Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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viernes, 2 de agosto de 2013

Torontonians (X)

Día y medio en Toronto ponen de buen humor a cualquiera. En el tren, a un lado tengo una familia que habla en ruso (una madre amonesta a su hija pequeña: niet niet!) y al otro una pareja que habla en portugués. Y al poco, en la calle Queen, me cruzo con una admirable pareja, adolescente, que camina de la mano, enamorada, ella de riguroso burka. Así es Toronto, donde la guerra ha terminado. Suelto la mochila en el Chelsea, el hotel de siempre, y me voy para la Universidad de Ryerson, espléndido campus urbano, para ver a Colin, el amable profesor que nos ayuda a traer la exposición de jóvenes arquitectos españoles. Se unen el Cónsul y Pilar R., nuestra infalible tabernera. Vamos a cenar a L, el  restaurante español de moda. Hasta hace poco ir a cenar a un restaurante español fuera de España era una insensatez. El problema es logístico. Uno puede, donde sea, montar un honesto restaurante japonés o italiano, porque en cualquier lugar del mundo hay atún crudo, pan, harina, huevo y tomate. Pero ¿cómo conseguir, en Canadá, una gamba de Palamós, tres litros de agua calcárea del Mediterráneo (imprescindible para la paella) o una piara de cerdos de la dehesa extremeña? Los obstáculos se han ido superando y ya hay en Toronto tres o cuatro figones que son sensación. La conversación fluye agradable. Colin es un torontoniano muy listo y culto. Está convencido, por cierto, de que el alcalde de la ciudad, el inefable y orondo Rob Ford, quien tanto ameniza los telediarios de la apacible Ottawa, está detrás del asesinato del narcotraficante que decía tener el vídeo con las bacanales en las que Ford participaba. Sensacional. Aparece el chef, F.G. para agasajarnos, con una pinta de acabar de salir de la boca de metro de Cuatro Caminos. Es especialmente obsequioso con Pilar. (Al día siguiente Pilar me informa de que F.G es un sinvergüenza que acumula varios impagos a bodegas españolas). Le halago sin demasiada efusividad su cocina, que no pasa de correcta. El pulpo a la gallega estaba tierno y bien salpimentado, el jamón era de recebo, los boquerones pequeños, las croquetas ofuscadas. El arroz para dos era interesante. Como soy un desgraciado, he pedido leche frita de postre; el rebozo era excesivo y me he metido en la cama con una tripotera de cuidado. ¡Ah, la comida étnica! Por la mañana desayuno en el hotel con Esther. R. una catalana encantadora que es profesora en York; preparamos el ciclo de conferencias de Laura F. Como todavía tengo un rato antes de mi tren, me acerco hasta la sede del tiff, en la calle King. El tiff es el festival de cine comercial más importante del mundo. El edificio que lo alberga es impresionante; un odeón para el siglo XXIII que no me termina de encandilar. Compro una entrada para la peli que están poniendo, la última —a juzgar por los quince minutos que veo— majadería hiperviolenta de Winding Refn. Quería ver una de las salas por dentro porque Marta y yo planeamos llevar el NSFF a este cine. No sé. Una modernez. Demasiado higiénico, domótico, láctico. No se si me encanta o me disgusta. Casi prefiero un cine de barrio de esos que todavía quedan por Toronto. Aunque el prestigio de aparecer en la programación del tiff es algo a tener en cuenta. Lo pensaremos. Ya estoy de vuelta en el tren. Un revisor chino, con dificultades para contar en inglés, nos pide el billete. Homeward bound. Y hoy llega Ariadna, la primera amiga que nos visita.


martes, 30 de abril de 2013

Niágara (y III)

Si Niagara-at-the-falls es un santuario de fealdad la vecina Niagara-on-the-lake es un pueblecito encantador. Un punto cotorrón, pintoresco con avaricia, pero aseado y agradable. Es la Canadá que se muere por seguir pareciendo inglesa. Basta entrar en el Prince of Wales a pedir un té negro con bergamota para que los acentos se recoloquen y uno crea estar en una casa de huéspedes de Devonshire. En el teatro de enfrente programan a George Bernard Shaw todos los años de abril a noviembre y sólo falta que una banda de pueblo se ponga a tocar a Elgar. 'They thought we wanted to join the revolution and be like them, but we had other plans!' exclama David mientras nos enseña los lugares de la guerra de 1812. Jefferson pensó que la conquista de Canadá sería pan comido porque los colonos se unirían a la república con alborozo, y tal vez habría sido así de no ser por la arrogancia de sus generales y el ardor guerrero de los indios, que se quedaron del lado británico.  Con la guerra de 1812 Estados Unidos hizo un pan como unas tortas de la que sólo sacó el himno. Entretanto, David nos lleva a un viñedo a probar el famoso Ice Wine. En Niagara cada año hay una parte de la uva que no se recolecta, que no se cosecha hasta que llega la primera helada. Los canadienses hablan como si lo hubiesen inventado, pero M informa que es una técnica alemana. Es un vino dulce, de postre, muy goloso, del que Canadá produce dos tercios de la producción mundial. Atención, la bodega que visitamos pertenece al actor canadiense Dan Aykroyd, conocido en su bodega para casi todo el pasaje del autobús pero querido por mí por su papel en la simpática 'Cazafantasmas'. And we call it a day.

lunes, 29 de abril de 2013

Niagara (I)

Se entienden cosas importantes saliendo de Toronto por la Queen Elizabeth Way. Abandonas la gran ciudad y entras de seguido en Mississauga, con sus respetables 750.000 habitantes. Tras Mississauga vienen en fila Oakfield (200.000), Burlington (170.000) y Hamilton (500.000). En todo el Sur de Ontario viven 12 millones de personas. Es el único continuo urbano de Canadá, el único gajo del país que se adentra por debajo del paralelo 48, donde el clima permite cultivar frutas y hortalizas todo el año. Y vino. Un vino peleón para paladares complacientes. Aquí está -o estaba- la industria manufacturera del país. Este pedacito de tierra es la verdadera razón de por qué Toronto adelantó a Montreal: Toronto tenía un hinterland industrial, populoso y cerca de la frontera con Estados Unidos. Montreal es una isla y aunque el nacionalismo gripara su motor la geografía fue su destino. El pedacito resiste, y es la único bolsa de prosperidad de una provincia que ya es have not (que no tiene petróleo, vaya). También parece un buen lugar para vivir. Vamos a bordo de un autobús sucio y descosido (amortizado, dice con admiración mi padre, como le parece todo en el país), en la excursión obligatoria a las cataratas del Niágara. David es nuestro conductor y guía, un jubilado patriota que se solaza en contarnos los avatares de la guerra de 1812, cuyo teatro principal atravesamos. Dice que es descendiente directo de los leales, los colonos que se quedaron del lado de la Corono durante la independencia de Estados Unidos, gratificados en la derrota con un pedazo de tierra en Canadá. 'I guess you can consider me a Canadian' dice, con orgullo. Sí, un Canadian de los que ya sólo se puede ver aquí, en Southern Ontario.


domingo, 28 de abril de 2013

Niágara (II)

Niágara suena como chasquido de látigo. Antes era de filisteos no asombrarse. Hoy lo correcto es mostrar un poco de desdén, como delante de un grifo grande. Acompañado de mis padres y de M, he oscilado entre las dos poses. Las cataratas más famosas del mundo tienen al menos dos problemas. El primero, Niagara-on-the-falls, que es una ciudad que bate récords de cutrez, avaricia y fealdad. Pero incluso si uno consigue ignorar el entorno, descubre un inconveniente más sutil. Un problema de proporciones. Las cataratas son demasiado pequeñas o demasiado grandes. Demasiado grandes para poder relacionarse con ellas, o pensar en un chapuzón. Demasiado pequeñas —rodeadas de selva o montañas serían otra cosa—,  contra el paisaje chato y mercantil del sur de Ontario. Están tan ordeñadas por la industria del souvenir y de la electricidad que cualquier rendimiento poético es inevitablemente irónico. Pero ahí estaba M para impedir el desaliento. Nos convence a todos para ponernos el chubasquero a bordo del barquito que te lleva al interior de la nebulosa, como una gran rosa de incienso, que brota en medio de la herradura que forma la catarata principal, y empapados por el chirimiri galáctico podemos sin rubor sentirnos sobrecogidos. 


 
Lo atroz y lo sublime

lunes, 1 de abril de 2013

La democracia en Canadá (I)

De tanto en tanto M y yo nos dejamos caer por Wakefield, Quebec. Creo que ya ha salido en estas notas. Es un pueblecito junto al río Gatineau que creció al arrimo de un molino de agua. Lo cierto es que no está a la altura de su reputación de pueblo de vida bohemia y facha pintoresca. Empezando, claro, por que no hay tal pueblo. El núcleo lo forman dos docenas de casas de madera encaradas al río, un par de iglesias, tres o cuatro albergues y cuatro buhoneros. Se supone que es un hub de mochileros y senderistas, a quienes no he visto nunca. Pero tiene al menos tres puntos de interés que merece la pena conocer. El primero, un bonito puente cubierto de madera, pintado de rojo. El segundo, el antiguo molino, hoy un hotelito relais donde sirven el mejor brunch de la zona. Por último, su cementerio en lo alto de un promontorio, aislado y apacible, cubierto de nieve o de verde según la estación. Es uno de los lugares más bellos de este país. Nos lo descubrió el añorado Embajador Mirapeix, que venía a menudo. Quizá para chafardear con un colega ilustre, allí enterrado: el diplomático Lester B. Pearson, que fue Primer Ministro de Canadá y premio Nobel de la Paz. (Me hace pensar, dicho sea de paso, en ese otro camposanto en Luarca, también de pueblo, también en altura, también cerca del agua, y también con premio Nobel, Severo Ochoa). Pearson fue un gran tipo. Su gobierno introdujo la sanidad pública universal, el sistema de pensiones, la bandera y los fundamentos del bilingüismo en el nivel federal (Pearson sólo hablaba inglés y se prometió ser el último Primer Ministro monolingüe de Canadá). Se negó a participar en la guerra en Vietnam (para gran enfado de Lyndon B. Johnson, quien al parecer llegó a amedrentarle cogiéndole de las solapas), mandó de vuelta a París a Charles De Gaulle cuando de manera lamentable —y mira que soy fan de De Gaulle— clamó por un Quebec Libre en el transcurso de un viaje oficial, y co-optó con una intuición admirable a Trudeau para el Partido Liberal. Casi nada. Pero el Premio Nobel ya lo había ganado antes, en su etapa como Ministro de Asuntos Exteriores de Canadá. En 1957 fue a él a quien se le ocurrió la creación de la UNEF, la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas, la misión de paz de la ONU que recondujo el memorable fiasco de Suez. Gracias a él, Canadá se quedó con la patente de los cascos azules y un nuevo papel en el mundo: el de Estado benéfico y responsable, sin ambiciones imperiales, en quien confiar, el adalid del multilteralismo. Lo contrario que Estados Unidos, que un Leviatán cuidado que muerdo. El tratado contra las minas antipersonales y la doctrina de la Responsabilidad de Proteger fueron cocinados en Ottawa por diplomáticos y políticos canadienses. Durante la segunda mitad del siglo pasado y primera década del presente, Canadá fue el más antimilitarista de los miembros de la OTAN. La mantequilla se comía el presupuesto—había un sistema de bienestar que mantener— y los sucesivos gobiernos dejaba que los cañones se volvieran obsoletos. Con el gobierno de Chrétian el gasto militar bajó al 1% del PIB, en el puesto décimo séptimo dentro de la Alianza, un poco por encima de Luxemburgo. Lo justo para que no echaran a Canadá de la OTAN, donde ocupaba el puesto de consejero aúlico y voz de la conciencia. La situación se volvió embarazosa. John Manley, Ministro de Exteriores de la época, se quejaba: 'No puedes sentarte en la mesa del G-8 y cuando llega la factura irte al cuarto de baño'. Todo eso se acabó en 2006 con la llegada al gobierno del Partido Conservador de Stephen Harper. Canadá, otrora caballero andante, es ahora un temido halcón de la escena internacional. Qué multilateralismo ni qué niño muerto. Realismo, intereses y negociación bilateral. A tope con Israel, con razón o sin ella. Fuera de Kyoto, más recursos para el ejército, pocas bromas en la ONU, que es una organización corrupta, y ayudar en serio en Afganistán. Es un giro tan abrupto que los diplomáticos canadienses, todos ellos orgullosos del legado de Pearson, no saben dónde meterse. En la paz de Wakefield, el Nobel, cuya tumba está junto a la de sus dos colaboradores y amigos Hume Wrong y Norman Robertson (qué bello es que te entierren con tus amigos) no sabe lo que pasa ni lo que ocurre. Y es dudoso que nada vuelva a ser lo que era.


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Lester B. Pearson, Caballero andante. 



lunes, 27 de agosto de 2012

New Edimburgh

En Ottawa, el barrio de New Edimburgh pasa por ser uno de solera. Podemos considerarlo el lugar predilecto de su clase media, adecuado tanto para matrimonios de jubilados suficientemente juveniles como para no querer alejarse mucho del centro, como para parejas sin hijos que prefieren el sosiego de una casa que sin ser de campo lo parece. Consta, en sentido estricto, de cuatro largas calles paralelas y otras ocho, más cortas, que cruzan aquellas de manera ortogonal, además de las muchas y recoletas callejuelas que corren en paralelo a las calles principales, por la parte trasera de las casas. Hacia el Norte limita con Sussex Drive, y más allá con el río Ottawa, que separa la ciudad de la vecina Gatineau, ya en la provincia de Quebec; en su parte meridional, el barrio queda acotado por Beechwood Avenue, aunque algún purista podría querer poner la linde en la recoleta Dufferin Road, consiguiendo el efecto —engañoso— de una cuadrícula más perfecta y abarcable. Por el Este no hay duda: el barrio termina en el parque de Stanley, en la margen del río Rideau, a punto de verter ya sus aguas en el ancho brazo del río Ottawa, y sobre el cual se levantan los bellos puentes Minto —quizá la obra más sutil y elegante de todo Ottawa—, de hierro pintado de blanco, que son la vía de entrada y salida de más prestigio en el distrito. En fin, los jardines del gobernador sirven de frondosa frontera por poniente, porque, en nuestra opinión —opinión de foráneos, se podrá objetar—, Maple Lane y Springfied Street pertenecen ya al altivo y ostentoso Rockliffe Park, auténtico barrio patricio donde mora la élite capitalina y buena parte de los embajadores. En cuanto a su origen, hay que saber que New Edimburgh fue antaño un municipio independiente, fundado en 1829 por Thomas Mckay, ingeniero de Montreal nacido en Escocia, que llegó a Ottawa —entonces el modesto villorrio llamado Bytown— para participar en la construcción de las exclusas del canal de Rideau. Dueño del aserradero y de varios molinos de grano, McKay amasó una considerable fortuna que invirtió en la compra de los terrenos que hoy forman el barrio. Bautizó las distintas calles con nombres de familiares y amigos: Charles, Thomas y John eran hijos suyos, Crichton, el nombre de soltera de su mujer, y Kieffer, el su cuñado. Animó a los obreros a su cargo a instalarse en el barrio, mientras él se construía una mansión que andando el tiempo se convertiría en Rideau Hall, la residencia del Gobernador General —Virrey, para el lector castizo— que es en Canadá el representante de la Reina Isabel, un bonito cargo puramente honorífico, cuya existencia permite a los vecinos de New Edimburgh decir cosas tan elegantes como 'salgo un rato a pasear por los jardines del gobernador'. En lo que toca a su arquitectura, en términos porcinos, podemos decir que predomina la construcción tipo 'segundo cerdito', es decir, en madera, sin que falten casas de ladrillo o piedra, más regias y robustas, obra sin duda del tercero y más sensato de la piara. La mayoría de las casas son exentas, de dos pisos, con el tejado a dos aguas bastante empinado (de unos sesenta grados, como en un triángulo equilátero). Las más lujosas tienen porche y veranda, las más comunes sólo un pórtico techado, y las más pobres ni lo uno ni lo otro. Casi todas tienen un pequeño jardín, pero nunca con piscina, o yo no he visto ninguna. Como buen barrio presbiteriano, los salones que dan a la calle raramente se cubren con una cortina. Hay una peluquería, una tienda de comida con pretensiones y poco útil, el taller de una pintora sin talento, una escuela de danza, un parque con columpios, dos pistas de tenis, y cuatro iglesias, todas de culto reformado. No hay semáforos: los coches circulan con lentitud, no así las ardillas. Alguien ha visto un zorro por ahí. Nosotros no. 

New Edimburgh es nuestro barrio y nos gusta.




sábado, 25 de agosto de 2012

Mr. Pickwick viaja a Merrickville

Siguiendo la margen del río Rideau, por la parte de Ontario, a cincuenta kilómetros de Ottawa, está Merrickville, population 1,027. Es lo que llamaríamos un pueblecito mono, acicalado y algo cursi, como vestido de polisón. Por supuesto, nada que impresione a europeos resabiados como nosotros. Hay tres o cuatro calles, farolas floreadas, dos iglesias de piedra, casitas de madera con veranda, aceras pulidas, colmados de pitiminí y posadas cotorronas. El pueblo se formó al arrimo de la construcción del canal, que lo bordea con sus compuertas. Entre sus habitantes se cuentan acuarelistas, ceramistas, ebanistas y turistas. Hoy estaba especialmente endomingado y bullicioso; tocaba la feria de antigüedades 'and nostalgia'. A propuesta del jefe, hasta allí nos hemos llegado, en plan Mr. Pickwick y cuadrilla. Junto a unos pocos quincalleros había anticuarios con oficio, y si no tuviéramos ya nuestras necesidades de mobiliario bien cubiertas, algo habríamos comprado. Bueno, de hecho algo hemos comprado: unas cajas antiguas de madera para munición y explosivos; he pensado que podría poner ahí los libros más subversivos de la biblioteca. O una planta; quedaría bien. Luego hemos ido a comer a un restaurante algo alejado, en Oxford Mills, de nombre Brigadoon, atiborrado de ancianos. La dueña es fanática de los objetivos decorativos, los estampados de cretona y la Reina Isabel, retratada en múltiples fotos colgadas de las paredes del figón. Pisábamos feudo realista; un sitio puramente british, podría estar en Bath o en el otro Oxford. El jefe y yo nos hemos comido un filetazo de bisón, atlético y sabroso pese a ser de granja, que nos ha dejado satisfechos, e incluso realizados. Junto a nuestra mesa había todo tipo de cachivaches, incluida una postal de un bailaor y bailadora ejecutando no sé qué palo con remite de Sant Feliu de Guixols. Conversación grata. Una buena excursión, en definitiva.



martes, 7 de agosto de 2012

Torontonians (III)

En Toronto hay varios museos de interés. El Royal Ontario Museum (macizo edificio neo-románico con discutible ampliación del arquitecto Libeskind) pertenece a la categoría de los museos totales en los que un pedazo de templo babilónico convive con la osamenta enorme de un dinosaurio, no muy lejos de la sala de porcelana china o mobiliario victoriano. Para tener este tipo de museo hace falta a) un país sin ruinas y por lo mismo con necesidad de hacerlas traer b) un imperio abundante en piedras c) un cierto número de ricachos locales que regalen sus colecciones. Son lugares para perderse y querer ser de nuevo un niño, con la ilusión de querer saberlo todo por creer que se puede saber todo. Yo me quedo con la reproducción lúgubre y abracadabrante de una cueva de murciélagos de Jamaica. Desde el ROM se puede caminar, atravesando el barrio de la universidad, hasta la Art Gallery of Ontario, cuyo edificio originario fue totalmente renovado hace poco por el arquitecto local Frank Ghery. El resultado es extraordinario. La colección también lo es. El turista con poco tiempo, como nosotros, debe al menos examinar con cuidado dos sectores: la sala que contiene la mayor colección del mundo de esculturas de Henry Moore, y la salas dedicadas al arte canadiense, generosas en pinturas de Tom Thomson y el Grupo de los Siete, que cada día me gustan más y de los que ya hablaremos otro día. Y mañana, si hay tiempo, del Salón de la Fama del hockey sobre hielo.



lunes, 6 de agosto de 2012

Torontonians (II)

Los recién llegados a Toronto tienen varias cosas en que entretenerse. Arriba y abajo. Me explico: Han de, obedientes, hacer la larga cola que permite, previo peaje, acceder al ascensor que sube a la CN Tower, la estructura -que no edificio- más alta de la ciudad, y, a decir de la guía y folleto, del mundo. Algún día los torontonians tendrán que cantar la palinodia y admitir que esto no es verdad, porque hay tres cachirulos más altos en Cantón, Tokio y Dubai respectivamente. A mí, cada vez que la Lonely Planet me hace subir escaleras, me entran inmensas ganas de presentar mi dimisión. No me gusta subir a rascacielos, torreones, miradores y otros corcovados del mundo para ver las vistas por muy breathtaking que me las pinten. Soy muy vago, y por lo demás, las vistas, con sus excepciones, me aburren. Las vistas, por lo general, ya están vistas. Entonces para qué. Otrosí, es un sacacuartos. Pero, claro, es casi peor la actitud disciplente del turista esnob que no quiere subir. Entonces, se acaba subiendo, obediente, que es lo que hemos hecho esta mañana M y yo. Habíamos quedado en que la CN Tower no es un rascacielos, sino una antena o pincho de radiodifusión. Tiene un elegante fuste en forma de estrella o punta de flecha, todo él de hormigón visto. Como en el corte de un vestido imperio, la torre queda entallada más arriba de la cintura por una plataforma que hace de observatorio. Hay otra más pequeña más arriba todavía, al que también subiremos, por un módico suplemento. ¿Qué se ve desde lo alto? El enorme lago Ontario, que es el más pequeño de los lagos grandes, pero el doble de grande que, digamos, la provincia de Asturias. Tierra adentro, el formidable sprawl del Gran Toronto, casi una ciudad estado, con su hinterland de barrios residenciales y pequeños municipios. O sea, que no está tan mal y merece la pena el viaje en ascensor. Pero una vez y no más, Santo Tomás. Una vez se ha subido a la CN Tower (los desobedientes pueden empezar aquí) es hora de bajar, no al nivel de la calle, sino por debajo, a las catacumbas de la ciudad. Toronto, como tantas ciudades canadienses, tiene un invierno difìcil. Quizá no tan frío como el de Ottawa, pero complicado por la abundancia de vientos que forman corriente entre sus edificios. Para hacer más fácil la vida de los torontonians, la ciudad cuenta con un enorme y prolijo mundo subterráneo que comunica barrios enteros. El llamado PATH no es el subsuelo de Dostoievsky, sino un luminoso continuo de tiendas y comedores. M y yo nos hemos entretenido tratando de llegar desde el Eaton Centre, un centro comercial famoso y mesopotámico, hasta nuestro hotel sin salir a la superficie. Tiene su miga, porque las indicaciones no son fáciles de entender para el no iniciado, y de trecho en trecho nos hemos visto obligados a volver sobre nuestros pasos. Tras algo más de media hora de paseo hemos salido de las espeluncas de la ciudad como hormigas deslumbradas. Justo al pie de la CN Tower, la torre más alta del mundo, etc.




Por el camino del PATH
 

domingo, 5 de agosto de 2012

Torontonians (I)

Volvemos a Toronto. Qué pedazo de ciudad. Todavía la están terminando. Lo de menos son los rascacielos acristalados, con sus miles de teselas de aguamarina, creciendo como champiñones. Lo importante son esas sesenta personas llegando cada día para quedarse. Un casi inverosímil cincuenta por ciento de sus cinco millones de almas han nacido en otro país. Su hospital Monte Sinaí, donde hay intérpretes de cuarenta y ocho lenguas. Sus razas mezcladas hasta que uno ya no percibe la mezcla. La ciudad donde se hace cierta la bella sentencia de Richler: Canada es el país de las segundas oportunidades de todo el mundo. El anti-guetto. Estamos bien instalados en el Intercontinental, tarifa para amigos y familia del DX Exchange, con los que tengo negocio esta semana. La ventana da de narices a la celebérrima, altísima, CN Tower, tanto más fea cuanto más cerca la tienes. Una estalagmita de hormigón de 500 y picos metros, que habrá que escalar porque es una de esas cosas que si no se ven pareces idiota. Entretanto, y mientras esperamos a Juli, tomamos el autobús turístico, que una panda de estudiantes ha comprado de segunda mano en Londres. Las explicaciones son divertidas, amigables. Luego llegan Juli y su mujer y salimos a cenar a chinatown. Hay cuatro barrios chinos en la ciudad, pero nosotros vamos al más grande y bullicioso, el de Spadina con Dundas. Cenamos pato, fideos, ternera y langosta por 100 dólares, que es bastante barato. Y volvemos caminando al hotel seducidos por las bombillas de los teatros, la música que se escapa de unos antros formidables y los olores que flotan desde los tubos extractores de los restaurantes étnicos. Ese aroma fuertemente condensado de vida que exhalan las ciudades de verdad. 

viernes, 6 de abril de 2012

Primera visita a Toronto

Primera visita a Toronto, por trabajo y en muletas. Para M son cinco horas largas de conducción por una autopista sin alicientes, parando a comer en el McDonalds, que es de lo mejorcito. Luego, la ciudad impresionante, enorme, mesopotámica, a orillas del lago Ontario, que es como Portugal. Venidos desde la adorable y provinciana Ottawa, Toronto nos ha aplastado como insectos. Aquí la gente anda con otro porte, 'a la urbana', como dice M, sin tiempo que perder. Hay unos problemas de tráfico dignos de capital africana, que Nacho relaciona agudamente con el nacionalismo quebequés. Durante los años ochenta y noventa, la intransigencia lingüística y la marea secesionista hicieron que cientos de miles de anglófonos salieran despavoridos de Montreal y se afincaran en Toronto, que mutó de ciudad mediana a gran metrópolis sin que nadie hubiera pensado en cómo habría de crecer la urbe. De esto ya hablaremos otro día, cuando me lo sepa bien. Baste anotar que hoy se entra en la ciudad por un ovillo de autopistas y puentes escasamente inteligible y que por todos lados hay un baile de grúas levantando rascacielos. Son los llamados condos, la versión capitalista de la colmena soviética que me horrorizan. Se construyen más en Toronto que en ninguna otra ciudad de Norteamérica. Es un tipo de edificio que ya he visto en Vancouver. Profilácticos, acristalados, de colores desmayados que van del turquesa a la bata de hospital o puerro. Ya voy viendo que Nueva York es la única ciudad donde los rascacielos tienen gracia. Claro, porque son góticos, son catedrales, tienen ángel y gárgola, no como estos recortables de papel que colonizan la ciudad como eucaliptos de vidrio. La torre CN, en su momento la estructura más alta del mundo, es un palo de hormigón en forma de huso que sólo interesa desde la distancia. Pero esto son notas superficiales de un visita superficial. Nos dejamos todo por ver. Seguiré informando.