Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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lunes, 29 de abril de 2013

Niagara (I)

Se entienden cosas importantes saliendo de Toronto por la Queen Elizabeth Way. Abandonas la gran ciudad y entras de seguido en Mississauga, con sus respetables 750.000 habitantes. Tras Mississauga vienen en fila Oakfield (200.000), Burlington (170.000) y Hamilton (500.000). En todo el Sur de Ontario viven 12 millones de personas. Es el único continuo urbano de Canadá, el único gajo del país que se adentra por debajo del paralelo 48, donde el clima permite cultivar frutas y hortalizas todo el año. Y vino. Un vino peleón para paladares complacientes. Aquí está -o estaba- la industria manufacturera del país. Este pedacito de tierra es la verdadera razón de por qué Toronto adelantó a Montreal: Toronto tenía un hinterland industrial, populoso y cerca de la frontera con Estados Unidos. Montreal es una isla y aunque el nacionalismo gripara su motor la geografía fue su destino. El pedacito resiste, y es la único bolsa de prosperidad de una provincia que ya es have not (que no tiene petróleo, vaya). También parece un buen lugar para vivir. Vamos a bordo de un autobús sucio y descosido (amortizado, dice con admiración mi padre, como le parece todo en el país), en la excursión obligatoria a las cataratas del Niágara. David es nuestro conductor y guía, un jubilado patriota que se solaza en contarnos los avatares de la guerra de 1812, cuyo teatro principal atravesamos. Dice que es descendiente directo de los leales, los colonos que se quedaron del lado de la Corono durante la independencia de Estados Unidos, gratificados en la derrota con un pedazo de tierra en Canadá. 'I guess you can consider me a Canadian' dice, con orgullo. Sí, un Canadian de los que ya sólo se puede ver aquí, en Southern Ontario.


lunes, 1 de abril de 2013

La democracia en Canadá (I)

De tanto en tanto M y yo nos dejamos caer por Wakefield, Quebec. Creo que ya ha salido en estas notas. Es un pueblecito junto al río Gatineau que creció al arrimo de un molino de agua. Lo cierto es que no está a la altura de su reputación de pueblo de vida bohemia y facha pintoresca. Empezando, claro, por que no hay tal pueblo. El núcleo lo forman dos docenas de casas de madera encaradas al río, un par de iglesias, tres o cuatro albergues y cuatro buhoneros. Se supone que es un hub de mochileros y senderistas, a quienes no he visto nunca. Pero tiene al menos tres puntos de interés que merece la pena conocer. El primero, un bonito puente cubierto de madera, pintado de rojo. El segundo, el antiguo molino, hoy un hotelito relais donde sirven el mejor brunch de la zona. Por último, su cementerio en lo alto de un promontorio, aislado y apacible, cubierto de nieve o de verde según la estación. Es uno de los lugares más bellos de este país. Nos lo descubrió el añorado Embajador Mirapeix, que venía a menudo. Quizá para chafardear con un colega ilustre, allí enterrado: el diplomático Lester B. Pearson, que fue Primer Ministro de Canadá y premio Nobel de la Paz. (Me hace pensar, dicho sea de paso, en ese otro camposanto en Luarca, también de pueblo, también en altura, también cerca del agua, y también con premio Nobel, Severo Ochoa). Pearson fue un gran tipo. Su gobierno introdujo la sanidad pública universal, el sistema de pensiones, la bandera y los fundamentos del bilingüismo en el nivel federal (Pearson sólo hablaba inglés y se prometió ser el último Primer Ministro monolingüe de Canadá). Se negó a participar en la guerra en Vietnam (para gran enfado de Lyndon B. Johnson, quien al parecer llegó a amedrentarle cogiéndole de las solapas), mandó de vuelta a París a Charles De Gaulle cuando de manera lamentable —y mira que soy fan de De Gaulle— clamó por un Quebec Libre en el transcurso de un viaje oficial, y co-optó con una intuición admirable a Trudeau para el Partido Liberal. Casi nada. Pero el Premio Nobel ya lo había ganado antes, en su etapa como Ministro de Asuntos Exteriores de Canadá. En 1957 fue a él a quien se le ocurrió la creación de la UNEF, la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas, la misión de paz de la ONU que recondujo el memorable fiasco de Suez. Gracias a él, Canadá se quedó con la patente de los cascos azules y un nuevo papel en el mundo: el de Estado benéfico y responsable, sin ambiciones imperiales, en quien confiar, el adalid del multilteralismo. Lo contrario que Estados Unidos, que un Leviatán cuidado que muerdo. El tratado contra las minas antipersonales y la doctrina de la Responsabilidad de Proteger fueron cocinados en Ottawa por diplomáticos y políticos canadienses. Durante la segunda mitad del siglo pasado y primera década del presente, Canadá fue el más antimilitarista de los miembros de la OTAN. La mantequilla se comía el presupuesto—había un sistema de bienestar que mantener— y los sucesivos gobiernos dejaba que los cañones se volvieran obsoletos. Con el gobierno de Chrétian el gasto militar bajó al 1% del PIB, en el puesto décimo séptimo dentro de la Alianza, un poco por encima de Luxemburgo. Lo justo para que no echaran a Canadá de la OTAN, donde ocupaba el puesto de consejero aúlico y voz de la conciencia. La situación se volvió embarazosa. John Manley, Ministro de Exteriores de la época, se quejaba: 'No puedes sentarte en la mesa del G-8 y cuando llega la factura irte al cuarto de baño'. Todo eso se acabó en 2006 con la llegada al gobierno del Partido Conservador de Stephen Harper. Canadá, otrora caballero andante, es ahora un temido halcón de la escena internacional. Qué multilateralismo ni qué niño muerto. Realismo, intereses y negociación bilateral. A tope con Israel, con razón o sin ella. Fuera de Kyoto, más recursos para el ejército, pocas bromas en la ONU, que es una organización corrupta, y ayudar en serio en Afganistán. Es un giro tan abrupto que los diplomáticos canadienses, todos ellos orgullosos del legado de Pearson, no saben dónde meterse. En la paz de Wakefield, el Nobel, cuya tumba está junto a la de sus dos colaboradores y amigos Hume Wrong y Norman Robertson (qué bello es que te entierren con tus amigos) no sabe lo que pasa ni lo que ocurre. Y es dudoso que nada vuelva a ser lo que era.


Lester B. Pearson with a pencil.jpg

Lester B. Pearson, Caballero andante. 



domingo, 25 de noviembre de 2012

Sepharad

Acabo de volver de la inauguración del Festival Sefardí de Ottawa. Viven en la ciudad algo menos de trescientas familias sefardíes. En Montreal hay 40.000 judíos sefardíes, y en Toronto otros tantos. Los de habla española, unos 4.000, se concentran sobre todo en Toronto. Ha sido más que interesante. No conozco bien la cultura judía —salvo el hecho obvio de que es, en buena medida, la mía propia— y sé poco de la variante sefardita. Sé que sus antepasados y los míos vivieron en el mismo país bajo los mismos reyes, y que un día nuestros soberanos decidieron que los judíos sobraban y tenían que marcharse. Cinco siglos después, aquí, estoy con ellos, en representación oficial del Estado que los expulsó. No creo en la transmigración de las culpas, pero cuando el ponente menciona de pasada el edicto de 1492 se me cae la cara de vergüenza. Pero no hay resquemor. Acaso, una intensa nostalgia. Al término de la conferencia introductoria, se me acerca una señora, judía de origen egipcio, de apellido Behar. Me cuenta que el año pasado asistió a una reunión a la que se convocó por Internet a todos aquellos que tuvieran el mismo apellido. ¿Dónde la reunión? En Béjar, Salamanca ¿Dónde si no? Preciosa iniciativa. La conferencia ha sido a cargo de un rabino Yammin Levi, experto en Maimónides y poseedor de un español exquisito, aprendido en Tánger. Ha explicado la diferencia cultural entre sefardíes y askenazitas, con gran provecho para mí. Habla con efusión y conocimiento, que es lo propio de un rabino. Los sefardíes son, en suma, más festivos y litúrgicos, mientras que los askenazitas son más sobrios y dados a la abstracción. Le comento luego que es un contraste análogo al que hay entre cristianos católicos y protestantes, con lo que se muestra muy de acuerdo. Me marcho satisfecho de haber aprendido cosas nuevas. A la salida me fijo en un mapa de España: ¿Soy yo o tiene la península forma de estrella de David?

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cartas canadianas

Hay escritores de viajes que en sus relatos hacen que la gente que se encuentran parezcan completos extraterrestres. Mienten, claro. Mentir es la tentación por excelencia del escritor. Yo no puedo. Fuente de algún defecto, y también de alguna virtud, es no tener una sola gota de imaginación en mi cabeza, razón por la cual jamás podré escribir una novela ni ser un nacionalista. No me puedo engañar sobre lo que veo. Y allá donde voy sólo veo cosas semejantes, humanamente semejantes. Es una desventaja en un mundo donde el elogio de la diversidad forma parte de lo políticamente correcto. Yo, en cambio, creo que todos los hombres (¡incluso si son mujeres!) son variaciones infinitesimales de un mismo ser humano, y todas las sedicentes naciones son poco más o menos la misma comunidad política enfrentada a los mismos problemas. ¡Oh, ah, oh! Sí, hijos míos, qué le vamos a hacer. Pero esto no reduce en un ápice mi curiosidad por la especie a la que pertenezco ni me impide apreciar esos márgenes incrementales, esa porciúncula de diversidad realmente existente, con la mirada serena y analítica de un miniaturista. 

Sirva lo anterior como reserva general a lo que sigue:

¿Cómo son los canadienses? Tras un año de observar numerosos ejemplos individuales es seguro hacer unas generalizaciones. En primer lugar son gente amable. Desde que estamos aquí no he tenido ni un altercado con ellos, y si alguna fricción ha habido ha sido por mi propia irritabilidad ibérica. Es gente discreta, centrada, liberal, poco dada a los excesos. Su amabilidad se sitúa siempre dentro de los límites de la buena educación, lejos de la invasiva simpatía de los estadounidenses. Alguna vez te interpelan en la cola del supermercado, o en la calle, con una confianza que entre europeos que no se conocen es inusitada, pero nunca con insistencia o reiteración. Se mueven por el espacio (el territorio sale a muchos metros cuadrados por persona) con holgura; esa amplitud les protege del estrés. Han entendido las virtudes del igualitarismo sensato. Imposible que en Canadá surgiera una derecha lunática como en Estados Unidos; tampoco una izquierda populista. A fuerza de vivir en un país que invita al ejercicio físico y en cierta medida lo exige, los canadienses son algo más saludables que el resto de angloamericanos. Sienten un razonable orgullo por lo que han construido y no les impresiona nada la vana presunción de sus vecinos de vivir 'in the greatest country on earth'. No tienen más que cruzar la frontera y visitar Detroit para saber quién domina mejor el arte de la vida buena. Pero tampoco los desprecian. Como en todas partes, hay un poco de chovinismo, consistente en dispensar moralina al resto del mundo ('the world needs more Canada' se puede leer en las paredes de Chapters, la cadena de librerías más importante del país) pero es un engreimiento que sólo opera a determinados niveles. Sosiego, refugio, cordialidad, un poco de melancolía infligida por el paisaje. 'Peace, order, and good government' dice su constitución. Es un objetivo más realista que la búsqueda de la felicidad que Jefferson inscribió en la declaración de independencia. La felicidad ya la traerá el buen gobierno, deben de pensar. No tengo queja, no les veo doblez ni aristas. Me gustan. Canada, no cambies.





viernes, 2 de noviembre de 2012

Descubrimiento

Acabo de descubrir que el Trivial Pursuit fue inventado por dos periodistas de Montreal.

Gracias Canadá.

lunes, 8 de octubre de 2012

Al lago (V)

Conducimos por una carretera sin curvas de regreso a Calgary. Atrás quedan las Rockies, como un escote turgente. El paisaje es ahora es pardo y horizontal; no me resulta ajeno y, en su desnudez, descansa la vista tras la agotadora exuberancia de días pasados. Ya he dicho que en Canadá no hay muchos sitios donde parar y romper la monotonía de un viaje en coche. Una salida de la autopista indica la proximidad de un casino, que vemos aparecer junto a un campamento indio, seguramente postizo, como reclamo visual. Vacilamos. Al final es M quien dice 'Venga, va, y así comemos algo'. Y luego, según nos acercamos: 'Prepárate para ver algo deprimente'. Yo sé por la televisión que hay en Norteamérica casinos regentados por empresarios amerindios, sin saber muy bien por qué. La razón, sencillísima, la da M. 'En muchos Estados el juego está prohibido y a los indios, es decir, a los native americans o first nations, como se les llama aquí, se les permite abrir locales en lo que consideran su territorio. Es una fuente de ingresos basada en el monopolio'. Parece que en Alberta, los indios, vicio sobre vicio, permiten fumar en sus casinos: nada más salir del coche, todavía en el aparcamiento, me golpea una peste a tabaco que me genera una arcada instantánea. Es mucho peor dentro. El aire enrarecido y la lobreguez anulan en nosotros cualquier atisbo de curiosidad. La sala de tragaperras esta casi vacía, y aunque hacemos ademán de jugarnos unos dólares, no tenemos monedas. Vamos al bufé, dónde sí hay gente. La comida es escasa e indeseable: sandwiches de atún y una marmita donde bulle un cataplasma violáceo. Teníamos que haber venido el jueves, pienso, seguro que los jueves dan paella. M me tira de la manga para que nos vayamos; yo estoy a punto de vomitar. Compramos un kit-kat (algo seguro) en la tienda y nos vamos a toda prisa. Sólo he visto un par de indígenas. El resto eran rostros pálidos disfrutando de un ocio patético. La verdad es esta: Todo cuanto rodea a los nativos americanos en Canadá es tristísimo. Ha sido peor de lo que esperaba. A la hora de escribirlo, quince horas después, todavía se me cierra la garganta.


Por la tarde hemos acudido a la cena de acción de gracias a la que Dave y Sandra nos habían invitado. Lo contaré mañana, ahora estoy cansado. Baste un apunte. Comentando nuestra visita al casino indio. Sandra ha empezado a enumerar una retahíla de buenas obras (charities, las llaman aquí) en las que trata a aborígenes. 'They struggle', ha dicho. 'Luchan'. Y lo ha repetido varias veces. They struggle. Todos lo hacemos, claro, pero pocos cómo ellos, siento.



viernes, 5 de octubre de 2012

Al lago (III)

El lago forma parte de un estrategia de poblamiento. Consciente de la necesidad de ocupar el inmenso hinterland occidental recién adquirido, el gobierno federal hizo dos cosas inteligentes, de puro necesarias: crear la policía montada para poner orden en el territorio y encargar a empresarios de Montreal la misión de llevar el tren hasta Vancouver atravesando praderas y montañas. Con una buena inyección de dinero público estos fundaron la Canadian Pacific Railways, que a su vez estableció su división de hoteles, con la tarea de abrir grandes establecimientos junto a cada estación terminada. Los hoteles, que al gusto moderno resultan ampulosos y carranclones, son el origen de la cadena Fairmont, icono, de mar a mar, del paisaje canadiense. La explotación de ambas líneas, hotelera y ferroviaria, necesitaba un abundante material publicitario. Lo mismo que en Suiza, Tanzania o las Islas Canarias, comenzaba el turismo moderno, con sus vistosos carteles de esbeltas mujeres fumando en boquilla en la cabina del tren, y tocadas de cloché durante la cena y sensuales maillots en la piscina. Oh, bella engañifa, propaganda de un mundo que quizá existió; hoy conocemos el verdadero rostro del turista, rollizo zampabollos en el bufé del desayuno, horda tentacular, acémila impúdica, igualitos nosotros que todos ellos. Pero divago. Nació entonces también la red de parques nacionales; el primero aquí, en Banff, 1888, la ciudad más elevada del país. Banff está enclavada en medio del recinto del parque nacional, reluce como un diamante y está sujeta a severas restricciones: no se puede construir ni un metro cuadrado más y sólo puede vivir en ella aquel cuyo empleador le ponga cama. En un intento de estirar la nostalgia hasta ese mundo perdido de novela de Agatha Christie o Thomas Mann, M y yo hemos venido hasta aquí para tomar las aguas. Un swimming pool day pass cuesta doce dólares y te permite remojarte en las termas al pie de la Sulphur Mountain. Es como una piscina climatizada al aire libre, con mucha densidad de carne y despliegue de tatuajes. Nos salimos pronto, no por asco, sino por aburrimiento, y como tenemos mucha hambre y tememos no encontrar una cocina abierta, no nos duchamos. En el coche nos damos cuenta de que olemos a azufre (un olor muy parecido al de huevo podrido) al punto de intoxicación. Comemos buena ternera de Alberta en el pueblo, vemos un museo local, y nos volvemos dando un largo rodeo en coche al hotel, donde al fin podemos desprendernos del odor vintage. El lago, que marca las horas del día como una clepsidra, nos pone a dormir. 
 
 

jueves, 16 de agosto de 2012

Elecciones en Quebec

Habrá elecciones en Quebec en septiembre. El cuatro, creo. Supongo que debería consignar algo sobre esto en el diario. En las encuestas van casi a la par el Partido Liberal de Jean Charest, en el gobierno desde hace nueve años, y el Partido Quebequois (PQ) que es la oposición liderada por Pauline Marois. Son las facciones federalista y soberanista respectivamente, que quiere decir, según el dialecto político local, no nacionalista y nacionalista. Hay un tercer partido —en realidad una plataforma— en liza: la Coalition pour l'Avenir de Quebec (CAQ) creada por un François Legault. Los caquistes, que así los llaman, caminan con un pie en cada acera: son en principio nacionalistas, pero optan por una moratoria de diez años antes de volver a plantear un referéndum de independencia o cuestiones del tipo. Con esto calculan poder atraerse el voto de electores aburridos de la cuestión nacional y deseosos de tener la fiesta en paz y priorizar otros asuntos, por ejemplo, la corrupción, desatada, en la provincia. El PQ no apuesta con claridad por la independencia, ni dice que vaya a convocar un tercer referéndum —tras los de 1980 y 1995— pero Charest no se cansa de repetir que sí, que si gana el PQ habrá referéndum y otra vez terminará todo como el rosario de la aurora. El PQ ha lanzado un vídeo de campaña bastante repulsivo donde se aprecia un ideario sigilosamente racista. Yo lo sigo todo con cierto interés, aunque, siendo los paralelismo con España muchos, no puedo evitar proyectar aquí mis opiniones de allí. Todo me es dejà vu, dejà entendu; sopa recalentada. En mi opinión uno de los motivos de descrédito del nacionalismo es que en todas partes acaba diciendo lo mismo, si bien, en honor a la verdad, Quebec ostenta el copyright de muchas nociones —nación sin estado, soberanismo, inmersión, multas lingüísticas, etc.— que luego acaban reverberando en nuestra querida península. En particular, el genius loci de la Belle Provence acuñó el sofisticado sistema de circunloquios y eufemismos para hablar de independencia y secesión. Decir soberanista en lugar de independentista, por ejemplo. Permite ganar electores que no saben muy bien lo que están votando (o prefieren no darse por enterados). Es el truco del ahora-lo-ves, ahora-no-lo-ves, que luego han copiado nacionalistas vascos y catalanes. La verdad es que si yo fuera nacionalista, estas maniobras en escorzo para conseguir la independencia por la puerta de atrás y sin que se note mucho, me darían vergüenza. Un poco de arrojo, caramba. Ya Trudeau les puso en su sitio cuando el primer referéndum de 1980: 'You've got to admit that for courage of conviction, for nobility of ideal, for spirit of decision, we've seen better'.

jueves, 3 de mayo de 2012

Historia de Canada II

A partir de 1760, año en que sus dos mitades quedaron uncidas, la historia de Canadá es la de una lenta y gradual independencia de Reino Unido. Tan lenta y tan sabiamente administrada que no podemos, en rigor, pensar que haya concluido. Ahí está la crisálida de la monarquía, que, como una astuta oruga, tejió el genio político británico para todas sus colonias (o casi todas). Ayer mismo se anunció el nuevo billete de 20 dólares, en el que luce sonriente la reina Isabel II presumiendo de sus sesenta años de reinado. 

Nos habíamos quedado en que Canadá era la respetable porción de territorio, al Norte y fresquito, que Reino Unido no perdió en la guerra de 1775-1783 contra las 13 colonias. Los mismos antagonistas añadieron una coda a su enfrentamiento: la guerra de 1812, un conflicto que hoy yace semiolvidado en la penumbra del vasto drama napoleónico. La guerra fue declarada por Estados Unidos, al que irritaban los secuestros de sus barcos con destino a puertos franceses y sobre todo, el respaldo británico a las belicosas tribus indias del Noroeste. (En realidad, y aunque la acuñación es posterior, los americanos ya andaban convencidos de que su destino manifiesto era enseñorearse de todo el continente, como no tardarían en aprender los pobres mexicanos). De modo que Madison se lo tomó como una segunda guerra de la independencia: liberaría el trozo de Norteamérica que seguía en manos del Rey Jorge. Parecía fácil: siete millones y medio de americanos contra medio millón de colonos dependientes de una isla ocupada en una guerra internacional al otro lado del Atlántico. Pues perdieron, los americanos, haciendo gala de una escandalosa incompetencia militar. Sin entrar en el detalle, en lugar de cortar la vía de suministro del río San Lorenzo y ganar Montreal, a cincuenta kilómetros de la frontera, se obcecaron en penetrar por los grandes lagos, donde el apoyo indígena a los británicos era mayor. Sus generales fueron torpes y cobardes, y los británicos hábiles y eficientes, asistidos por su marina. Total: Tras dos años de guerra para nada todo se quedó más o menos como estaba y Canadá se ganó su lugar bajo el sol. Desde entonces, nunca más ha sido invadida por nadie.

Tras la guerra hubo en el interior de la colonia, en 1837, unas revueltas liberales de baja intensidad, una copia descolorida de lo que estaba ocurriendo en Europa tras el Convenio de Viena. (Sus líderes Mackencie y Papineau dieron luego nombre al batallón canadiense que se integró en las brigadas internacionales durante nuestra última guerra civil).

Mientras tanto, los sucesivos gobernadores británicos constataron que anglos y francos se profesaban un odio considerable. El gobierno de la colonia era pesadísimo. En 1838 llegó a Canadá un nuevo Gobernador General, Lord Durham, que vio lo que había y escribió un informe, el famoso Report on the Affairs of the British North America. La cita más importante es esta: "I found two nations warring in the bosom of a single state: I found a struggle, not of principles, but of races; and I perceived that it would be idle to attempt any amelioration of laws or institutions until we could first succeed in terminating the deadly animosity that now separates the inhabitants of Lower Canada into the hostile divisions of French and English". Como buen británico displicente, en el informe decía unas cuantas tonterías racistas sobre los canadienses de lengua francesa, para los que proponía la pura y dura asimilación. Pero Durham acertaba de pleno en algo: la necesidad de dejar el gobierno interior de la provincia en manos de los colonos; siempre que la política exterior y la defensa estuvieran en manos británicas, el vínculo colonial permanecía intacto. Sólo podemos admirar este alarde de inteligencia y realismo político, no tan obvio en la época como nos puede parecer ahora. El Parlamento británico hizo caso -otro interesante signo de distinción, el de hacer caso a los expertos- y en 1840 promulgó la Union Act, que creaba la Provincia de Canada, dividida en dos regiones, Upper y Lower, paritariamente representadas en una Asamblea única. Canadá empieza a tomar forma. 

Y vale por hoy.


lunes, 30 de abril de 2012

Historia de Canadá I

De todas las historias, la de Canadá es secundaria y memorable. La forja de un gran país, con índices altísimos de calidad de vida, en medio de un clima inhumano. A ver si consigo contarla bien en diez entradas. Pido auxilio a mi mentor Lerín, que se pasa por aquí de vez en cuando. Hará falta fatigar los mapas. Y prescindir del detalle.

Lo primero que hay que tener claro es una dualidad originaria. Alguien ha hablado de Canadá como de dos hermanos siameses. La imagen me parece precisa. Uno de los hermanos nace en 1534, cuando el navegante francés Jacques Cartier arriba a la Bahía des Chaleurs, que está aquí. Antes de proseguir, demos por espuria la especie de que el nombre de Canadá proviene del español "Acá, nada", que supuestamente profirieron los españoles cuando se cansaron de explorar Norteamérica hacia arriba. Demasiado bueno para ser cierto. No, hay consenso en que proviene del iroqués kanata, con el significado de villa o asentamiento. Bien, el descubrimiento de Cartier no suscitó mucho interés en la Francia de la época, entregada a sus degollinas religiosas. Fue en 1608 cuando apareció otro francés, Samuel de Chaplain, verdadero fundador de Nueva Francia, luego Quebec. Chaplain traía dos ideas: comerciar con pieles y evangelizar a las tribus indias, de cuyas desavenencias, al modo de Cortés, se aprovechó, aliándose con los algoquinos en contra de los iroqueses.

El otro alumbramiento ocurrió en 1497 en la isla de Terranova. Hasta allí se llegó John Cabot (nacido Giovanni Caboto) que es, a todos los efectos, el Cristóbal Colón de los ingleses, y por ahí se funda Nueva Inglaterra. Pero los asentamientos británicos que gravitan en torno a los grandes lagos son muy posteriores y traen causa de la huida de los ingleses leales a la corona británica durante la guerra de independencia de Estados Unidos. La Canadá anglófona es, en esencia, lo que no se perdió en la guerra contras las trece colonias.

Así que ya tenemos los dos hermanos, Nueva Francia y Nueva Inglaterra. La soldadura se produce en 1760 en una operación de cirugía forzosa. En 1754 las respectivas metrópolis habían entrado en guerra, y la contienda se trasladó a Norteamérica. Los ingleses la llamaron guerra Franco-India, y los franceses Guerra de la Conquista, por razones que enseguida se verán. Creo que es poco conocido este mapa que muestra la enormidad de Nueva Francia hacia 1750. Ayuda a explicar los motivos de la guerra: la necesidad británica de expandirse hacia el oeste, el afán por controlar el tráfico peletero, y el deseo de dar protección a los respectivos colonos de la influencia religiosa del vecino. En el fondo, se fue a la guerra porque en aquel tiempo los soberanos hacían la guerra por deporte. Ganó Gran Bretaña. En 1759 y tras meses de asedio, los británicos masacraron en media hora a los franceses en la batalla de los llanos de Abraham, a las puertas de la ciudad de Quebec. No acudieron refuerzos desde la metrópoli, que se desinteresó del futuro de su colonia. No ayudó que la idea que se tenía en Francia de Canadá era la de "quelques arpents de neige" (Voltaire dixit). En el tratado de París de 1763 Francia pierde sus vastísimas posesiones en Norteamérica, y francófonos y anglófonos, católicos y protestantes, quedan reunidos bajo la misma jurisdicción. Es el inicio de las dos soledades.