Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pinos

Tras la rutina de ambos hemos ido a caminar por el arboreto, proyecto acariciado muchas veces y sólo hoy realizado. Un lugar bellísimo, aunque M no me deje utilizar esta palabra. A la vista de todos, y sin embargo oculto, galante, soñoliento. Apto para fundar una academia y dar peripatéticos paseos. Tiene una especie de fiordo vegetal que se mete en el canal como una pequeña isla. Hasta allí hemos llegado, comentando dificultades de la vida que el jardín y el sol de otoño hacían más manejables. Frente a la punta del lago −no es lago, es el canal, que se ensancha− he citado para mis adentros el verso girondino, Oh temps suspends ton vol. Yo siempre tan girondino. Unos patos se llevaban el pico hacía la cola, en un escorzo improbable, no sé para qué. Otra pregunta: ¿Practican los patos el carpe diem? Se da por hecho que los animales no conocen el paso del tiempo, y quizá ignoremos su secreta melancolía. Seguimos caminando. La variedad botánica no es muy grande. De repente, retorno de lo vivo lejano: el sendero se transforma en una avenida flanqueada, por el costado derecho, de pinos, altos, robustos, despeluchados, severos como moáis de la isla de Pascua. Los mismos pinos, negros, estólidos, centinelas, más tronco que planta, que pueblan los dilectos lugares de la infancia. La placa dice que provienen de Texas, variedad ponderosa, pero M y yo sabemos que el sueño de la memoria lo ha traído desde El Escorial y la Costa Brava.

Hay días en que Ottawa no permite la queja.


sábado, 21 de septiembre de 2013

Proud

Nos acercamos, con los nuevos compañeros de M, a ver Proud,  una obra de teatro que estrenan en Ottawa. De antemano sólo sabíamos que era una sátira sobre Stephen Harper, el Primer Ministro canadiense. Como creo que ya he dicho en estos diarios, muchos liberales de la capital tienen la ilusión de estar viviendo, por fin, en un régimen fascista. Es la variante política de la nostalgie de la boue, comprensible en un país ayuno de emociones fuertes como es Canadá. Con ese prejuicio iba yo al teatro, esperando ver algo grosero. En absoluto. Proud es casi un homenaje. El autor, que intuyo a la izquierda, hace lo contrario que tantos izquierdistas infantiles: sospecha que el conservador es una buena persona, con buenas intenciones, e intenta explicarse, con gran inteligencia y sentido del humor, su personalidad, su doctrina, sus manías y los medios que despliega en su quehacer político, desde el convencimiento de que también Harper, a quien no vota, quiere el bien común. Queda el retrato de un hombre conservador, íntegro y chalado, que hace frente a las mismas contradicciones, miserias y delirios que el resto. Es posible que Harper sea, al cabo, bastante peor persona que lo que obra supone, pero prefiero con mucho ese desfase al contrario: suponer que nuestros rivales políticos son monstruos morales que anhelan el mal y la destrucción de todo lo justo. Qué gran país es este en el que el insulto político se convierte en una suave, afectuosa, bien humorada broma entre amigos. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Living in Ottawa

Hoy ha habido un terremoto de 5.2 grados en la escala de Richter. Todos en la oficina lo han sentido menos yo. Mi supuesta condición de hiperestésico al garete. M, por cierto, tampoco ha notado nada. 

*

(Only in Ottawa) ¿Dónde estaban las llaves que he buscado casi una hora? En la puerta, por fuera. ¿Cuánto tiempo han estado ahí? Toda la noche. ¿En qué ciudad vivimos? En Ottawa. 


https://mail-attachment.googleusercontent.com/attachment/u/1/?ui=2&ik=a0a6d463ec&view=att&th=13ef7b87bafe8eba&attid=0.1&disp=inline&safe=1&zw&saduie=AG9B_P_AJ6Uyk1-RVrk-PRlc2sSU&sadet=1369955687750&sads=FsdlI445Bg_EAkCLgYwUH3fMWCA

domingo, 24 de febrero de 2013

Diana Krall

No estuvo fina ayer Diana Krall en el NAC, presentando su gira mundial 'Glad rag doll'. Muy resfriada, seguramente no quiso suspender el concierto, aunque sí quitárselo de encima cuanto antes. Habló mucho, demasiado, de una manera espesa y torpe, como si sólo su voz, que es extraordinaria ya sea hablando o cantando, ligeramente rasposa, ahumada, bastara para conectar con el público. Y lo hizo, porque el público de Ottawa es poco exigente. Y también, dicho sea en honor a la verdad, porque es guapísima, muy sensual, provocadora, una blonde piegée en toda regla, vaya. Es una ley: con las guapas se es más indulgente cuando otros atributos fallan. Pero tampoco se puede dudar del talento de la Krall. Era un mismatch considerable: no casa nada bien la sofisticación de DK (que por cierto, todavía no lo he dicho, es canadiense de Nanaimo, British Columbia) con el público de jubilados mal vestidos de Ottawa. Krall condescendía, como cuando después de interpretar algunas canciones del disco (una recreación de las tonadas de los años veinte) se avino a tocar a desgana algunos de los estándar que la han hecho famosa. Ella misma preguntó al respetable qué es lo que quería escuchar. Un detalle, si no nos hubiera quedado perfectamente claro que nos estaba haciendo un favor. Estuve a punto de gritar desde la butaca I've got you under my skin, pero tuve la impresión de que me iba a decir que no, e, históricamente, los nos de las rubias me han afectado mucho. Al final el favor fue Let´s face the music and dance. Nos fuimos sin escuchar los bises. Le perdonamos el pinchazo. Sigue en nuestra selecta lista de Favourite canadians.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Recato

(Para Chema, que me ha visto vomitar en un gimnasio)

Me he apuntado, sin temor ni convicción, a un gimnasio de la zona. El primer día me hicieron una pruebas que determinaron que, si bien mi edad biográfica era de 30 años, mi cuerpo ya había cumplido los 36. Tan desagradable descubrimiento me hizo enloquecer: contraté diez sesiones de entrenador personal. El trato es que en cuatro meses volvería a tener 23.

Ya mi amigo Pablo definió memorablemente los gimnasios como ‘gabinetes de tortura voluntaria'. A lo que yo añado: modernos templos de expiación. En mis solitarias travesías en la bicicleta estática me conmueve observar a otros penitentes que, como yo, querrían arrancarse el cilicio y bajar a la barra a tomar un batido. Claro que también hay santones de misa diaria que parecen disfrutar con la exhibición pública de su virtud muscular. En esta obra, los llamados personal trainer desempeñan el papel de canónigos del templo de perfección corporal. Mi entrenadora se llama Valerie, una jovencita franco-ontariana, que tiene un trasero como de escuela de bellas artes. El problema es que se ha empeñado que conseguir que yo exhiba un culo equivalente al suyo.

‘Come on, your glutes are not activated!'

¡Pero Valerie, yo solo quiero perder un poco de peso!

‘Come on, squeeze your glutes!’

Otras veces le da por ponerse inspirational:

'Pain is weakness leaving your body!'

Pero he notado que su entusiasmo aminora y empieza a darme por perdido. 

El gimnasio al que vamos –M prefiere la piscina a la sala de máquinas– está bastante bien, la verdad. Es espacioso, está bien equipado y mantiene limpios los vestuarios. Alguna de sus reglas nos dicen algo de la vida en Canadá. En las paredes, por ejemplo, se informa de la modest policy de la empresa. En español podríamos llamarlo regla de recato, que dicta que los usuarios más en forma no pueden ir por ahí minando la autoestima del resto. Esto es, los chicos no pueden vestir camiseta sin mangas y las chicas no pueden enseñar los abdominales. No creo que en España hayamos llegado a este grado de delicadeza, refinado fruto del political correctness. Por si acaso hay una parte del recinto reservada para mujeres. También hay una piscina sólo para chicas. M me cuenta cosas tremendas, como que hay quien –sobre todo mujeres musulmanas, pero también nadadoras pudorosas–, que se bañan vestidas, con una suerte de pantalones o faldita. No nos pondremos laicistas, pero alguien podría advertirles de que se trata de una práctica poco higiénica.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Con la puerta abierta

En su documental Bowling for Columbine Michael Moore popularizó la idea de que Canadá es un país tan seguro que la gente duerme con la puerta abierta. Es algo completamente cierto, al menos en Ottawa. A nosotros ya nos ha pasado más de una vez, que al anochecer olvidamos echar el cerrojo a la dacha de Charles, o dejamos abierta la casa un par de horas durante el día sin percatarnos de ello. Ningún problema, ninguna preocupación. Como mucho entra el frío. En los restaurantes, M ha pasado de aferrarse a su bolso como un piojo a un pelo (actitud comprensible cuando se está acostumbrado a rescatar turistas desvalijados en Barcelona) a dejar bolso y abrigo en el ropero con toda paz de espíritu. Las bicis han pernoctado todo el verano sin candar en el jardín, al que se accede por una puertecita sin pestillo. En el barrio residencial de Rockcliffe las grandes casas patricias carecen de valla: cualquiera puede acercarse hasta el umbral de la puerta y llamar. Así, las calles se hacen más gratas y esponjadas. Hace un rato, en el telediario han dado una noticia interesante. A punto de concluir 2012 Ottawa es ya la ciudad de Ontario (de Canadá me atrevería a añadir) con menos homicidios al año: 5. En 2010 y 2011 la cifra fue de 12 y 10 respectivamente. Recordemos que la ciudad tiene algo menos de un millón de habitantes. La media de esos años se sitúa en un ratio de 1,5 por cada 100.000 habitantes. Si abrimos el angular y sumamos todos los crímenes considerados violentos, la media es de 566 por cada 100.000 almas. Para ponerlo en perspectiva he buscado los índices de criminalidad de Washington: 1.241 (no parece tanto, la verdad, considerando la fama que tienen). He fatigado un buen rato la red, sin conseguir dar con índices homogéneos y comparables para ciudades europeas. El caso es que Ottawa es una ciudad muy segura. Tan segura que 'segura' es el primer adjetivo que le viene a la cabeza a la gente cuando le preguntan por la ciudad. Sin duda una de las grandes ventajas que ofrece la vida en Canadá respecto a Estados Unidos es poder salir a la calle en la confianza de que un atraco o asalto es improbable.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Sepharad

Acabo de volver de la inauguración del Festival Sefardí de Ottawa. Viven en la ciudad algo menos de trescientas familias sefardíes. En Montreal hay 40.000 judíos sefardíes, y en Toronto otros tantos. Los de habla española, unos 4.000, se concentran sobre todo en Toronto. Ha sido más que interesante. No conozco bien la cultura judía —salvo el hecho obvio de que es, en buena medida, la mía propia— y sé poco de la variante sefardita. Sé que sus antepasados y los míos vivieron en el mismo país bajo los mismos reyes, y que un día nuestros soberanos decidieron que los judíos sobraban y tenían que marcharse. Cinco siglos después, aquí, estoy con ellos, en representación oficial del Estado que los expulsó. No creo en la transmigración de las culpas, pero cuando el ponente menciona de pasada el edicto de 1492 se me cae la cara de vergüenza. Pero no hay resquemor. Acaso, una intensa nostalgia. Al término de la conferencia introductoria, se me acerca una señora, judía de origen egipcio, de apellido Behar. Me cuenta que el año pasado asistió a una reunión a la que se convocó por Internet a todos aquellos que tuvieran el mismo apellido. ¿Dónde la reunión? En Béjar, Salamanca ¿Dónde si no? Preciosa iniciativa. La conferencia ha sido a cargo de un rabino Yammin Levi, experto en Maimónides y poseedor de un español exquisito, aprendido en Tánger. Ha explicado la diferencia cultural entre sefardíes y askenazitas, con gran provecho para mí. Habla con efusión y conocimiento, que es lo propio de un rabino. Los sefardíes son, en suma, más festivos y litúrgicos, mientras que los askenazitas son más sobrios y dados a la abstracción. Le comento luego que es un contraste análogo al que hay entre cristianos católicos y protestantes, con lo que se muestra muy de acuerdo. Me marcho satisfecho de haber aprendido cosas nuevas. A la salida me fijo en un mapa de España: ¿Soy yo o tiene la península forma de estrella de David?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Nunc est bibendum!

No es Ottawa una ciudad de muchas distracciones. Los grandes eventos, cuando los hay, son más una obligada consecuencia de su capitalidad que de una genuina demanda de su población. La abundancia de museos es un espejismo; todos tienen un cierto interés, pero no logra uno sacudirse la sensación de estar visitando ampliadas dependencias del gobierno. No hay teatro, no digamos ya una ópera o una buena orquesta sinfónica.  La vida nocturna apenas se compone de una docena de bares a la irlandesa. Emparedada entre dos arrogantes colosos como Toronto y Montreal, el atractivo de la  morigerada Ottawa reside en otros aspectos que sólo la edad madura está en condiciones de apreciar. La feliz e irresponsable juventud ha de apañarse con poca cosa, y de cuando en cuando, enloquecer a cuenta de casi nada. En este sentido, se parece la capital a uno de esos terrenos secos y cuarteados que, al caer una lluvia un poco más fuerte de los esperable, son incapaces de absorber el agua, dando lugar a increíbles riadas e inundaciones. Así sucede, por ejemplo, con el Ottawa Wine and Food Festival. A simple vista es una mera feria gastronómica, que se celebra todos los años por estas fechas. Para la mancebía de la capital, empero, es el momento de darlo todo. Algo digno de verse. La cola para entrar en el pabellón de convenciones es monstruosa. Afortunadamente M y yo contamos con pases vip, cortesía de Wines from Spain, que cuenta con una frondosa cabina, liderada por la gran Pilar R., canadiense de Jerez. Durante el día los profesionales hacen sus negocios. A partir de las siete irrumpe la juventud, como si estuviera en una discoteca de tres pisos. Es el momento de ver a las chicas sin abrigo, cortas, escotadas y con ganas de montárselo. Yo estoy gustosamente retirado del mercado de la carne, pero a tenor de las tres o cuatro chavalas que han iniciado de forma espontánea conversación conmigo, debo de mantener un cierto atractivo. Gonzalo da con la clave de la situación. 'Es como la feria de la máquina-herramienta de Bilbao pero con minifalda'. Mientras guardábamos turno en el puesto de la raclette, la seguridad se ha llevado a rastras a una pobre chica completamente borracha. M razona que los canadiense no tienen cultura de vino y por eso acuden en masa a esta feria: 'Les parece tan sofisticado, y luego no saben beber'. Sentencia: 'Este festival es como la noche del baile de graduación de todo Ottawa'. Y yo: 'Contigo amor, cada noche es noche de Prom'. Lo digo de corazón, pero a la vista del fiestón que se ha montado, me es inevitable sentir nostalgia por los buenos viejos tiempos de marcha por Madrid en confusa persecución del amor. Eso que simplemente llamábamos 'salir'. Que, si no recuerdo mal, no me gustaba.

¡Ea, ottawenses! ¡Claro que sí! Nunc est bibendum, nunc pede libero pulsando tellus!

domingo, 4 de noviembre de 2012

Book fair

Mañana fría y brillante. Caminamos hasta la feria del libro de ocasión de Rockcliffe. Es un escándalo. La mayoría de los libros cuesta un dólar. A la entrada ya te están provocando, distribuyendo zurrones amarillos de Ikea. Hemos pasado largo rato. En particular me he demorado en la sección de clásicos, haciendo acopio de autores que faltan en la biblioteca y en mi cabeza. En el rincón de Canadá hemos encontrado las novelas de Robertson Davies -muy recomendadas por Guillermo- por tres pesetas de las antiguas. Por un lote de quince libros quince hemos pagado veintiún dólares. Habrá sido una hora larga de escrutinio, tragando polvo. Últimamente, cada vez que entro en una librería de lance, y es siempre que puedo, me abruma la misma sensación de estar hocicando en un basurero y de que la humanidad, en general, escribe demasiado. El número de libros es infinito, no así el número de libros interesantes; de hecho, ésta última categoría está formada por un número reducido de ejemplares y sospecho que abarcable en una vida, selección inteligente mediante. La clave para no dilapidar energías lectoras es una mezcla de entrenamiento del gusto y de saber dejarse asesorar por los mentores adecuados. El mejor amigo siempre tiene en sus labios estas palabras: tolle, lege.


jueves, 25 de octubre de 2012

La película de ayer

Evito contar cosas del trabajo, pero un episodio como el de ayer bien merece incumplir el propósito. Concluía el festival de cine español en el Bytown, un entrañable cine de barrio de Ottawa. Iba muy feliz: el ciclo ha sido un éxito, hemos llenado casi sin esfuerzo todos los días, y los cambios introducidos han funcionado. Me hacía ilusión que hubiéramos conseguido una cinta en catalán, Pa negre, magnífica y truculenta, como película de cierre. La sala estaba abarrotada, con bastantes catalanes —los que pueda haber en Ottawa— entre el público. Empezó la película bien, con una larga secuencia de un asesinato en un bosque en la que no se habla. A los diez minutos se pudo escuchar el primer diálogo. Me quise morir. Estaba en castellano. Habíamos anunciado la película en catalán. Los del cine se habían equivocado. Estaba furioso. 'Con la que está cayendo' pensé. Calibré la situación: si la película sigue en castellano, estamos incumpliendo nuestro programa y los catalanes se sentirán decepcionados. Si interrumpimos la proyección el resto del público se puede mosquear. Consulté con M. Pensé en una disculpa al terminar la película. Luego razoné que la película era larga y no parecía tan grave pararla un par de minutos y reanudar, en el idioma correcto, en el mismo punto. Tenía a mi favor la educada paciencia del público canadiense. Me decidí por esto último. Subí corriendo al palco, buscando la sala del proyeccionista. Encontré la puerta, estaba atrancada. Empujé con fuerza. Lo primero que vi fue un retrete y luego el DVD que proyectaba la película. No había nadie. Bajé donde las palomitas a hablar con el encargado. 'Soy de la Embajada. Tenemos un problema. La película está en castellano y tenía que estar sonando la versión original en catalán. Es delicado'. El regidor, un tipo listo, me mira lívido y me responde 'Entiendo perfectamente. Soy canadiense. Es una emergencia de tipo inglés / francés'. En ese momento nos hubiéramos abrazado. Subimos corriendo a la cabina, que seguía inhabitada. '¡Oh, mierda! ¡Se ha ido a comprar comida, me lo dijo hace un rato!' La culpa, me dijo, era suya y solo suya: había olvidado advertir al proyeccionista que cuidara de activar la versión original en catalán. Pensé en silencio que si había un retrete ahí en medio era precisamente porque un proyeccionista no se puede largar de la cabina a mitad de la película. En fin. Llamamos al móvil de susodicho. 'Vuelve echando leches'. En el fondo se trataba de manipular un DVD, pero había que esperar al experto. El proyeccionista llega al trote, con su bolsa de plástico llena de yogures, y, enterado de la situación, para la película. El encargado hace un anuncio por megafonía explicando el incidente. Se oyen aplausos en la sala. Mientras, el proyeccionista y yo nos nos peleamos con el menú del DVD, que no tira. El tipo me dice que el mando no tiene pilas, yo sospecho que no está apuntando bien. Conseguimos cambiar el idioma. Pero hay que asegurarse: si volvemos a proyectar y la película sigue en castenallo el descalabro puede ser abisal. Sucede que la pantalla que tienen dentro de la cabina no tiene altavoces y tan sólo deja escapar un chorrito de sonido casi inaudible. El castellano y el catalán, escuchados en la distancia o hablados en voz baja, son difíciles de distinguir. '¡Sube el volumen, coño! le digo. ''¡No puedo! responde airado. Así que pego la oreja a la pantalla para asegurarme de que están hablando en catalán, pero no puedo decantarme con seguridad, con tanto ruido fuera. Además, justo en la escena que inspecciono aparece un guardia civil, y era razonable pensar que estaría hablando en castellano en cualquier caso. Al final escucho un diálogo entre un padre y un hijo en un nítido catalán, claro como un vaso de agua clara, que diría Don Jose María Pemán. 'Es catalán. Vuelve a encender' le imploro. Lo hace. Se vuelven a escuchar aplausos. Salgo al anfiteatro, aliviado; me apoyo en la pretil y me vuelvo a cagar en todos los muertos: ¡Ahora no hay subtítulos en inglés y el ochenta por ciento del cine no se está coscando de nada!' Vuelvo corriendo a la cabina y me encuentro al proyeccionista, en plena transpiración, apretando los botones del mando a distancia en todas direcciones. '¡Ya lo sé, no hay subtítulos, esto es una mierda!'. Le arranco el mando, pongo yo los subtítulos, maniobra que todo el público puede ver en la pantalla grande, y por fin, se reconduce la situación. Otra salva de aplausos. Vuelvo a mi butaca con M. Tiempo de gestión de crisis: 20 minutos. La película y su carrusel de truculencias continua. Nadie ha salido de la sala y al final todos se van contentos. Me echo unas risas con la gente de la Embajada contando la aventura. 

Y al final de la noche, me quedo pensando en el momento más significativo de la velada. El minuto y medio en que estuve con la oreja pegada a la pantalla, incapaz de acertar a distinguir, susurrados, el catalán y el castellano, dos idiomas que se tocan con las yemas de los dedos: un corrimiento de sílabas, unas vocales que se abren, otras que se entornan, un giro que cayó en desuso en una lengua e hizo fortuna en la otra, un fonema que cambia. Dos bellos idiomas hechos y derechos, sin duda, pero en la mente cultivada, variaciones sobre un mismo tema.

martes, 25 de septiembre de 2012

Otra noche de concierto

(Ayer, concierto) De nuevo en el NAC, para asistir a la inauguración de la temporada. Programa español. Abrió una cosita de Ravel, sin importancia. Vino luego el Concierto de Aranjuez; el solista las pasó canutas, y eso me hizo reparar en lo endiablada que es la partitura. Rodrigo estaba ciego y era pianista; es decir, no sabía muy bien cuantos trastes cabían en el mástil de una guitarra. Confieso sin rubor que me gusta la pieza, los tres movimientos. Es verdad que en el adagio es difícil que uno no se ponga a correr detrás de sus sentimientos, pero eso no viene mal de vez en cuando. Sonó después El sombrero de tres picos de Falla, que me estaba gustando mucho hasta que de repente me pareció que la guardia civil estaba a punto de asaltar el teatro y ya no puede quitarme esa idea de la cabeza. Para terminar, el Bolero. El Bolero es muy aburrido, pero me encanta cuando entran los trombones, puramente borrachos. Por cierto, y hablando de Ravel: tenían expuesto en el vestíbulo del auditorio el piano de Glenn Gould, el famoso Steinway C-138, y eso me hizo pensar que Gould nunca interpretó, que yo sepa, los dos conciertos para piano de Ravel, y es una pena, porque habría sido interesantísmo comprobar su manera de interpretar el adagio assai del concierto en re menor. Quizá es una tirada tan lenta y majestuosa que ni Gould hubiera podido manipularla.

Tras el concierto hubo una recepción, co-organizada por nosotros. Y resulta que al final, me olvidé de recoger mi gabardina, un ordenador portátil, unas cajas de vino sobrante y, hecho harto significativo, la bandera. Afortunadamente, en Ottawa no se roba.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Parliament Hill

Mis compañeros de la UE me han invitado a presenciar desde la tribuna una de las sesiones parlamentarias. El Parlamento es el edificio señero de Ottawa, y en realidad, su razón de ser. Frente a una gran explanada, en un promontorio, se construyeron, a tiempo de ser inaugurados en 1867, los tres edificios que forman el conjunto. El central y más ancho tendrá unos seis pisos de altura, está hecho de sillares de piedra arenisca, y es simétrico respecto a una torre carillón de noventa y dos metros de altura, la llamada Tower Peace. Insertos en la fachada hay cuatro torreones, dos a cada lado de la torre, rematados en tejados de estilo Mansard de cobre revestidos por una pátina de verdín, es decir, del mismo color que la Estatua de la Libertad, por hacernos una idea. El estilo es neogótico, lo que se ve sobre todo en las ventanucos, los arcos apuntados de las puertas, y gárgolas y grotescos allí y allá. El neogótico nunca sale bien, aunque la fachada tiene dignidad y resulta, a la postre, sobria y capitalina. Por dentro es un horror, con profusión de bóvedas nervadas o nerviosas, que recuerdan al peor Gaudí, el de la catedral nueva de Astorga. En la parte posterior, visible sólo desde el río, se levanta la biblioteca, de planta circular y enrevesada bóveda apoyada en múltiples arbotantes y contrafuertes. No nos entusiasma a ninguno, pero da el pego, oyes. El caso es que hemos ido a la sesión de control al gobierno, que aquí se llama, Oral Question o Question Period. Como en otros países de la Commonwealth, el parlamento de Ottawa es un legislativo bicameral, tipo Westminster. En la cámara de los comunes, los diputados están mucho más cerca unos de otros, bancada contra bancada con los estenotipistas en el centro. Los debates son más cálidos que el parlamento graderío que predomina en la Europa continental. Las intervenciones se suceden a gran velocidad, según se sienta uno se levanta otro, suelta una soflama mirando al tendido y cede el paso a un tercero, que salta como un muelle al otro extremo del salón. Todo muy coreografiado, y estudiado para que los primeros espadas hablen cuando la televisión les enfoca. Hablan a toda pastilla, no sea que no les quepa el mensaje en la cuña del telediario. Algo que me ha llamado la atención es que el portavoz del gobierno, que iba encajando los golpes de la oposición, respondía de espaldas a sus interlocutores, dirigiéndose al presidente de la sala, el speaker. Quien más quien menos se esfuerza en alternar el inglés con el francés, lo que me parece muy bien. El orden del día era muy anodino y casi me duermo. Ciertamente la política parlamentaria moderna es, a fuer de irrelevante, muy aburrida. No dudo de que se trabaje mucho en los despachos, pero en los regímenes modernos el parlamento no deja de ser una extensión numérica del ejecutivo, y por tanto, de importancia lateral. Al final me he escapado vilmente.

lunes, 27 de agosto de 2012

New Edimburgh

En Ottawa, el barrio de New Edimburgh pasa por ser uno de solera. Podemos considerarlo el lugar predilecto de su clase media, adecuado tanto para matrimonios de jubilados suficientemente juveniles como para no querer alejarse mucho del centro, como para parejas sin hijos que prefieren el sosiego de una casa que sin ser de campo lo parece. Consta, en sentido estricto, de cuatro largas calles paralelas y otras ocho, más cortas, que cruzan aquellas de manera ortogonal, además de las muchas y recoletas callejuelas que corren en paralelo a las calles principales, por la parte trasera de las casas. Hacia el Norte limita con Sussex Drive, y más allá con el río Ottawa, que separa la ciudad de la vecina Gatineau, ya en la provincia de Quebec; en su parte meridional, el barrio queda acotado por Beechwood Avenue, aunque algún purista podría querer poner la linde en la recoleta Dufferin Road, consiguiendo el efecto —engañoso— de una cuadrícula más perfecta y abarcable. Por el Este no hay duda: el barrio termina en el parque de Stanley, en la margen del río Rideau, a punto de verter ya sus aguas en el ancho brazo del río Ottawa, y sobre el cual se levantan los bellos puentes Minto —quizá la obra más sutil y elegante de todo Ottawa—, de hierro pintado de blanco, que son la vía de entrada y salida de más prestigio en el distrito. En fin, los jardines del gobernador sirven de frondosa frontera por poniente, porque, en nuestra opinión —opinión de foráneos, se podrá objetar—, Maple Lane y Springfied Street pertenecen ya al altivo y ostentoso Rockliffe Park, auténtico barrio patricio donde mora la élite capitalina y buena parte de los embajadores. En cuanto a su origen, hay que saber que New Edimburgh fue antaño un municipio independiente, fundado en 1829 por Thomas Mckay, ingeniero de Montreal nacido en Escocia, que llegó a Ottawa —entonces el modesto villorrio llamado Bytown— para participar en la construcción de las exclusas del canal de Rideau. Dueño del aserradero y de varios molinos de grano, McKay amasó una considerable fortuna que invirtió en la compra de los terrenos que hoy forman el barrio. Bautizó las distintas calles con nombres de familiares y amigos: Charles, Thomas y John eran hijos suyos, Crichton, el nombre de soltera de su mujer, y Kieffer, el su cuñado. Animó a los obreros a su cargo a instalarse en el barrio, mientras él se construía una mansión que andando el tiempo se convertiría en Rideau Hall, la residencia del Gobernador General —Virrey, para el lector castizo— que es en Canadá el representante de la Reina Isabel, un bonito cargo puramente honorífico, cuya existencia permite a los vecinos de New Edimburgh decir cosas tan elegantes como 'salgo un rato a pasear por los jardines del gobernador'. En lo que toca a su arquitectura, en términos porcinos, podemos decir que predomina la construcción tipo 'segundo cerdito', es decir, en madera, sin que falten casas de ladrillo o piedra, más regias y robustas, obra sin duda del tercero y más sensato de la piara. La mayoría de las casas son exentas, de dos pisos, con el tejado a dos aguas bastante empinado (de unos sesenta grados, como en un triángulo equilátero). Las más lujosas tienen porche y veranda, las más comunes sólo un pórtico techado, y las más pobres ni lo uno ni lo otro. Casi todas tienen un pequeño jardín, pero nunca con piscina, o yo no he visto ninguna. Como buen barrio presbiteriano, los salones que dan a la calle raramente se cubren con una cortina. Hay una peluquería, una tienda de comida con pretensiones y poco útil, el taller de una pintora sin talento, una escuela de danza, un parque con columpios, dos pistas de tenis, y cuatro iglesias, todas de culto reformado. No hay semáforos: los coches circulan con lentitud, no así las ardillas. Alguien ha visto un zorro por ahí. Nosotros no. 

New Edimburgh es nuestro barrio y nos gusta.




domingo, 18 de diciembre de 2011

Ottawa, domingo

Domingo. Salimos a pasear, hasta el nuevo sushi joint que nos recomendó Nacho. El mercurio no subía de menos diez, pero la claridad del día invitaba a caminar. Por Crichton St. M y yo comentamos la calidad de las casas, las que nos gustan y las que nos gustan menos. El barrio ha conservado casi intacto su carácter deliciosamente provinciano. Ni un coche. El frío, ya digo, considerable, pero quién lo iba a notar embutido en una escafandra de pluma canadiense. Poco a poco un sentimiento de íntima satisfacción crecía en nosotros, quizá producido por la doma del termómetro. Un hombre con orejeras es un hombre feliz (¡no digamos una mujer!). Los diversos componentes de la community nos salían al paso: la iglesia de St. Bartholomew (presbiteriana, conducida por el Father Clooney), el centro cultural (molestos por haber sido desalojados de sus locales dilectos en favor de la Escuela de Danza), el estudio del pintor, el salón de belleza, y ya en la avenida comercial de Beechwood la librería (donde encontramos a Silvia, que atiende en la cocina de 42, Fine foods), la sucursal bancaria (Adam, su director, hombre corpulento y amable que estuvo en Benidorm el pasado año para asistir al campeonato mundial de kickboxing), la residencia de mayores, el gimnasio donde el pilates, etc. Luego, en Sushi Me, pescado crudo y honesto; (de postre, una insospechada tarta de queso de té verde). Volvemos por la parte del río, donde los perros rozagan, como nosotros, sin collar. Ayudamos a un señora a recuperar un guante. Algunos corredores bien abrigados nos llevan a las consabidas consideraciones sobre la necesidad de hacer deporte, etc. A estas alturas del paseo ya me siento plenamente instalado en una novela de costumbres del siglo XIX. Comprobamos como el implacable hielo ya muerde las márgenes del río. Sus aguas transcurriendo tranquilas me hacen pensar en el paso del tiempo (es la metáfora más vieja del mundo, y nunca pasa). Pronto será una vasta vidriera. No ha nevado en unos días y el parque tiene el color de una tórtola. Y arriba el cielo alto y azul, en bastidor, como el cielo de mi ciudad. El sol brilla pero no calienta (es un sol débil, como si estuviera bajo de baterías, tal y como lo describió Nacho hace unos días). Sobrepasamos nuestra calle y nos llegamos hasta la esclusa, donde del Rideau vuelca su cauce en el Ottawa. Cuando llegamos a casa, alegres por el frío, el día ya está hecho.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Ottawa, capital

La ciudad de Ottawa surgió como resultado de la planificación militar británica tras la Guerra de 1812. Considerando que la ruta que proporcionaba el río de San Lorenzo era vulnerable a una nueva invasión estadounidense, el alto mando británico decidió construir un canal que uniera el lago Ontario con el río Ottawa, abriendo así una nueva vía de comunicación y de suministro de armas hacia el interior del inmenso hinterland. Los ingenieros, mineros y zapadores reales encargados de la construcción fueron así los fundadores del primer asentamiento urbano -el llamado bytown- en la margen izquierda del río, donde hoy muere el Rideau Canal, por el que remontan los turistas y patinan los vecinos cuando se hiela. Más tarde, en 1857, su posición estratégicamente segura y su relativa neutralidad lingüística (frente a las marcadas Montreal o Toronto) convencieron a la Reina Victoria de que la discreta y anodina Ottawa era la ciudad propicia para alzarse con la dignidad de capital de Canadá. De este modo, las necesidades de la guerra con Estados Unidos y de la paz interna entre francófonos y anglos hicieron de Ottawa la capital federal, como el benjamín que hereda el patrimonio ante la sospecha realista de que sus orgullosos hermanos malbaratarían la herencia con sus peleas y resquemores.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ottawa, ciudad

Vista en un mapa la ciudad de Ottawa se parece al huevo que ha roto mal y cuya yema sin cuajar se dilata por el centro de la sartén ante la impotencia del soltero que no ha aprendido la técnica del huevo frito. Quiero decir que Ottawa no tiene un centro reconocible, ese intrincado dédalo de callejas que los europeos buscamos al llegar a una nueva ciudad, crecido orgánicamente alrededor de la iglesia y el ayuntamiento. Paseando por una de estas ciudades americanas -con las probables excepciones de Nueva York, Chicago o San Francisco- a los europeos viejos nos entra una angustia terrible de no ver el campanario asomar por ningún sitio. La fisonomía estándar de la ciudad anglo nos desconcierta, porque, a nuestros ojos, no tiene aspecto de ciudad. Ottawa no es distinta. A medio camino entre el poblachón y la metrópoli, se proyecta como una mancha de aceite deshaciéndose en varias islas suburbiales, conectadas por autovías. Como si Madrid fuera un racimo de Majadahondas y Pozuelos. Se parece, supongo, a la capital administrativa de un Estado desconocido de Estados Unidos (yo nunca he estado en Wichita, Tulsa o Minneapolis, pero me las imagino así). Pensemos también que la municipalidad de Ottawa se extiende por una superficie de 2.780 Km2, lo que significa que es unas veinticinco veces más grande que Barcelona (unas cinco veces más grande de Madrid) y que alberga menos de un millón de habitantes censados, la mitad por tanto que Barcelona (y apenas un cuarto que Madrid). La bajísima densidad de población se está revelando como un lujo al que no cuesta acostumbrarse. No hay tráfico; el coche se desliza con suavidad de punto en punto; al llegar al destino, no hay problema para aparcar en frente de la tienda en cuestión, o en el aparcamiento en superficie del que muchas disponen. Casi nunca hay que hacer cola para nada. La vida se condensa algo más en el llamado Market, el hipotético centro de la ciudad. Allí hay tiendas notables, pero no más de una, o dos, por género. Nacho me asegura que la ciudad crece silenciosa por dentro. 'Mis antecesores no se creen que ahora haya hasta diez restaurantes donde comer más o menos bien'. Desde ciertas perspectivas asoma alguna mole hormigonera inhóspita a la vista (aunque estas torres son llamadas 'condos' no se distinguen en nada de una buena 'colmena' soviética a las afuera de Kiev) Desde otros miradores la ciudad es mucho más acogedora, con sus mejores edificios construidos en ladrillo caldera o piedra caliza. La postal la regala la confluencia del río y el canal, allí donde se alza la colina del Parlamento, construcción neogótica sobresaliente. A pesar de la considerable presencia de circunvalaciones, rondas y emetreintas, el terreno es tan vasto que da para albergar extensos parques y jardines. Un árbol para cada casa, una ardilla para cada árbol. 'Esta bien esta ciudad', le digo a M. 'Esta bien, pero no es una ciudad' responde. Un lugar, en todo caso, donde se puede ser feliz.