea de la cabeza. Para terminar, el Bolero. El Bolero es muy aburrido, pero me encanta cuando entran los trombones, puramente borrachos. Por cierto, y hablando de Ravel: tenían expuesto en el vestíbulo del auditorio el piano de Glenn Gould, el famoso Steinway C-138, y eso me hizo pensar que Gould nunca interpretó, que yo sepa, los dos conciertos para piano de Ravel, y es una pena, porque habría sido interesantísmo comprobar su manera de interpretar el adagio assai del concierto en re menor. Quizá es una tirada tan lenta y majestuosa que ni Gould hubiera podido manipularla.

Tras el concierto hubo una recepción, co-organizada por nosotros. Y resulta que al final, me olvidé de recoger mi gabardina, un ordenador portátil, unas cajas de vino sobrante y, hecho harto significativo, la bandera. Afortunadamente, en Ottawa no se roba.

sábado, 25 de agosto de 2012

Mr. Pickwick viaja a Merrickville

Siguiendo la margen del río Rideau, por la parte de Ontario, a cincuenta kilómetros de Ottawa, está Merrickville, population 1,027. Es lo que llamaríamos un pueblecito mono, acicalado y algo cursi, como vestido de polisón. Por supuesto, nada que impresione a europeos resabiados como nosotros. Hay tres o cuatro calles, farolas floreadas, dos iglesias de piedra, casitas de madera con veranda, aceras pulidas, colmados de pitiminí y posadas cotorronas. El pueblo se formó al arrimo de la construcción del canal, que lo bordea con sus compuertas. Entre sus habitantes se cuentan acuarelistas, ceramistas, ebanistas y turistas. Hoy estaba especialmente endomingado y bullicioso; tocaba la feria de antigüedades 'and nostalgia'. A propuesta del jefe, hasta allí nos hemos llegado, en plan Mr. Pickwick y cuadrilla. Junto a unos pocos quincalleros había anticuarios con oficio, y si no tuviéramos ya nuestras necesidades de mobiliario bien cubiertas, algo habríamos comprado. Bueno, de hecho algo hemos comprado: unas cajas antiguas de madera para munición y explosivos; he pensado que podría poner ahí los libros más subversivos de la biblioteca. O una planta; quedaría bien. Luego hemos ido a comer a un restaurante algo alejado, en Oxford Mills, de nombre Brigadoon, atiborrado de ancianos. La dueña es fanática de los objetivos decorativos, los estampados de cretona y la Reina Isabel, retratada en múltiples fotos colgadas de las paredes del figón. Pisábamos feudo realista; un sitio puramente british, podría estar en Bath o en el otro Oxford. El jefe y yo nos hemos comido un filetazo de bisón, atlético y sabroso pese a ser de granja, que nos ha dejado satisfechos, e incluso realizados. Junto a nuestra mesa había todo tipo de cachivaches, incluida una postal de un bailaor y bailadora ejecutando no sé qué palo con remite de Sant Feliu de Guixols. Conversación grata. Una buena excursión, en definitiva.



jueves, 23 de agosto de 2012

Aguas de agosto

Días tranquilos de poco hacer en la oficina, acompañados de dosis moderadas de desasosiego en casa, por razones que guardo para mi diario secreto. A mediodía me acerqué al río. El agua estaba estancada y cubierta en las márgenes por una espuma verde. En el parque ya era perceptible el primer hálito del general invierno, en forma de brisa benefactora: como la brigada de paracaidistas que prepara, oculta tras las líneas enemigas, entre los juncos y en las copas de los sauces, la majestuosa llegada de diciembre. Pero embridemos el lirismo. No escondo que nos aburrimos un poco, síntoma, es de suponer, de que Canadá ya es, definitivamente, nuestra casa. Después de cenar —oh, para qué mentir: mientras cenamos en el sofá—nos pegamos como larvas a la televisión para ver The Wire, una serie asombrosa, inteligentísima. Si no, leemos un poco: M ha terminado The Great Gatsby y yo estoy con una biografía de Glenn Gould. Planeamos una escapada a la provincia de Alberta, a ver el otoño en los lagos que crecen en los intersticios de las montañas rocosas, y también algún buen pozo de petróleo de los que tienen por ahí. También hemos concluido Little Ibiza, con la instalación de una mesa y una sombrilla, aunque nos ha costado: una compañía de zapadores se ha llevado por delante todos los artículos de verano —de patio, dicen aquí, restañando bien la t—de las tiendas. Al final hemos encontrado el parasol en Walmart, lugar deprimente donde los haya. La terraza ha quedado fantástica. Ya sólo queda que alguno de mis amigos, que son todos unos desgraciados, venga a vernos y a disfrutarla con nosotros. Y para ellos, para su solaz solamente, termino la entrada de hoy así: a la salida del Walmart hay un salón de belleza regentado por unas vietnamitas. M suele ir ahí a hacerse la pedicura. Ella tenía que ir, y yo, ya que estaba ahí, he decido que también. A ver cómo era eso de la pedicura. Y debo decir que no está mal, a pesar de la considerable decepción de la señorita que me ha atendido, a quien mis pies no le han interesado nada. En vano ha buscado alguna duricia o callo que representara un desafío para su piedra pómez. Y como tan poco era cuestión de esmaltarme las uñas, la faena le ha parecido poca cosa. 

Y así discurre en Ottawa, tan lento como un nenúfar, el mes de Octavio Augusto.





martes, 7 de agosto de 2012

Torontonians (III)

En Toronto hay varios museos de interés. El Royal Ontario Museum (macizo edificio neo-románico con discutible ampliación del arquitecto Libeskind) pertenece a la categoría de los museos totales en los que un pedazo de templo babilónico convive con la osamenta enorme de un dinosaurio, no muy lejos de la sala de porcelana china o mobiliario victoriano. Para tener este tipo de museo hace falta a) un país sin ruinas y por lo mismo con necesidad de hacerlas traer b) un imperio abundante en piedras c) un cierto número de ricachos locales que regalen sus colecciones. Son lugares para perderse y querer ser de nuevo un niño, con la ilusión de querer saberlo todo por creer que se puede saber todo. Yo me quedo con la reproducción lúgubre y abracadabrante de una cueva de murciélagos de Jamaica. Desde el ROM se puede caminar, atravesando el barrio de la universidad, hasta la Art Gallery of Ontario, cuyo edificio originario fue totalmente renovado hace poco por el arquitecto local Frank Ghery. El resultado es extraordinario. La colección también lo es. El turista con poco tiempo, como nosotros, debe al menos examinar con cuidado dos sectores: la sala que contiene la mayor colección del mundo de esculturas de Henry Moore, y la salas dedicadas al arte canadiense, generosas en pinturas de Tom Thomson y el Grupo de los Siete, que cada día me gustan más y de los que ya hablaremos otro día. Y mañana, si hay tiempo, del Salón de la Fama del hockey sobre hielo.



domingo, 29 de julio de 2012

Quiz

Tarde de muchas risas en el Alto Comisionado Británico (los países de la Commonweath no se envían entre sí Embajadas sino Altos Comisionados). Es uno de esos edificios grandotes y sin interés del downtown de Ottawa. Por dentro, sin embargo, tiene un pub. No un comedor o una cocina, sino un verdadero pub inglés con barra, taburetes y pantalla gigante. Nos habían invitado a ver la ceremonia inaugural de la olimpiada de Londres y a participar en el subsiguiente quiz sobre asuntos olímpicos. Muy divertido. El animador ha sido un inglés gordinflón y semiborracho, chascarrillero y graciosísimo. La verdad es que los ingleses son admirables -o por lo menos yo tengo gran simpatía por ellos- en cualquiera de sus dos principales modalidades: borrachuzos soeces y petulantes pisaverdes. Yo habría querido ser inglés, pero eso es otra historia. El caso es que M y yo hemos formado parte parte del equipo “Europa”. Ha habido cinco rondas sucesivas: historia, sedes, deportistas, juegos de invierno y la más divertida, escándalos. De entre ocho participantes hemos quedado cuartos, acariciando el metal. Y hemos aprendidos dos datos curiosos sobre España: que fue el único país en boicotear los Juegos Olímpicos de Hitler en 1936 (palmas) y que en 2000 nuestro equipo de baloncesto paraolímpico fue descalificado sin remisión al descubrirse que diez de sus doce componentes no padecían incapacidad alguna (pitos). Al filo de la medianoche llevamos a Chris a casa y nos recogemos. Noche calurosa, casi sureña.

miércoles, 20 de junio de 2012

Little Ibiza

M está que se sale. Desde que salió victoriosa —si bien el triunfo pudiera tratarse de un espejismo— de su lucha jardinera contra los malignos dandelions (dientes de león), se ha lanzado a un frenesí de actividad. El giro profesional que anhela para su carrera ya está en marcha. Mientras se produce, se muestra más simpática y fraternal que nunca; el vecindario está entregado, la adora, reservándome, con todo merecimiento, el papel de marido nervioso y un poco misántropo. El jueves abrió la casa para dar una merienda en homenaje a J y E, que pronto nos abandonan, poblando la casa de juguetes para los niños y sándwiches de nutella para mí. Y el domingo organizó una expedición para los S. en raft por el río Ottawa, coronada por una barbacoa en el pontón sobre el lago Muskrat. Hacia todos tiene detalles, amables deferencias para las que tiene una sensibilidad especial. Qué decir de El racó de M. Fatiga las páginas del libro del recetas familiares de Ferrán Adrià, con resultados felicísimos; su última goyería, una codorniz sobre lecho de cuscus, que le salió puramente canónica y carnal. Pero sin duda su obra maestra de los últimos tiempos ha sido la creación de Little Ibiza en nuestra terraza. Compró un conjunto de jardín —sofá en L y dos otomanas— por tres pesetas en el Canadian Tire. Añadió la mesita de madera que traía de Barcelona y dispuso velas y antimosquitos con eficacia y gusto. Un poco de música suave desde el interior y ya está, Little Ibiza, el mejor lugar de toda la ciudad entre las seis y las once esta época del año. Ideal para leer, perfecto para recibir. Pero como por la mañana el calor es asfixiante, y su mente no descansa, ha decidido crear otro espacio en el porche. Allí ha plantado dos sillas muskoka de plástico —media peseta cada una— desde donde poder ver crecer la hierba y leer los domingos triunfantes. Lo hemos llamado un coin de provence. Ya lo sé. Y no sobra decir que está guapísima, primaveral como una musa de Boticcelli. 


sábado, 16 de junio de 2012

Pow wow

Agustí nos ha regalado hoy una experiencia impagable: nos ha llevado a un pow wow, que es, en síntesis, una reunión pública de indios, no muy distinta de nuestras romerías, pero en círculo y con mucha percusión. La cita era en un prado a las afueras de Ottawa. 'Ya no estamos en Canadá. Esto es tierra algonquina' nos advierte Agustí, bajando el tono. 'Hay pow wows de varias clases: celebratorios, de preparación de la caza o de la guerra, rituales, funerarios. El de hoy es familiar y abierto al público'. Léase: para turistas. Pagamos una entrada de veinte dólares, nos estampillan el dorso de la mano, y entramos en el recinto. Un graderío cerca un espacio circular y hay puestos de buhonero, aunque no precisamente de baratillo, esparcidos en los alrededores. Como lo que tenga que empezar no ha empezado todavía, damos una vuelta por los expositores, a ver si hay alguna pulsera o collar bonitos. Yo me quedo muy contento de comprar una History of the North American Indian Wars que ya me leeré. Agustí nos comenta que los algonquinos son los anfitriones, pero que otras tribus han sido invitadas; así los mohawks, iroqueses, cree, etc. La cosa tarda en empezar así que los cuatro —Agustí, Derek, M y yo— pedimos una hamburguesa de búfalo (será de bisonte, le digo al que atiende, que no se da por enterado) que nos dan en un bollo frito. La carne es dental, indigesta, magnífica. Al parecer solo los indios tienen el privilegio para cazar bisontes, y por ende, de comer hamburguesas de bisonte cuando quieren. Hay tiempo de mezclarse con la concurrencia. La mayoría de los asistentes son indios, claro. Tienen la piel oscura, los ojos rasgados, los pómulos altos. Las mujeres llevan el pelo negrísimo anudado en una larga cola de caballo o en trenzas. Quien más quien menos, todos tienen problemas de sobrepeso. La diabetes —padecida en mucha mayor proporción que los europeos por inadaptación del organismo a nuestra porquería de dieta hiperglucémica— hace estragos en la población indígena. El animador del evento nos convoca por megafonía. El sol castiga las gradas, los pocos espacios de sombra ya ocupados. Nos sentamos e inmediatamente comienzan a sonar los tambores y un murmullo de voces mugiendo. Es como un cante jondo, pero yo diría que con poco duende. Nos piden que nos pongamos de pie para recibir a los veteranos. Entonces comienza un desfile que no comprendo. Una guarnición de first nations portando las banderas de la ONU, de la OTAN, de Canadá, de Estados Unidos y de la Nación mestiza (negra con un símbolo de infinito sobreimpreso). La verdad, no esperaba ver la bandera de la OTAN en un pow wow. Luego, por fin, empieza la fiesta, y tras un primer rondo ejecutado por los más avezados, el animador, cuyas bromas no terminan de funcionar, invita a las familias a saltar a la pista. Bajan unos pocos y se ponen a bailar, sin orden aparente. Un poco a lo Chiquito de la Calzada, pero con brío y algún espasmo. Todo es patético y medianamente pintoresco, alternándose los indios empenachados con vistosas coronas de plumas, y vestidos con lujosos cueros, con los que van en sandalias y camiseta, los abuelos con los chavales. El espectáculo es monótono, fallido. Cunde la decepción entre el público. El animador se apercibe de que la cosa decae y se excusa 'Vamos hombre, ya sé que esto no es cómo el año pasado. Este es un pow wow familiar, con los recortes no nos daba para más'. Los tambores suenan como un taladro. Es el tipo de música que desata mi eurocentrismo (¿en qué universo este tam tam obstinado podría tener el mismo valor que un cuarteto de cuerda?) Pero lo más sorprendente es girar la cabeza y darme cuenta de yo, el euro céntrico soberbio y descreído, soy el que mejor se lo está pasando. A M le ha entrado una risa nerviosa y Derek está visiblemente hastiado. Agustí, que lo sabe, nos invita a concluir nuestra vista a la tierra algonquina. Yo me hubiera quedado un rato más y pido que conste. Todo esto da mucho que reflexionar pero lo haremos otro día. Baste apuntar ahora que la hamburguesa estaba de miedo y que el resto me ha dado mucha pena.

P.S. N me informa de que los bisontes ya se crían en granjas. Así, que lo correcto es decir que sólo los indios disfrutan de hamburguesas de bisontes salvajes. 


jueves, 24 de mayo de 2012

Outreaching


Con la llegada del buen tiempo, M y yo hacemos esfuerzos por salir de la dacha y ampliar el círculo de nuestras relaciones. El otro día fuimos a una fiesta en casa de un profesor de español, que celebraba con sus alumnos el fin del periodo de exámenes. Allí conocí a F, un madrileño clásico, de inequívoco acento cuatrocaminero que conserva tras treinta años en el país. Le pregunté si le gustaba la ciudad. “No. Yo odio Ottawa desde lo más profundo del ser. De no ser por los intervalos que he pasado en Montreal no lo habría soportado”. Apareció luego D, un argentino, también clásico. Dijo: “Ottawa no essss una siudad. Es una convergensia de municipios sin sentro definido ni sentido aparente”. A L, una peruana, le pregunté por su ocio de fin de semana: “Nada. Barbacoa. Los canadienses, cuando no están haciendo deporte, están todo el rato de barbacoa. Un día en casa de uno, y otro en casa de otro”. Era gente claramente angustiada. M también ha hecho incursiones en solitario. Con nuestra ayuda se ha organizado un grupo de conversación en catalán, liderado por  R, una chica de Rumanía que ha vivido en Barcelona. El problema es que R, con buena voluntad y un excesivo apego a la ortodoxia, insiste en el grupo de conversación está para conversar únicamente, y no permite otro tipo de actividades digamos, extracurriculares, como ir a un bar, al cine, o a un museo. Así que M duda entre tomar las riendas o apartarse un poco, dado que ella no necesita mejorar su catalán. Ayer, en cambio, sí que hicimos lo que los anglos llaman un “breakthrough”. A.J nos invitó “a un postre” en su casa. Pensábamos M y yo que nos invitaba a incorporarnos a una cena a la hora de los postres. Quia. Nos invitó a una cena que consistía únicamente en un puro postre, un delicioso e hipercalórico pastel griego. Sin saberlo frustró nuestros recientes planes de dieta, pero un día es un día nos dijimos. El caso es que A.J, que es todo corazón, quería que trabáramos relación con M y N, una agradable y cultivada pareja de israelíes de nuestra edad, sin hijos, con los que pensó, acertadamente, haríamos migas. Tener amigos israelíes, judíos practicantes, me parece la verdad, mucho más interesante que alternar con gente de Albacete o de Zaragoza. El gregarismo de los españoles al salir al extranjero es terrible y desolador. Así que hemos quedado con M y N en ir al sushi joint un día de estos.

martes, 8 de mayo de 2012

Mahler me hace sangrar por la nariz

La abundante presencia de viejecitos en la sala de conciertos del NAC (National Arts Centre) legitima mi sospecha de que Ottawa es la mayor residencia de ancianos del mundo ¡Si hasta han pedido por megafonía que, además de apagar los móviles, se ajustara el volumen de los sonotones para no crear interferencias! A lo mejor por eso se ha dormido la mitad, porque no oían nada. Por mi parte, me ha empezado a sangrar la nariz nada más sonar los primeros compases. Sería un chiste sencillo atribuirlo a las ruidosas cacofonías de la décima sinfonía de Mahler. Al contrario, el primer movimiento me ha parecido magnífico, con esa famosa disonancia de ocho notas, que para los exégetas es una especie de berrido del compositor a su mujer Alma, harto de los cuernos que ésta le ponía con el arquitecto Gropius. (Comenté la vida de los Mahler un rato antes con M, quien, cómo no, ha encontrado disculpable de adulterio de ella, porque él le hacía poco caso: tomo nota). A M también le ha gustado la pieza, pero, teniendo un oído más distinguido que el mío, y en consecuencia, más exigente, ha juzgado la orquesta mediocre, una fanfarria incapaz de transmitir emoción. Hasta ha criticado el frac barato -lo era- del director, el Maestro David Currie, hombre simpático que me fue presentado hace poco. Lo cierto es que aquello no sonaba todo lo poderoso que se espera de Mahler. Ha concedido que quizá era un problema de la acústica del teatro. Nosotros seguiremos yendo al NAC, que es lo que hay. Dentro de poco, Shakespeare. Maestro Currie me ha comentado que la próxima temporada abre con un concierto de música española: Falla,  Rodrigo... y Ravel. Música inevitable, pero eficaz. No nos vamos a poner exquisitos. Gustará, siempre que encuentren la manera de que los sonotones y los instrumentos no se anulen mutuamente.


 

viernes, 16 de marzo de 2012

Una tarde en el museo

Aprovechando la visita de mi hermano Nacho hemos pasado una tarde en el museo. Ya se ha dicho que el gobierno federal, consciente del poco fuste de la capital, trata de embellecer y potenciar el atractivo de Ottawa a base de grandes museos. El más aparatoso es el Museo de la Civilización, una gran base lunar, cremosa y disneyficada, al otro lado del río. El edificio es bajito y ondulante, obra del arquitecto aborigen Cardinal; todo gasta mucha prosopopeya y está cargado, parece, de simbolismo. Nada termina de interesarme, dicho sea con todo candor. Me daba algo de pereza acercarme a esta atracción de la ciudad. Civilización es un palabra muy grande que me genera un gran empacho y un somero aburrimiento ¡Quia! Me lo he pasado de miedo. En atención a mi tobillo roto me han prestado un cochecito eléctrico ¡Oye, qué velocidad y agarre! ¡Qué dirección! Dicen que para ver bien este museo hacen falta tres o cuatro horas. Yo me lo he pulido en media en mi buggy cultural. M me seguía a la carrera, preocupada de que no me estrellase contra un tótem (que se me ha pasado por la cabeza), aunque luego, se ha subido en mi regazo. Título de la película: Dos en el carricoche. Las maniobras han resultado más difíciles en la tienda de regalos, de la que he sido el terror; me ha salvado la infinita paciencia de los canadienses, dispuestos siempre a morir de delicadeza. En España me habrían sacado a escobazos. No hay duda: el coche eléctrico es el futuro.

 

lunes, 27 de febrero de 2012

Compras por catálogo

Tan agriamente me quejé, que la Reina de las Nieves atendió mi plegaria. El fin de semana nevó casi sin interrupción y hoy están cayendo más copos como guisantes. Miércoles, jueves y viernes traerán, dicen las noticias, cinco centímetros más cada uno. Es la manera que tiene este país de decirme aquello tan castizo: ¿No querías nieve? ¡Toma dos tazas! No pasa nada. Nos esperan más tardes de jersey en casa frente a la chimenea de gas que ya sabemos prender. Es un fuego que no chisporrotea, ni silban sus llamas que en puridad no arden. No hace falta atizar este hogar para separar los troncos, que son falsos troncos incombustibles, de la brasas, que no hay, ni se pueden acercar los manos, pues está escondido el fuego tras la mampara. Sólo hay que apretar un interruptor y salta. Solo hay que volver a pulsarlo y se apaga. La llama es real, pero más parece un simulacro. Podríamos decir que es una hoguera hiperreal. Pero calienta. Si no apetece leer o ver la televisión uno siempre puede ojear la copiosa correspondencia comercial que reciben los buzones canadienses. La venta a distancia y por catálogo parece en Canadá un negocio próspero, seguramente en razón del mucho tiempo que se pasa en casa y del considerable número de jubilados y gente mayor. Cada semana llega un catálogo distinto. Son divertidos de leer porque venden cosas inesperadas. El muestrario de primavera de The Hammecher Schlemmer Institute incluye, por ejemplo, sonotones, lupas digitales, sillones de masaje, estilográficas con cámara oculta, máquinas de escribir antiguas, giroscopios, abrebotellas eléctricos, auriculares para escuchar tus propias pulsaciones bajo el agua, guantes contra la artritis, cortinas insonorizadas, un banjo, un piano, una trituradora de papel, un kit de pedicura, un purificador, un helicóptero (a control remoto), etc. Todo a precios razonables. Es la tentación consumista en toda regla. Yo le tengo echado el ojo a una superexprimidora de naranjas y una almohada que siempre está fresquita (always cool pillow) pero me temo que este tipo de objetos entra dentro de la categoría de cosas que M llama "trastos" y que no caben en nuestra casa. Pero creo que ni ella podrá resistirse a encargar los "Genuine Angora Rabbit Bed Socks", calcetines para irse a la cama que calientan ocho veces más que la lana. Ahí es nada.