Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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domingo, 10 de marzo de 2013

Caramelo

A la entrada de la primavera, cuando la nieve empieza a fundirse, las ollas comienzan a hervir en las granjas de sirope. La mayoría de estas también llamadas casas del azúcar (cabanes à sucre, sugar shacks) se concentran en Quebec, que es el mayor productor de jarabe de arce del mundo. La provincia fabrica una cantidad tan loca, tan absurda, que los productores deben concertarse para restringir la oferta y no arruinarse inundando el mercado. Parte el bacalao la golosa Fédération de Producteurs Acéricoles de Québec, un cartel que en nada se distingue de la OPEP salvo en que su producto sabe mucho mejor. Si un granjero, llevado por su glotonería, vende por encima de la cuota asignada, puede contar con ser castigado por la Federación, que es la encargada de atesorar el excedente. En algún lugar de la provincia hay almacenados 20 millones de kilos de esta ambrosía rica, dicen, en potasio, manganesio, calcio y zinc. Pregunté a Chris por qué no producen menos. 'No pueden arriesgarse. La cosecha sólo dura seis semanas entre marzo y abril y les sale tan barata que no se lo plantean'. Y tanto que cuesta poco. Hoy, en una granja cercana a Ottawa, hemos visto cómo se hace. Se coge un arce de no menos de treinta años, se le clava un pitorro, de éste se cuelga un cubo que se tapa, y se espera junto al hogar a que el árbol segregue sus lagrimitas de caramelo. Uno puede mojar los dedos en la savia dentro del cubo. Es como un agua dulce. Luego se cuece para que se evapore la savia. A 40º se extrae el sirope; a temperaturas superiores, mantequilla, tofe y azúcar. Durante la cosecha las cabañas están abiertas al público dulcero e infantil. Primero te sientan y te dan tortitas untadas con el famoso sirope, que es menos denso que el almíbar, más consistente que un jarabe, más oscuro que el ámbar, más claro que una cerveza tostada; es como un oro horneado que sabe dulce como la miel pero menos empalagoso. En el exterior hay una barra donde se extienden unas tiritas de tofe en la nieve. Con una varilla de madera las enrollas y te queda un chupachups que está de muerte. Aquí es donde se concentran los niños. Porque estas chozas vienen a ser como granjas de Willy Wonka, deliciosas disneylandias con fondo de violines tras las cuales la Federación enmascara sus pérfidas prácticas colusorias. Ah, jarabe de arce, néctar de Lucifer, tú eres el milagro de la primavera que estábamos esperando. 





sábado, 9 de marzo de 2013

Cardenal

Un canadiense podría ser el próximo Papa. Se llama Marc Ouellet, es arzobispo de Quebec y su mayor baza es una larga carrera como misionero en Sudamérica. Aunque el tema es seguido con interés no parece que su candidatura suscite gran entusiasmo. De hecho, The Globe and Mail, el periódico anglófono de más prestigio y difusión, le ha dedicado una portada mezquina. Resulta que la pequeña iglesia rural de La Motte, la localidad quebequense donde Ouellet hizo sus votos, ha sido vendida al ayuntamiento ante la deserción de la mayoría de los feligreses. El titular es ¿Can this man [que no ha logrado salvar esta comunidad] lead the Church? Que el primer periódico de Canadá eche por tierra la candidatura de uno de los suyos, poniendo en duda sus méritos, da que pensar. Supongo que será una cicatería protestante. Un día habré de interesarme por cómo funcionan estas rencillas intersectarias. En todo caso, el credo romano es aquí mayoritario: un 46 por 100 de los canadienses se declaran católicos. De ellos, supongo que la mayor parte hará un seguimiento selectivo del catecismo, como en el resto del mundo. La mitad de los católicos está en Quebec. La provincia es una especie de edén perdido para la iglesia. Hasta los pasados años sesenta en Quebec era el clero el que manejaba casi en exclusiva la educación y la sanidad. La revolución tranquila consistió, entre otras cosas, en librarse de la férula eclesial. Ouellet tomó el camino contrario a su generación, incluidos sus familiares, que se dicen agnósticos o ateos. Le he visto por televisión: un hombre bonachón y afectuoso, aunque no parece muy listo. No es un reformista (tampoco es que entienda yo por qué todo el mundo no creyente anda empeñado en pedir reformas a la iglesia) y se le reprochan unas declaraciones contra el aborto en caso de violación. De ser elegido será interesante comprobar si eso supone un rearme de la iglesia en la provincia. Por lo demás, hoy es 9 de marzo. M abre la ventana y escucha los pájaros. ¡Han vuelto, han vuelto! Es un trino débil y huidizo, pero marca el fin de una época. El espeso, profundo, ubicuo silencio de la nieve ha acabado. M está tan contenta que ha abierto la última lata de berberechos. Sería estupendo volver a ver, precisamente estos días, fugado del cónclave, al pájaro cardenal y su pechera roja.


lunes, 25 de febrero de 2013

domingo, 30 de septiembre de 2012

Parque de la Gatineau

Como el día es cálido, llamamos a unos amigos y vamos a caminar al parque de Gatineau, donde el otoño sigue trabajando su pátina de cereza. Aún ha de llegar la gran orgía de rojos y amarillos que sólo durará un par de semanas hasta caer las hojas, exhaustas. El paseo es liviano, como corresponde a excursionistas postizos como nosotros (aunque C. y M.E, hubieran deseado algo más challenging). Vemos en el río congregarse un grupo de aves y alguien explica que están preparando su migración. Me hace pensar que en el fondo, últimamente, los seres humanos somo aves solitarias, y por eso nos vamos estampando contra los postes una y otra vez. Pero están los amigos. Luego en casa nos metemos en una discusión sobre la primacía de la vida del campo sobre la vida de ciudad o viceversa. Ottawa ofrece una curiosa mezcla de ambas, que se acentúa en un sentido o en otro en función de los barrios. M es claramente partidaria de la furia alegre de la ciudad. M.E se decanta por el sosiego de la montaña, vencida por la añoranza de sus Andes maternos. A. apuesta por el campo domesticado, con Internet y agua caliente. Y yo, yo me hago un lío, y como es natural en mí, soy incapaz de emitir un juicio sin reservas. Siempre me he considerado un hombre de ciudad, de gran ciudad, de metrópolis. Ocurre que ahora estoy viviendo mi periodo rousseauniano (sin exagerar) y reconozco que no me disgusta. Hace poco, durante una breve estancia en Barcelona, descubrí por primera vez el ruido de la ciudad. Horrible, muy horrible, el fin del mundo. Y si buscamos en el venero de la historia y la literatura encontramos argumentos a favor y en contra. Desde 'el aire de la ciudad te hace libre' del Medievo, hasta el Beatus Ille de Fray Luis. Estoy de acuerdo con Cavafis en que todas las ciudades son la misma. Además, campo... ¿qué campo? Lo que los urbanitas llamamos campo es un agradable chalet con piscina y televisión al final de un carretera perfectamente pavimentada. Ciudad o campo, discusión ociosa: lo que importa es no faltar a la cita con la soledad, aunque para eso haga falta ir y venir de la ciudad al campo, del campo a la ciudad, como un animal cimarrón. 

lunes, 24 de septiembre de 2012

Wakefield

Leo las noticias de España como quien lee cada día más espantado el parte de una guerra, porque otra guerra, por fortuna, no ha conocido. Los malos augurios, la lucidez del pesimismo, el desgarro sentimental, y sobre todo el penoso papel que me ha tocado de Jeremías llorando a orillas del río de Babilonia a causa de la destrucción del templo, se me hacen insoportables. A la mierda. Hagamos otra cosa. Vayamos a Wakefield, por la parte de Quebec, a anegar nuestros patrióticos pesares en un brunch pantragruélico, total y definitivo. Adicionalmente, el otoño proporcionará pintorescas photo opportunities. La visión de M, más guapa y graciosa que nunca, encajándose, en riguroso orden, ensalada de macarrones, fiambre, salmón, huevos revueltos, salchichas, bacon, rodajas de queso fresco, un gofre rociado de sirope de arce, macedonia y por poco un rebanada de carne asada, me hace feliz y me eleva el ánimo. Por la ventana del restaurante llueven las hojas secas como meteoros tenues y temblorosos. Las copas tornasoladas de los árboles, un cuerpo de manzana que se sonroja. Damos un paseo, ahora que es el momento justo para vestir mi chaqueta favorita, que mi abuelo compró en Bel, Barcelona. Me abrazo a mi mujer, a quien tanto quiero.



miércoles, 5 de septiembre de 2012

Elecciones en Quebec, II

Ganó el Parti Quebequois, por poquito. Pero no habrá, en mi opinión, ni un tercer referendo ni independencia para Quebec. A los nacionalistas se les ha enfriado el café. La tensión épica necesaria para una secesión no se puede mantener indefinidamente, menos incluso si, bien mirado, el asunto no deja de ser una frivolidad. Parece que en Cataluña (ay) la independencia se propaga como una camiseta de moda. Es algo nuevo y excitante. No en Quebec, donde el soberanismo es mercancía rancia, ajada. Los que intentaron la separación, por dos veces, son ahora abuelos haciendo de abuelos. Cierto es que el apoyo al sí tiene un suelo sólido en torno al 35 % pero los del PQ saben que es casi imposible armar una mayoría clara en un referendum. Además el buen federalista Stephane Dion ya se aseguró de crear un potente dique, la muy razonable Clarity Act, contra una nueva intentona. Sucederá lo siguiente: exigirán, en un tono desabrido, más competencias a Ottawa. Si se obtienen se usaran para profundizar en su aislamiento; si no, tendrán en la negativa el pretexto para caldear el ambiente. Darán una vuelta de tuerca más a las leyes contra el inglés (la Loi 101, que tanto dio de reir y de llorar a Richler). Quebec se hará un poco más pobre, y los precios de la vivienda en Toronto subirán. El gobierno federal hará bien en ignorar las baladronadas del PQ y en dejar que los tribunales, que aquí se hacen respetar, frenen los abusos. Un sujeto atentó ayer a la salida del local donde celebraba la victoria  el PQ. Mató a una persona e hirió a otra. Mientras disparaba se le oyó decir algo así como ‘¡por fin se despiertan los ingleses!’ Un crimen patético que hubiera causado una tremenda amargura al nunca suficientemente añorado Mordecai Richler.

jueves, 16 de agosto de 2012

Elecciones en Quebec

Habrá elecciones en Quebec en septiembre. El cuatro, creo. Supongo que debería consignar algo sobre esto en el diario. En las encuestas van casi a la par el Partido Liberal de Jean Charest, en el gobierno desde hace nueve años, y el Partido Quebequois (PQ) que es la oposición liderada por Pauline Marois. Son las facciones federalista y soberanista respectivamente, que quiere decir, según el dialecto político local, no nacionalista y nacionalista. Hay un tercer partido —en realidad una plataforma— en liza: la Coalition pour l'Avenir de Quebec (CAQ) creada por un François Legault. Los caquistes, que así los llaman, caminan con un pie en cada acera: son en principio nacionalistas, pero optan por una moratoria de diez años antes de volver a plantear un referéndum de independencia o cuestiones del tipo. Con esto calculan poder atraerse el voto de electores aburridos de la cuestión nacional y deseosos de tener la fiesta en paz y priorizar otros asuntos, por ejemplo, la corrupción, desatada, en la provincia. El PQ no apuesta con claridad por la independencia, ni dice que vaya a convocar un tercer referéndum —tras los de 1980 y 1995— pero Charest no se cansa de repetir que sí, que si gana el PQ habrá referéndum y otra vez terminará todo como el rosario de la aurora. El PQ ha lanzado un vídeo de campaña bastante repulsivo donde se aprecia un ideario sigilosamente racista. Yo lo sigo todo con cierto interés, aunque, siendo los paralelismo con España muchos, no puedo evitar proyectar aquí mis opiniones de allí. Todo me es dejà vu, dejà entendu; sopa recalentada. En mi opinión uno de los motivos de descrédito del nacionalismo es que en todas partes acaba diciendo lo mismo, si bien, en honor a la verdad, Quebec ostenta el copyright de muchas nociones —nación sin estado, soberanismo, inmersión, multas lingüísticas, etc.— que luego acaban reverberando en nuestra querida península. En particular, el genius loci de la Belle Provence acuñó el sofisticado sistema de circunloquios y eufemismos para hablar de independencia y secesión. Decir soberanista en lugar de independentista, por ejemplo. Permite ganar electores que no saben muy bien lo que están votando (o prefieren no darse por enterados). Es el truco del ahora-lo-ves, ahora-no-lo-ves, que luego han copiado nacionalistas vascos y catalanes. La verdad es que si yo fuera nacionalista, estas maniobras en escorzo para conseguir la independencia por la puerta de atrás y sin que se note mucho, me darían vergüenza. Un poco de arrojo, caramba. Ya Trudeau les puso en su sitio cuando el primer referéndum de 1980: 'You've got to admit that for courage of conviction, for nobility of ideal, for spirit of decision, we've seen better'.

jueves, 31 de mayo de 2012

Quebequiana (y VI)

No me creo que el pintor Riopelle no realizara sus cuadros bajo la influencia de Pollock. Hay tablas que podrían ser intercambiables, como este oscuro L'Espagne que hemos descubierto en el Museo de Bellas Artes de Quebec, visitado en soledad estricta y monacal. Del museo y de su aire acondicionado se sale al campo de batalla, no exactamente llano, sino una gran pradera ondulante, verde y despejada. Hace un calor del demonio y el cielo se ha puesto de primera comunión. Caminamos descalzos por el escenario del combate, tres siglos ha, entre Francia y Gran Bretaña, por el control del continente. En la noche del 12 de septiembre de 1759 las tropas de Wolfe escalaron en silencio la pared del acantilado que secciona la llanura. Nadie los vio llegar. Dispuso su regimiento en la kiplianiana delgada línea roja que formaban las casacas de la infantería británica. Allí esperó la acometida del francés Montcalm, que había ordenado la carga. Cuando los franceses estuvieron a pocos metros -no antes- descargaron los mosquetes, causando estragos en las líneas enemigas, que se batieron en retirada. Desde entonces se ha tachado a Montcalm de incompetente, responsabilizándolo de la derrota. Hubiera bastado que esperase  en el fuerte los refuerzos que pudieran atacar la retaguardia de Wolfe, empujándolo de nuevo al río. Es muy fácil decirlo ahora. Las batallas se reconstruyen con lógica perfecta, pero en el momento deben de ser un caos completo, y como diría un periodista deportivo, se deciden por detalles. No suele ser el vencedor, sospecho, un genio, ni el derrotado un patán. 700 muertos para cada uno, pero con Quebec rendida y mejor flota los británicos. Wolfe y Montcalm muertos. Hay en el parque sendos hitos señalando el lugar exacto en que cayeron, separados por apenas ochenta metros. Honor y gloria a los viejos generales que se dignaban morir en las batallas que libraban. Hoy hay merenderos, parejas en arrobo, cometas. Y que no venga ningún historiador marxista a decirme que las batallitas no cuentan en la historia. Aquí, en media hora desapareció Francia de América y nació el Imperio Británico. Hoy la guerra continua por otros medios, que sólo dañan a la inteligencia, las voces ancestrales de Wolfe y Montcalm puestas en sordina. Volveremos a Quebec, y un poco más al Norte, a ver ballenas, en Tadoussac. Quebec es lo más interesante que en Canadá se debe a la mano del hombre. Sólo le reprocharía estar excesivamente pulida para el turista y un invierno que adivino apocalíptico. 


miércoles, 30 de mayo de 2012

Quebequiana (V)

Sentados en el borde de la rotonda frente a la imponente Asamblea Nacional de Quebec, esperamos que alguno de los chavales que se han congregado agarre un megáfono y nos ilumine. Nos hemos infiltrado en la manifa vespertina contra la subida de las tasas universitarias, en plan trabajo de campo y travesura. Se sienta al costado Louise, una señora muy afable, "que no puede estar mucho tiempo de pie", carirredonda, bajita, gordita, veterana de la revolución tranquila, y que está muy contenta de que la gente joven vuelva a salir a la calle. Ve que somos turistas y nos lo cuenta todo de Québec. Le pregunto si hay comunidad anglófona en la ciudad. 'Sí, muy pequeña, y se la trata mejor que a ninguna minoría francófona fuera de Quebec. En Montréal son mayoría y hacen lo que quieren'. En realidad en Montreal los anglos también son minoría -unos 700.000 por 2.000.000 de francos- pero está mal que yo le corrija. Nos informa de que los anglófonos pueden ir a escuelas en inglés siempre que no sean inmigrantes; de todas maneras se debería enseñar antes -opina- la lengua aborigen de la región, porque el inglés ya lo aprenden en la calle. También nos dice que la batalla de los llanos de Abraham se perdió, helàs, porque un centinela se quedó durmiendo. Que los ingleses les obligaron a fusionarse con el Upper Canada para pagar las deudas de Ontario. Que mañana es el día de Victoria (cumpleaños de la reina Victoria, feriado en todo Canadá) y que obligados por ley a celebrar algo, ellos celebran le jour de patriotes, en homenaje a Papineau. Sé quien es Papineau, el héroe de 1837. Se queda muy impresionada. Ya sabes más que muchos de estos, me dice, señalando a la muchachada (¡zalamera!). Pasa un organizador con una bolsita de trocitos de fieltro rojo; sin dudar M y yo metemos la mano en la bolsa y nos prendemos uno de la solapa. Ya somos manifestantes, aunque hay uno fumándose un porro que nos mira con cara de sabernos intrusos. Preguntamos al mismo organizador qué dirección tomará la marcha. Nos lo aclara, y nos confiesa, con cara de resignación que él mismo la ha probado esta mañana y comunicado a la policía. 'Así todos los días, ya no se me ocurren muchos más itinerarios'. La manifa será conforme a las nuevas disposiciones; la bronca está en Montreal. Pregunto a Louise si habrá otro referéndum por la independencia. Mira al cielo y dice 'Lo interesante sería una elección refrendataria; que el Parti Quebequois fuera a las elecciones con un programa claro a favor de la independencia y la gente lo votara; si no, la gente lo vota para gobernar, pero en el referéndum sale no y así llevamos treinta años'. Luego da un dato sorprendente 'Quebec es la democracia más antigua del mundo' Aquí doy un respingo. Es muy curioso la cantidad de naciones, sobre todo oprimidas, que creen que inventaron el parlamento moderno: así me lo han informado, que recuerde, en León, Aragón, Cataluña, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Estados Unidos. (Por cierto, al parecer es Islandia la que tiene mejores títulos, pero poco se sabe). En cambio, lo que no nos dice Louise es que Cristobal Colón fuera de Quebec, que también tiene muchas patrias. En fin, la cosa se empieza a animar. Al fin un estudiante se sube a la cresta de la ola. Me acerco para escuchar mejor, pero no sólo consigo entender frases sueltas. Cita a Mitterrand, pero la cita se me escapa. Sí escucho, nítido "¡Antes nos batíamos por las tasas universitarias, ahora luchamos por los derechos fundamentales!" y a la tropa cantar a coro: 'Jusqu'à la victoire, une manif par soire!' Todo esto en unos días en que los comentaristas del país siguen poniendo a parir a los estudiantes: niños malcriados, los griegos de Canadá, etc. La cabecera de la manifestación avanza lentamente por una gran avenida. Veo que mi mujer se va con ellos. La tomo del brazo y le susurro 'M, que no, que no va con nosotros...'. Pero M ya se ha animado y quiere llevar el experimento hasta el final. Al final pactamos recorrer un trecho del recorrido. La gente es perfectamente civilizada. Pero me parece complicado que el gobierno de Charest vaya a claudicar. En el fondo en toda sociedad hay un grupo mayoritario que prefiere el orden a la justicia, si es que la subida de las tasas es injusticia, que no estoy yo seguro. También De Gaulle ganó por goleada a los sesentayochistas en referéndum.

 Foto poco comprometedora

martes, 29 de mayo de 2012

Quebequiana (IV)

La carretera que va de Montreal a Quebec (ville) es de pan llevar, sin ningún atractivo. Este país es como uno de esos dibujos en los que se les pide a los niños que unan los puntos, y es inútil buscar la excusa para un meandro. A ambos lados de la autopista sólo encontrarás tundra, verde o blanca según la estación, y frondosa taiga infinita, como en esos largos trechos que en Siberia hay entre andén y andén. Vamos camino de Quebec (city) la capital de la provincia, y como no se cansa de repetir la guía, la única ciudad amurallada al norte de México. Un caso singular en Norteamérica: una ciudad que goza del prestigio de lo viejo. Y hay que decir que está a la altura de su reputación. Perfectamente podría estar en Borgoña, Flandes o el Palatinado. De hecho, por su tamaño y situación en lo alto de una peña, recuerda un poco a Luxemburgo. Pero con el mar a sus pies. Para construirla hicieron falta hombres y mujeres de un temple especial, capaces de sobrevivir a un invierno inhumano de seis meses, en lucha intermitente contra los indios de la región. En 1608 arribó Samuel de Chaplain, clavó su estaca y dijo 'Esto es del Rey de Francia'. (Así funcionaba entonces). De los veintiocho habitants que llegaron con él, murieron 20 en el primer invierno. La población consiguió estabilizarse en torno a la centena, pero había muy pocas mujeres. Luis XIV envío un cargamento de chicas, todas ellas con dote y carta de recomendación de su párroco y el río de la vida fluyó de nuevo. De Quebec dijo Dickens que era una especie de Gibraltar en Norteamérica, pero a Gibraltar le falta un cuarto de hora para ser tan bonito. La verdad es que me siento en casa, en ese gran casón, blasonado y provecto, lleno de fantasmas, que llamamos Europa. Nuestro hotel está en la parte baja, y lo primero que hacemos es buscar la boca del funicular que nos suba a la terraza del hotel Frontenac. Uno de los lugares más hermosos del mundo, no exagero. Casitas de piedra con tejados de cobre amontonados en caída. Calles empinadas. El río San Lorenzo en majestad tranquila, como un Bósforo sin mugre. Una cuña que rompe el continente y abre un vía de paso para buques y caravelas. De aquí viene el nombre: Quebec en algoquino significa 'Donde el río se estrecha', esto es, donde el mar entra en vereda. Vemos pasar un carguero enorme y pensamos que Braulio, nuestro toro de mimbre, ya estuvo aquí cuando viajaba hacia Ottawa con el resto de nuestra mudanza hace unos meses. Luego vamos al Museo del Fuerte, donde nos explican muy bien en qué consistió la batalla de los llanos de Abraham. En la tienda pido que me recomienden el mejor libro de historia de Québec: el encargado me señala uno sin dudar y me susurra "En este ganamos nosotros". Ah, mais oui, je me souviens! Y ríe.


¿Cuantas novias hacen falta? dijo Luis XIV

lunes, 28 de mayo de 2012

Quebequiana (III)

Han llamado a Canadá el país de las dos soledades. Una habla francés, la otra inglés. Sus difíciles relaciones están brillantemente narradas, con humor y melancolía, por Mordecai Richler en su "Oh Canada! Oh Quebec! Requiem for a divided country". Ni que decir que todo me suena demasiado familiar. A estas alturas de la noche, no hay nadie que comprenda mejor que yo la historia que cuenta. Su tristeza es la mía, su cabreo también. Y sus llagas. Y es todos los personajes de su drama tienen exacta correspondencia española. Están todos. (Por poner un par de ejemplos, ¿cómo no ver en las diatribas racistas del Abbé Groulx a nuestro inefable Sabino Arana?). La historia es complicada. La expulsión del paraíso se produjo para Quebec en 1767, año de la derrota. Faltos de poderlos asimilar, el Canadá inglés redujo durante décadas a los francófonos a simpáticos estereotipos: granjeros, violinistas de taberna y comerciantes de pieles viajando en canoa, silbando sus canciones en las orillas de los lagos. Gente que debía de estar contenta de pertenecer al Imperio Británico. Por eso se sorprendieron cuando un número considerable comenzó a emitir señales de descontento. El francés no estuvo nunca prohibido en Quebec, pero para lo que importaba sólo se utilizaba el inglés. Se cumplía así el dictum de Humpty Dumpty: Lo importante no son las palabras, sino saber quién manda. Mandaban los anglos, hacia quienes los francófonos acumularon un resentimiento creciente. De lo que voy leyendo creo comprender que su descontento estaba en ocasiones justificado, y que en otras las quejas entraban de lleno en la teoría de la conspiración. Da igual, estoy lejos de poder valorar en su justa medida la larga lista de agravios que los nacionalistas quebequeses esgrimen frente al Canadá que habla inglés; además, he aprendido que en una discusión que se eterniza es improbable que ambas partes no tengan su poco de razón. El turista, en todo caso, se sabe en presencia una pelea familiar rápidamente. Por ejemplo, en las matrículas de los coches de Quebec está escrita la divisa de la provincia: Je me souviens. "Lo recuerdo". ¿De qué se acuerdan los quebequeses? Según Richler, de la batalla de los llanos de Abraham de 1759, cuando los ingleses tomaron Quebec en la guerra de los siete años. Se acuerdan también de cómo Luis XIV, entre trufa y trufa, dispuso ceder la provincia a cambio de Martinica y Guadalupe. Pocas veces se ve tan bien la naturaleza morbosa del nacionalismo que cuando uno está parado en un semáforo de Montreal, y los mil ojos de la memoria de Quebec te acosan con su advertencia pegada en el culo de todos los coches: je me souviens, je me souviens, je me souviens... En el centro de todo está, claro, la lengua, que aun hablada por la mayoría fue durante largo tiempo marginada por la élite. Hoy está protegida hasta el abuso. Atención a este párrafo de la ley lingüística, la ínclita ley 101, que saco del libro de Mordecai: «Las letras francesas deben ser mayores que las letras inglesas; el espacio en torno de las letras debe ser más amplio para las letras francesas; el mensaje francés debe ser colocado a la la izquierda del inglés o encima; las letras francesas e inglesas deben ser del mismo color, o en su defecto el color de las letras francesas debe ser más visible (el inspector de la comisión decidirá qué color es más visible); si el francés y el inglés van al mismo tamaño en un mensaje deberá haber dos veces más mensajes en francés que en inglés.» Esto, atención, sólo rige para los carteles de dentro de los locales, por fuera el inglés está vetado. Puf, y en España aun dicen que el pescado es caro. Lo último de hoy: la misma ley obligó a cambiar todas las señales de "Stop / Arrêt" por una que pusiera únicamente "Arrêt". No expongo a la luz estas chorradas para ridiculizar a los nacionalistas francófonos. Durante mucho tiempo no lo tuvieron fácil. Pero una injusticia, habrá que decirlo mil veces, no repara otra. Las estadísticas oficiales hablan de un trasvase de 307.000 anglófonos de Quebec a otras provincias. Y los que permanecen, unos 700.000 están envejeciendo. Es otro caso de una minoría que habiendo sido maltratada se dedica a hostigar a su propia minoría cuando logra la hegemonía. Es, en todo tiempo y lugar, la misma canción. Triste.

domingo, 27 de mayo de 2012

Quebequiana (II)

Me entero por los periódicos de un gran escándalo de corrupción en la ciudad de Montreal. En breve, muchos funcionarios dando contratas a mafiosos a troche y moche, y no menores, sino de las grandes infraestructuras de la ciudad. A.J me había avisado de la corrupción descontrolada en Quebec: "Es que en Montreal tienen una mafia italiana, como la de las películas, que lo controla todo. ¿No has visto lo mal que están las carreteras y los accesos a la ciudad, siempre en obras? Todo eso es la mafia". Mi padre lee la noticia con delectación de lector de novela negra; está desayunando, de un humor excelente. Me confiesa que se debe a encontrarse en una ciudad donde la gente entiende su francés. Yo creo que más que un auténtico acto de comprensión lingüística, se trata de una amable deferencia hacia el turista. Admitámoslo: Mi padre y yo no nos expresaremos nunca en francés como caballeros. Pero lo cierto es que los quebequeses, o en sentido más amplio, los french-canadians, están desprovistos de esa soberbia del francés, que al primer error de pronunciación te implora que no continúes hablando en su lengua. Es un gusto soltar une belle tirade sin que te pongan mala cara. Luego aparece la adorable M, dormilona, más feliz que una lombriz porque por fin la traigo a la ciudad, donde puede chupar de los tubos de escape, atarse a los ascensores, caminar hasta el cansancio sin topar con ningún conocido e ir de compras (aunque luego nunca compre nada). La última, mi madre, contenta como siempre, pero no del todo: siendo la más cabal de todos, ha tomado una manía repentina a la ciudad, que le parece vulgar, feúcha y anodina (exagerando algunos defectos de Montreal, ya que la exageración es la specialité maison, chez-nous). Hay que considerar que viene con la retina deslumbrada de Nueva York. A mí me gusta mucho esta ciudad, pero entiendo su decepción. Montreal no es exactamente lo que uno se piensa. Ni tan europea, ni tan cosmopolita, ni tan bella. Le falta un punto de actividad, de tensión, un cambio de marcha. Yo también lo noto. Su hora ha pasado. Y la de la visita de mis padres se acerca a su final, desgraciadamente, pues de haber tenido más días habríamos disfrutado más de la dacha de Ottawa y subido a Quebec, plato de resistencia que se quedan sin probar. Su vuelo sale por la tarde. Da tiempo a subir a la colina de Mont-Royal. Es la tercera vez que subimos. La primera estaba cubierta de nieve y despeluchada, la segunda, parda y sucia; hoy es una cumbre luminosa de un verde oxigenado. Mi padre y yo caminamos hacia el lago de los castores, sin castores aparentemente, discutiendo la historia del país y algunas posibilidades profesionales. Luego nos vamos todos a comer a Outremont, un barrio que nos encanta. El restaurante Leméac, otro descubrimiento, el comienzo de otra lealtad. Nuestra camarera nos dice que todo el mundo está a favor de los estudiantes en su pulso al gobierno (los periódicos dicen lo contrario, que la gente está harta). Callejeamos por el barrio. En las escaleras de entrada a las casas vemos familias de judíos ortodoxos, los varones tocados por sombreros de copa plana y ala redonda, vestidos con un saco de seda negra, barbas bíblicas y largos mechones de pelo cubriendo las orejas. A veces detengo la mirada en un grupo y me digo que no debo volver a hacerlo. En Québec hay una tradición de antisemitismo, no sé si ya extinguida. No se trata sólo de los detestables tópicos conocidos en otras latitudes. El reproche principal que los franco-canadienses hacen a los judíos es haber optado por integrarse en la minoría anglófona. La fácil respuesta del judío es que no podían haber hecho otra cosa, dado que no eran admitidos en las escuelas católicas francesas. Como dice Leonard Cohen en una entrevista que he leído hace poco, todo el mundo se sentía minoría en Montréal: los francos, en el conjunto del país, los anglos en el conjunto de la provincia, y los judíos en todas partes. "Tres soledades". Salimos del Outremont levítico, camino del aeropuerto. Me hubiera gustado que mis padres se hubieran podido quedar más tiempo.

sábado, 26 de mayo de 2012

Quebequiana (I)

Montreal la gris comienza a cobrar el aspecto de una ciudad que nos es familiar. Este fin de semana —en compañía de mis padres, que están de visita—, hemos comprobado cómo ya nos reconocen en algunas tiendas, cómo doblamos ya ciertas esquinas sin titubear, cómo somos atraídos de manera inevitable a los mismos rincones predilectos. Entre ellos, el estupendo L'Express, ya feliz rutina. Está es en la calle St. Denis, simpática y desvencijada, que tendría que ser un bulevar. Y la subida al Montroyal, cuyo belvedere domina el río San Lorenzo y edificios y puentes que antaño fueron los más grandes del Imperio Británico. Esta vez hemos dormido, generosamente financiados por mis padres, en Le St. James, un ampuloso hotel en el barrio viejo, bueno,  aunque de mucho ringorrango y algo lúgubre. Como tantos otros de la calle St. Jacques cuando era St. James, ocupa el edificio de un antiguo banco. Desde estas manzanas dirigía la economía de Montreal su élite inglesa y protestante (o más exacto, escocesa y presbiteriana) aborrecida, con razón o sin ella, por la mayoría francófona (les négres blancs d'Amérique, alguien dijo). Cuando en 1976 llegó al poder provincial el Parti Quebequois con su proyecto de independencia, los bancos y otras grandes compañías se fueron a Toronto, en mitad de una tormenta de acrimonia que no ha amainado del todo. Las macizas fortalezas del dinero siguen ahí, como colosos en ruinas marcando la presencia pretérita de otros dioses en la ciudad. Es una pena: sólo sumando fuerzas pudo haber resistido Montreal el empuje de Nueva York y Toronto y haberse convertido en la ciudad más portentosa del hemisferio. Hoy es más una Jerusalén lingüística, desertada y en declive. Pero sería injusto echar la decadencia de la villa únicamente en la cuenta del nacionalismo quebequés. La apertura del Sant Laurence Seaway, el canal que permitía embarcar la mercancía en los grandes lagos, y la ausencia de una periferia fuerte con la que comerciar también explican la decadencia. Pero las querellas lingüísiticas no ayudaron. ¿De qué sirve tener una de las mejores universidades del mundo, la McGill, si sus licenciados en inglés no se quedan por una cuestión de letreros? Canadá es un Estado bilingüe pero su sociedad no lo es. Incomprensible. ¿Tan difícil es obligar a que las escuelas del país impartan la enseñanza en las dos lenguas? Al menos es lo que yo querría para un hijo mío. No aprendemos. Y esto vale para Canadá, Bélgica, España y cualquier país con problemas similares.


viernes, 11 de mayo de 2012

Oisive jeunese...

Los estudiantes de Quebec llevan tres meses de huelga revolucionaria. De día no van a clase y de noche salen en romería. Protestan contra la subida de las tasas universitarias decretada por el gobierno de la provincia. El incremento es de un 75 por 100, nada menos, y, de hacerse firme, los alumnos pasarían a abonar unos 3500 $ anuales por sus estudios. Ocurre, sin embargo, que, antes y después de la medida, los universitarios de Quebec pagan muy poco en comparación con el resto de estudiantes de Canadá. La mitad que en Ontario o Alberta. También es cierto que pagan mucho en relación a sus pares europeos. Por su parte, el gobierno dice que, sin nuevos ingresos, la universidad amenaza ruina. (Nota: En Canadá no hay universidades privadas). El asunto ha dividido a la opinión pública del país entre los que defienden a los estudiantes (ellos mismos, un 30 por 100 del total, y unos pocos intelectuales) y quienes los tachan de niños malcriados (el resto de la población, incluidos los universitarios de otras provincias). Al contrario que en mayo del 68, los sindicatos obreros han pasado de la movida. Los estudiantes están bastante solos, la verdad. No ayuda a la causa, claro, que una minoría descerebrada se dedique desde hace semanas a romper escaparates, quemar coches, lanzar bombas de humo en el metro e impedir el acceso normal a clase. En honor a la verdad, conviene saber que la sociedad quebequesa era prácticamente subdesarrollada hace sesenta años: de ahí que perder la cuasi gratuidad de la que vienen les suponga un trauma considerable.

El caso es que, estando a favor de una universidad pública de calidad y accesible a todos los bolsillos, no consigo que me caigan bien los manifestantes. El líder la revuelta es un tal Gabriel Nadeau Dubois, un jovencito repelente con ganas de hacer carrera; se le ve el plumero Cohn Bendit a la milla. Dice cosas como 'Je n'ai pas le pouvoir de dénoncer la violence'. El filisteísmo es fatal, absoluto. Dicen que lo suyo es como lo que sucede en Siria. Toma ya.

Pienso en los inconvenientes de la juventud. Los inconvenientes intelectuales. De jóvenes somos incapaces de hacernos cargo de la complejidad del mundo, de la necesidad del pacto. Todo es así o asá, y cualquier penalidad la imputamos al fantasma en boga, en este caso el llamado neoliberalismo. Abrimos la boca y es para decir que estamos oprimidos como en Libia. (Siempre hay, claro está, quien nunca sale de este estado de minoría mental). Modestia aparte, estoy satisfecho de haber superado la febrícula ideológica pronto en mi vida, que es aprender la moderación (todos mis excesos fueron sentimentales, en ese campo sí que hice el ridículo con avaricia, pero por amor se puede hacer el ridículo, pienso yo). Y no haber sido estúpidamente de izquierdas cuando mozo es una relativa garantía de no ser estúpidamente de derechas más tarde. En definitiva: La moderación es ya la virtud que más aprecio, y no la veo por ningún sitio en estos garibaldis de Montreal.

Creo que a la larga lo único que echaré de menos de la juventud será el esplendor físico que le es propio, que en mi caso nunca fue gran cosa. Y también, puede, los ridículos amatorios. Pero eso será la memoria, engañándome.

Como siempre, al releerme, me viene la reserva. ¿Y si ya no soy capaz de reconocer una causa justa cuando la tengo delante de mis narices? ¿Y si yo también estuviera, al cabo, pidiendo que les traigan brioche a estos pobres chicos?

Ya lo decía Supertramp.

Lo dejo aquí. 

domingo, 8 de enero de 2012

Gris de Montreal (II)

Anoche cenamos de miedo en L'Express, un bistrot francés a carta cabal, lleno de veladores, bajo el agradable y contagioso vocerío que solo se da en los mesones de buen comer. Voces, por cierto, que hablaban en una lengua alegre que M y yo podíamos entender, y que se pueden oír aquí. Hace tiempo que la rutina se ha apoderado de la cocina francesa, que repite con obstinación siglo tras siglo la misma salad vert y su vinagreta a la mostaza, su triste sopa de cebolla, su foie adocenado y aburrido. Hay un paralizante miedo a la innovación en los chefs franceses que ha permitido que los cocineros españoles les hayan pasado por encima. L'Express lleva sin cambiar una coma de la carta más de veinte años, un menú de una sola cara escrito a menú. Uno sale entendiendo por qué... Qué bien dan de comer los franceses cuando se ponen. Por una noche el tedio despareció y volvió la maravillosa alegría de vivir. M quería llorar con su terrina de lentejas, y yo no quise que se acabara el tartar admirable. De los Borgoñas, esos vinos tan superiores a los españoles, no hace falta hablar. ¡Y esa isla flotante de postre! Cuando salimos la gente todavía se amontonaba para entrar; calculo que no sirven menos de cinco turnos. Esta mañana lo seguíamos comentando al desayuno, pensando en planificar todas las visitas futuras en función de nuestro ya restaurante preferido del hemisferio. Una pareja sentada a nuestro lado, proveniente de la Gaspesie (una región de Quebec que cae por Groenlandia) nos ha sugerido caminar por el Plateau, donde prolifera la bohemia. Perfecto: Allí están las librerías. De ellas salgo de ellas con una brazada de libros sobre Canadá y Quebec; dentro de poco seré invencible en las tertulias. Lo que no encuentro son buenas ediciones de Leonard Cohen, el grande. Un amable dependiente me da una explicación verosímil: 'Muchos de sus escritos no se reeditan, y la gente, que le es fiel, no se desprende de sus libros y de sus discos; el mercado de segunda mano es prácticamente inexistente'. Al final, gracias a las pesquisas de M, doy con una primera edición de 'Death of a ladies man' y aunque no logro más que un raquítico descuento del librero y de su gato, lo doy por bien comprado. Luego, buscamos plantas de interior para casa -no hemos sido capaces de encontrar en Ottawa- y nos encaminamos a Mont-Royal para un última vista general de la ciudad, seguros de volver pronto.

sábado, 7 de enero de 2012

Gris de Montreal (I)

Caminamos por la parte antigua de Montreal, literalmente desierta esta mañana. Los edificios son de sillares de piedra gris, el pavimento y la calzada son grises, el cielo gris, hasta la nieve es gris. Esta ciudad agota la gama infinita de grises y está lista para ser pasada por el buril de un maestro grabador. El taxista, que recomienda un restaurante donde sirven un cordero buenísimo, nos deja en la Place d'Armes, solitaria como si la hubiesen acordonado para nosotros. En este mismo espacio, parece, Maisonneuve trabó batalla con los indios iroqueses antes de enseñorearse del lugar y darle su primer topónimo francés: Ville Marie. Enfrente se yergue la Catedral de Notre Dame; muestra una fachada discretita que no aventura el repelente pastiche neo-gótico del interior, decididamente, como dice el maestro, uno de esos sitios que ver antes de nacer. A su costado se levanta el Aldred Building, que se parece al Empire State de cintura para abajo. A menudo en Montreal se tiene la sensación de que comenzaron a construir Nueva York y se cansaron, y no por nada se ruedan aquí incontables películas ambientadas allí. Ahora estamos paseando por la larga promenade des artistes, vacía y nevada como una pista de despegue, bajo un frío inhumano y comprendo que el joven Leo Cohen se largara cada invierno a Hydra a montar en burro y escribir en la terraza. Nos resguardamos en el Chateau Ramezay, un interesante museo de historia de la ciudad, que merece una visita con calma. Al salir cazamos un intercambio entre el taquillero y la persona que viene a cubrir su turno: 'Si te hablan en francés, respondes en francés; si te hablan en inglés, respondes en inglés; pero puede ocurrir que acabes hablando las dos lenguas en una misma conversación'. Hablamos, en francés: 'Montreal es una ciudad bilingüe, sí, más o menos; la cuestión ya no es como antes; ahora bien, aunque el apoyo a la independencia ha descendido, cualquier pequeña polémica lo puede disparar'. Luego, con una buena crêpe chévre et jambon, Alex, un joven camarero abunda en la cuestión: 'Tengo bastantes amigos que son separatistas; yo no: defiendo mi cultura y mi herencia francesa, pero me gusta pertenecer a un país grande como Canadá, es un gran país. Si un día Quebec se separase, yo me iría'. Ah, un hermano en la fe, pienso. Luego, mientras fumamos un pitillo, sale con orgullo al contragolpe: 'Y vosotros, pas de bombings maintenant, eh?' Y me duele, el comentario me duele, porque está diciendo: 'Ya ves... todos tenemos nuestra vieja y sórdida y podrida historia familiar, todos cargamos nuestra vergüenza'. Sí, ya no hay bombas. Y aunque me llueven peros salgo reconfortado de la conversación. Más tarde, el día termina con M casi arrestada en Zara, but that´s another story for another day.