Nos acercamos, con los nuevos compañeros de M, a ver Proud, una obra de teatro que estrenan en Ottawa. De antemano sólo sabíamos que era una sátira sobre Stephen Harper, el Primer Ministro canadiense. Como creo que ya he dicho en estos diarios, muchos liberales de la capital tienen la ilusión de estar viviendo, por fin, en un régimen fascista. Es la variante política de la nostalgie de la boue, comprensible en un país ayuno de emociones fuertes como es Canadá. Con ese prejuicio iba yo al teatro, esperando ver algo grosero. En absoluto. Proud es casi un homenaje. El autor, que intuyo a la izquierda, hace lo contrario que tantos izquierdistas infantiles: sospecha que el conservador es una buena persona, con buenas intenciones, e intenta explicarse, con gran inteligencia y sentido del humor, su personalidad, su doctrina, sus manías y los medios que despliega en su quehacer político, desde el convencimiento de que también Harper, a quien no vota, quiere el bien común. Queda el retrato de un hombre conservador, íntegro y chalado, que hace frente a las mismas contradicciones, miserias y delirios que el resto. Es posible que Harper sea, al cabo, bastante peor persona que lo que obra supone, pero prefiero con mucho ese desfase al contrario: suponer que nuestros rivales políticos son monstruos morales que anhelan el mal y la destrucción de todo lo justo. Qué gran país es este en el que el insulto político se convierte en una suave, afectuosa, bien humorada broma entre amigos.
Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?
Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire
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sábado, 21 de septiembre de 2013
sábado, 17 de agosto de 2013
domingo, 16 de junio de 2013
Take this waltz
Ayer vimos Take this waltz, la última de la Polley, con la encantadora Michelle Williams en el papel protagonista. Buena. Muy buena. Trata de un asunto que siempre me ha interesado, y que podríamos llamar el caso de la heroína doblemente enamorada. Es el tema de una de mis películas favoritas, Brief encounter, de David Lean, y en cierto sentido, también de Lost in translation. Ella, felizmente casada, conoce a alguien por quien se siente irresistiblemente atraída; no es meramente sexual, es también la promesa de una afinidad de espíritu, de un amor total que colma las expectativas siempre insatisfechas de la vida. Sin por supuesto, dejar de amar al marido. Porque esa es la faena: constatar que el amor sincero y maduro hacia alguien no extingue el deseo sexual hacia otro, y lo que es peor, que se puede amar a dos personas a la vez (y no estar loco). Naturalmente, el tema de fondo es la responsabilidad y los riesgos de intentar cerrar la brecha que todos llevamos en el alma. En la película aparece un Toronto juvenil y desastrado, casi cutre, muy apetecible. Y qué decir de esta crítica totalmente desencaminada de Peter Bradshaw en The Guardian: dice que el trío protagonista le parece soso, abotargado y medio estúpido. No se ha enterado de que los personajes son canadienses, la película sucede en Canadá y está escrita por una cineasta de Toronto. Y todo ese abotargamiento que les atribuye no es más que la educada tristeza en la que flotan los canadienses.
lunes, 1 de abril de 2013
La democracia en Canadá (I)
De tanto en tanto M y yo nos dejamos caer por Wakefield, Quebec. Creo que ya ha salido en estas notas. Es un pueblecito junto al río Gatineau que creció al arrimo de un molino de agua. Lo cierto es que no está a la altura de su reputación de pueblo de vida bohemia y facha pintoresca. Empezando, claro, por que no hay tal pueblo. El núcleo lo forman dos docenas de casas de madera encaradas al río, un par de iglesias, tres o cuatro albergues y cuatro buhoneros. Se supone que es un hub de mochileros y senderistas, a quienes no he visto nunca. Pero tiene al menos tres puntos de interés que merece la pena conocer. El primero, un bonito puente cubierto de madera, pintado de rojo. El segundo, el antiguo molino, hoy un hotelito relais donde sirven el mejor brunch de la zona. Por último, su cementerio en lo alto de un promontorio, aislado y apacible, cubierto de nieve o de verde según la estación. Es uno de los lugares más bellos de este país. Nos lo descubrió el añorado Embajador Mirapeix, que venía a menudo. Quizá para chafardear con un colega ilustre, allí enterrado: el diplomático Lester B. Pearson, que fue Primer Ministro de Canadá y premio Nobel de la Paz. (Me hace pensar, dicho sea de paso, en ese otro camposanto en Luarca, también de pueblo, también en altura, también cerca del agua, y también con premio Nobel, Severo Ochoa). Pearson fue un gran tipo. Su gobierno introdujo la sanidad pública universal, el sistema de pensiones, la bandera y los fundamentos del bilingüismo en el nivel federal (Pearson sólo hablaba inglés y se prometió ser el último Primer Ministro monolingüe de Canadá). Se negó a participar en la guerra en Vietnam (para gran enfado de Lyndon B. Johnson, quien al parecer llegó a amedrentarle cogiéndole de las solapas), mandó de vuelta a París a Charles De Gaulle cuando de manera lamentable —y mira que soy fan de De Gaulle— clamó por un Quebec Libre en el transcurso de un viaje oficial, y co-optó con una intuición admirable a Trudeau para el Partido Liberal. Casi nada. Pero el Premio Nobel ya lo había ganado antes, en su etapa como Ministro de Asuntos Exteriores de Canadá. En 1957 fue a él a quien se le ocurrió la creación de la UNEF, la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas, la misión de paz de la ONU que recondujo el memorable fiasco de Suez. Gracias a él, Canadá se quedó con la patente de los cascos azules y un nuevo papel en el mundo: el de Estado benéfico y responsable, sin ambiciones imperiales, en quien confiar, el adalid del multilteralismo. Lo contrario que Estados Unidos, que un Leviatán cuidado que muerdo. El tratado contra las minas antipersonales y la doctrina de la Responsabilidad de Proteger fueron cocinados en Ottawa por diplomáticos y políticos canadienses. Durante la segunda mitad del siglo pasado y primera década del presente, Canadá fue el más antimilitarista de los miembros de la OTAN. La mantequilla se comía el presupuesto—había un sistema de bienestar que mantener— y los sucesivos gobiernos dejaba que los cañones se volvieran obsoletos. Con el gobierno de Chrétian el gasto militar bajó al 1% del PIB, en el puesto décimo séptimo dentro de la Alianza, un poco por encima de Luxemburgo. Lo justo para que no echaran a Canadá de la OTAN, donde ocupaba el puesto de consejero aúlico y voz de la conciencia. La situación se volvió embarazosa. John Manley, Ministro de Exteriores de la época, se quejaba: 'No puedes sentarte en la mesa del G-8 y cuando llega la factura irte al cuarto de baño'. Todo eso se acabó en 2006 con la llegada al gobierno del Partido Conservador de Stephen Harper. Canadá, otrora caballero andante, es ahora un temido halcón de la escena internacional. Qué multilateralismo ni qué niño muerto. Realismo, intereses y negociación bilateral. A tope con Israel, con razón o sin ella. Fuera de Kyoto, más recursos para el ejército, pocas bromas en la ONU, que es una organización corrupta, y ayudar en serio en Afganistán. Es un giro tan abrupto que los diplomáticos canadienses, todos ellos orgullosos del legado de Pearson, no saben dónde meterse. En la paz de Wakefield, el Nobel, cuya tumba está junto a la de sus dos colaboradores y amigos Hume Wrong y Norman Robertson (qué bello es que te entierren con tus amigos) no sabe lo que pasa ni lo que ocurre. Y es dudoso que nada vuelva a ser lo que era.
Lester B. Pearson, Caballero andante.
sábado, 9 de marzo de 2013
Cardenal
Un canadiense podría ser el próximo Papa. Se llama Marc Ouellet, es arzobispo de Quebec y su mayor baza es una larga carrera como misionero en Sudamérica. Aunque el tema es seguido con interés no parece que su candidatura suscite gran entusiasmo. De hecho, The Globe and Mail, el periódico anglófono de más prestigio y difusión, le ha dedicado una portada mezquina. Resulta que la pequeña iglesia rural de La Motte, la localidad quebequense donde Ouellet hizo sus votos, ha sido vendida al ayuntamiento ante la deserción de la mayoría de los feligreses. El titular es ¿Can this man [que no ha logrado salvar esta comunidad] lead the Church? Que el primer periódico de Canadá eche por tierra la candidatura de uno de los suyos, poniendo en duda sus méritos, da que pensar. Supongo que será una cicatería protestante. Un día habré de interesarme por cómo funcionan estas rencillas intersectarias. En todo caso, el credo romano es aquí mayoritario: un 46 por 100 de los canadienses se declaran católicos. De ellos, supongo que la mayor parte hará un seguimiento selectivo del catecismo, como en el resto del mundo. La mitad de los católicos está en Quebec. La provincia es una especie de edén perdido para la iglesia. Hasta los pasados años sesenta en Quebec era el clero el que manejaba casi en exclusiva la educación y la sanidad. La revolución tranquila consistió, entre otras cosas, en librarse de la férula eclesial. Ouellet tomó el camino contrario a su generación, incluidos sus familiares, que se dicen agnósticos o ateos. Le he visto por televisión: un hombre bonachón y afectuoso, aunque no parece muy listo. No es un reformista (tampoco es que entienda yo por qué todo el mundo no creyente anda empeñado en pedir reformas a la iglesia) y se le reprochan unas declaraciones contra el aborto en caso de violación. De ser elegido será interesante comprobar si eso supone un rearme de la iglesia en la provincia. Por lo demás, hoy es 9 de marzo. M abre la ventana y escucha los pájaros. ¡Han vuelto, han vuelto! Es un trino débil y huidizo, pero marca el fin de una época. El espeso, profundo, ubicuo silencio de la nieve ha acabado. M está tan contenta que ha abierto la última lata de berberechos. Sería estupendo volver a ver, precisamente estos días, fugado del cónclave, al pájaro cardenal y su pechera roja.
jueves, 7 de marzo de 2013
El coste de la vida en Canadá.
Uno de los asuntos de envergadura que por trabajo he debido seguir es la negociación de un acuerdo de libre comercio entre Canadá y la Unión Europea, el ínclito CETA. Estaba previsto que las negociaciones terminasen en 2011. Ahora tengo la impresión de que el acuerdo no cerrará nunca. En contra de lo que uno pueda pensar, Canadá es una economía protegida, oligopolística e ineficiente. El NAFTA, ya se ha dicho, es un trola. Hay dos aerolíneas, cuatro bancos, dos cadenas de distribución, una droguería-farmacia que se repite en numerosas franquicias. El consumidor paga la cuenta. La protección es bárbara en los sectores lácteo y avícola, parapetados tras una atalaya irreductible. Básicamente, el sistema consiste en ajustar el precio final a la oferta y no a la demanda, lo que recuerda a la PAC de los años ochenta y noventa y sitúa al granjero canadiense en un pedestal equivalente al que se diseñó en Bruselas para el agricultor europeo. El sistema se cierra con una muralla de aranceles. El queso manchego, por poner un ejemplo querido, está sometido a un 366% de gravamen. No se trata únicamente de las dificultades para los productos extranjeros. La producción doméstica también sale por un pico. Debido a su enanismo demográfico Canadá no disfruta de las economías de escala que se podrían suponer a su tamaño continental. Si a la falta de apertura y la ineficiencia del mercado sumamos las propias trabas interprovinciales y el alza general de los precios de los alimentos en todo el mundo, se comprende que esta tarde hayamos pagado una coliflor fresca (por decir algo) a tres dólares y medio, dos tomates plastificados por tres dólares y dos aguacates a cinco dólares. Un filete de ternera, suculentamente hormonado, está entre seis y ocho dólares. Con la gasolina sucede otro tanto. Canadá tiene abundante crudo, pero caro de refinar, y no se trae gasolina americana, más barata. El litro de gasolina si sitúa en un dólar treinta seis céntimos hoy. Un 20% más cara que en USA. En fin, que este país es bastante caro. Otro día más datos.
domingo, 13 de enero de 2013
Breaking news (Ikea monkey)
La parrilla televisiva en Canadá es prácticamente la misma que en Estados Unidos: un millar de canales inútiles, que sólo recorrerlo ocupa una hora. Los programas son de parecido jaez a los españoles, con no pocos formatos calcados, aunque sin esa espantosa proliferación de tertulias de la televisión española. M y yo sólo consumimos series, alguna película y los telediarios de la CBC. La Canadian Broadcasting Corporation es uno de esos toques 'british' que dan lustre al país. Es la cadena pública creada a semejanza de la BBC. Me gusta. Es rigurosa y cuenta con buenos profesionales, con Peter Mansbridge a la cabeza, una especie de Pedro Piqueras local. El problema es que, a veces, en Canadá, escasea el contenido. Parvedad de materia, lo llamaban mis viejos e inolvidados profesores jesuitas. La estructura tipo de un telediario canadiense es como sigue: abre una noticia climática, digamos, un tormentón en Terranova. A veces, no siempre, sigue una noticia parlamentaria, en la que dos señores muy educados intercambian pareceres en la Cámara de los Comunes. De vez en cuando se informa de alguna algarada o manifestación, casi siempre en Quebec. Algo de hockey, sobre todo ahora que vuelve la liga. Y para terminar, un reportaje sobre curiosidades científicas, avances médicos o algún nuevo patrón estadístico alumbrado. Pero lo que nunca falta es una abundante crónica de sucesos, del tipo 'reno se adentra en el downtown de Calgary'. Ayer por ejemplo, una pareja de jubilados habían sido estafados por un falsa compañía de retirada de nieve. Cómo evitarlo. Y hoy —aunque el asunto colea desde hace tiempo— el caso de un mono perdido en el aparcamiento del Ikea de Toronto. Al parecer el pobre animal se escapó de una familia de desaprensivos que lo tenían adoptado y le hacían todo tipo de putadas, como no cambiarle el pañal sino cada tres días. Total, que las autoridades se han quedado con el mono y lo han metido en un zoo (sanctuary, dicen en la tele). La familia está desconsolada y ha entablado un juicio por la custodia del primate, alegando parentesco y encariñamiento inenarrable. Hace meses que el pleito se sigue en los telediarios de máxima audiencia.
El mono se llama Darwin
El mono se llama Darwin
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