Montreal la gris comienza a cobrar el aspecto de una ciudad que nos es familiar. Este fin de semana —en compañía de mis padres, que están de visita—, hemos comprobado cómo ya nos reconocen en algunas tiendas, cómo doblamos ya ciertas esquinas sin titubear, cómo somos atraídos de manera inevitable a los mismos rincones predilectos. Entre ellos, el estupendo L'Express, ya feliz rutina. Está es en la calle St. Denis, simpática y desvencijada, que tendría que ser un bulevar. Y la subida al Montroyal, cuyo belvedere domina el río San Lorenzo y edificios y puentes que antaño fueron los más grandes del Imperio Británico. Esta vez hemos dormido, generosamente financiados por mis padres, en Le St. James, un
ampuloso hotel en el barrio viejo, bueno, aunque
de mucho ringorrango y algo lúgubre. Como tantos otros de la calle St. Jacques cuando era St. James, ocupa el edificio de un antiguo banco. Desde estas manzanas dirigía la economía de Montreal su élite inglesa y protestante (o más exacto, escocesa y presbiteriana) aborrecida, con razón o sin ella, por la mayoría francófona (les négres blancs d'Amérique, alguien dijo). Cuando en 1976 llegó al poder provincial el Parti Quebequois con su proyecto de independencia, los bancos y otras grandes compañías se fueron a Toronto, en mitad de una tormenta de acrimonia que no ha amainado del todo. Las macizas fortalezas del dinero siguen ahí, como colosos en ruinas marcando la presencia pretérita de otros dioses en la ciudad. Es una pena: sólo sumando fuerzas pudo haber resistido Montreal el empuje de Nueva York y Toronto y haberse convertido en la ciudad más portentosa del hemisferio. Hoy es más una Jerusalén lingüística, desertada y en declive. Pero sería injusto echar la decadencia de la villa únicamente en la cuenta del nacionalismo quebequés. La apertura del Sant Laurence Seaway, el canal que permitía embarcar la mercancía en los grandes lagos, y la ausencia de una periferia fuerte con la que comerciar también explican la decadencia. Pero las querellas lingüísiticas no ayudaron. ¿De qué sirve tener una de las mejores universidades del mundo, la McGill, si sus licenciados en inglés no se quedan por una cuestión de letreros? Canadá es un Estado bilingüe pero su sociedad no lo es. Incomprensible. ¿Tan difícil es obligar a que las escuelas del país impartan la enseñanza en las dos lenguas? Al menos es lo que yo querría para un hijo mío. No aprendemos. Y esto vale para Canadá, Bélgica, España y cualquier país con problemas similares.
Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?
Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire
sábado, 26 de mayo de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
Intimidad
En la entrada de ayer anterior mencionaba a algunos de
nuestros conocidos. Fui cauto. A veces tengo la tentación de elaborar un
completo dramatis personae de nuestra
vida en Ottawa. Mis reservas se deben, naturalmente, a la certeza de que,
escribiendo en libertad, rompiendo la férula de la cortesía y el miedo a
ofender, me podría meter en un lío. Además no me gusta ridiculizar a nadie en público. La
alternativa, claro, es privatizar este diario. Pero eso tampoco me gustaría. En
primer lugar, privaría a mis amigos del seguimiento de nuestras aventuras. En
segundo y más importante lugar estas notas, a qué engañarme, están escritas con
vocación de estilo, y coño, si uno se esfuerza, con más o menos acierto, en que
la frase quede bien, pues es para que lo lean. Pero tampoco es la vanidad. Alguna vez he iniciado un diario íntimo. Me aburre. El soliloquio interior me aburre muchísimo. Hablar solo, para qué. En realidad,
pensándolo bien, no se trata de que otros me lean, sino de mantener una
conversación, aunque sea abierta, con el mundo.
Todo esto para disculparme por el probable poco interés de estás notas. Escribir bien es,
hasta cierto punto, escribir lo que te da la gana, sin temor a ofender. Esa es una
barrera psicológica que no conseguido franquear, y eso que se me ocurren todo
tipo de perversidades, que me veo obligado a sublimar en observaciones más o
menos anodinas sobre el tenue cromatismo de la nieve cuando invierno, y mi
lucha sin cuartel contra los dientes de león cuando primavera, reflexiones (tengo, por cierto, una preparada sobre el mundo de las ardillas) que,
no se me escapa, no me vuelan muy alto porque estoy bastante lejos de ser Proust. También
puedo escribir únicamente de la gente que me merece admiración, nunca fui
cicatero en el elogio. Pero el cuadro, sin los imbéciles, que más de una vez son la sal y el
color de la vida, quedaría manco. A todo esto hay que sumar la censura de M, que es doctora prudentissimus y que obliga a veces a someter el texto "a pena de tijera" (Ferlosio). Bueno, esta reflexión sobre la
dialéctica íntimo-público en la escritura da para más, pero lo dejo aquí, que luego dice Rama que no trabajo.
jueves, 24 de mayo de 2012
Outreaching
Con la
llegada del buen tiempo, M y yo hacemos esfuerzos por salir de la dacha y
ampliar el círculo de nuestras relaciones. El otro día fuimos a una fiesta en
casa de un profesor de español, que celebraba con sus alumnos el fin del
periodo de exámenes. Allí conocí a F, un madrileño clásico, de inequívoco
acento cuatrocaminero que conserva tras treinta años en el país. Le pregunté si
le gustaba la ciudad. “No. Yo odio Ottawa desde lo más profundo del ser. De no
ser por los intervalos que he pasado en Montreal no lo habría soportado”.
Apareció luego D, un argentino, también clásico. Dijo: “Ottawa no essss una
siudad. Es una convergensia de municipios sin sentro definido ni sentido aparente”. A L,
una peruana, le pregunté por su ocio de fin de semana: “Nada. Barbacoa. Los
canadienses, cuando no están haciendo deporte, están todo el rato de barbacoa. Un día en
casa de uno, y otro en casa de otro”. Era gente claramente angustiada. M
también ha hecho incursiones en solitario. Con nuestra ayuda se ha organizado
un grupo de conversación en catalán, liderado por R, una chica de Rumanía
que ha vivido en Barcelona. El problema es que R, con buena voluntad y un
excesivo apego a la ortodoxia, insiste en el grupo de conversación está para
conversar únicamente, y no permite otro tipo de actividades digamos,
extracurriculares, como ir a un bar, al cine, o a un museo. Así que M duda
entre tomar las riendas o apartarse un poco, dado que ella no necesita
mejorar su catalán. Ayer, en cambio, sí que hicimos lo que los anglos llaman un “breakthrough”.
A.J nos invitó “a un postre” en su casa. Pensábamos M y yo que nos invitaba a
incorporarnos a una cena a la hora de los postres. Quia. Nos invitó a una cena
que consistía únicamente en un puro postre, un delicioso e hipercalórico pastel griego.
Sin saberlo frustró nuestros recientes planes de dieta, pero un día es un día
nos dijimos. El caso es que A.J, que es todo corazón, quería que trabáramos relación con M y N, una
agradable y cultivada pareja de israelíes de nuestra edad, sin hijos, con los
que pensó, acertadamente, haríamos migas. Tener amigos israelíes, judíos
practicantes, me parece la verdad, mucho más interesante que alternar con gente
de Albacete o de Zaragoza. El gregarismo de los españoles al salir al
extranjero es terrible y desolador. Así que hemos quedado con M y N en ir al sushi joint un día de estos.
domingo, 13 de mayo de 2012
Trabajos vernales
Hoy he plantado semillas, arrancado malas hierbas (mi nuevo y tenaz enemigo diente de león) regado el jardín, rociado con herbicida, abonado y removido la tierra. Que lo haya hecho en el orden correcto es otro cantar.
Cinco horas más tarde: un cesped tierno asoma.
sábado, 12 de mayo de 2012
Pemichangan
Hace poco,
estudiando mi examen de Estética, topé con una frase de Schiller (o de
Schelling) que sostiene algo así como que nuestros sentimientos hacia la
naturaleza son comparables a los de un hombre enfermo hacia su salud perdida.
Me ando con mucho cuidado con afirmaciones como ésta, porque nunca olvido el
lado siniestro de la naturaleza (que es un lago de plata y el virus ébola).
Pero es indudable, en un mundo donde parece que no queda un palmo de tierra
por explotar, ante un paisaje hermoso y virgen, uno siente una especie de
retorno, algo no muy distinto de un principio de sanación. Lo que algunos evolucionistas llaman biofilia. Canadá es el lugar
apropiado para experimentarlo. Hoy, por ejemplo. El Jefe tiene un amigo,
A.J que nos ha invitado a su cottage
en una zona de lagos en Quebec, a una hora larga de Ottawa (los canadienses
tienen sus cottage como los rusos tienen su dacha, y como éstos, sin teléfono ni
electricidad). En barca hemos navegado por cinco lagos, comunicados por
estrechos donde los castores construyen sus presas. Hemos visto uno, nadado a
braza, de lado a lado. Y un ciervo remontar un desnivel de un brinco. Y un pájaro de pechera
azul cuyo nombre inglés he olvidado. Y un pato batir sus alas compulsivamente.
Las orillas, por cierto, parecían elevadas sobre un zócalo negro, como si el
lago hubiera descendido de nivel durante el invierno. Qué va. Resulta que
cuando el lago se hiela, los ciervos saltan a su superficie para comer los
bajos de la vegetación. Es muy curioso, pero es uno de esos momentos en los que
tendría que echar mano de un foto para mostrarlo y no la hice. Luego, tumbado
en la terraza por encima del embarcadero, con la mirada absorta en el lago de
un verde mercurial, tras haber comido un tierno solomillo de reno, sin más
sonido que el ocasional de remos golpeando el agua, una cerveza, bajo un sol
tibio, robinson del bosque, uno puede intentar la sanación. Pero cuesta. No puedo. Estoy y estaré
enfermo de ciudad. Como dijo un día el Gran Peps (él no se acordará) ‘…beatus ille, beatus ille… ¡si hay internet!’
viernes, 11 de mayo de 2012
Oisive jeunese...
Los estudiantes de
Quebec llevan tres meses de huelga revolucionaria. De día no van a clase y de
noche salen en romería. Protestan contra la subida de las tasas universitarias
decretada por el gobierno de la provincia. El incremento es de un 75 por 100,
nada menos, y, de hacerse firme, los alumnos pasarían a abonar unos 3500 $
anuales por sus estudios. Ocurre, sin embargo, que, antes y después de la
medida, los universitarios de Quebec pagan muy poco en comparación con el resto
de estudiantes de Canadá. La mitad que en Ontario o Alberta. También es cierto
que pagan mucho en relación a sus pares europeos. Por su parte, el gobierno
dice que, sin nuevos ingresos, la universidad amenaza ruina. (Nota: En Canadá
no hay universidades privadas). El asunto ha dividido a la opinión pública del
país entre los que defienden a los estudiantes (ellos mismos, un 30 por 100
del total, y unos pocos intelectuales) y quienes los tachan de niños malcriados
(el resto de la población, incluidos los universitarios de otras provincias). Al
contrario que en mayo del 68, los sindicatos obreros han pasado de la movida.
Los estudiantes están bastante solos, la verdad. No ayuda a la causa, claro,
que una minoría descerebrada se dedique desde hace semanas a romper escaparates,
quemar coches, lanzar bombas de humo en el metro e impedir el acceso normal a
clase. En honor a la verdad, conviene saber que la sociedad quebequesa era
prácticamente subdesarrollada hace sesenta años: de ahí que perder la cuasi
gratuidad de la que vienen les suponga un trauma considerable.
El caso es que, estando a favor de una universidad pública de calidad y accesible a todos los bolsillos, no consigo que me caigan bien los manifestantes. El líder la revuelta es un tal Gabriel Nadeau Dubois, un jovencito repelente con ganas de hacer carrera; se le ve el plumero Cohn Bendit a la milla. Dice cosas como 'Je n'ai pas le pouvoir de dénoncer la violence'. El filisteísmo es fatal, absoluto. Dicen que lo suyo es como lo que sucede en Siria. Toma ya.
El caso es que, estando a favor de una universidad pública de calidad y accesible a todos los bolsillos, no consigo que me caigan bien los manifestantes. El líder la revuelta es un tal Gabriel Nadeau Dubois, un jovencito repelente con ganas de hacer carrera; se le ve el plumero Cohn Bendit a la milla. Dice cosas como 'Je n'ai pas le pouvoir de dénoncer la violence'. El filisteísmo es fatal, absoluto. Dicen que lo suyo es como lo que sucede en Siria. Toma ya.
Pienso en los inconvenientes de la juventud. Los inconvenientes intelectuales. De jóvenes somos incapaces de
hacernos cargo de la complejidad del mundo, de la necesidad del pacto. Todo es
así o asá, y cualquier penalidad la imputamos al fantasma en boga, en
este caso el llamado neoliberalismo. Abrimos la boca y es para decir que estamos oprimidos como en Libia. (Siempre hay, claro está, quien nunca sale
de este estado de minoría mental). Modestia aparte, estoy satisfecho de haber
superado la febrícula ideológica pronto en mi vida, que es aprender la
moderación (todos mis excesos fueron sentimentales, en ese campo sí que hice el
ridículo con avaricia, pero por amor se puede hacer el ridículo, pienso yo). Y
no haber sido estúpidamente de izquierdas cuando mozo es una relativa garantía
de no ser estúpidamente de derechas más tarde. En definitiva: La moderación es
ya la virtud que más aprecio, y no la veo por ningún sitio en estos garibaldis de
Montreal.
Creo que a la larga
lo único que echaré de menos de la juventud será el esplendor físico que le es
propio, que en mi caso nunca fue gran cosa. Y también, puede, los ridículos amatorios.
Pero eso será la memoria, engañándome.
Como siempre, al
releerme, me viene la reserva. ¿Y si ya no soy capaz de reconocer una causa
justa cuando la tengo delante de mis narices? ¿Y si yo también estuviera, al
cabo, pidiendo que les traigan brioche
a estos pobres chicos?
Ya lo decía Supertramp.
Lo dejo aquí.
Ya lo decía Supertramp.
Lo dejo aquí.
jueves, 10 de mayo de 2012
Para casar he venido
Hoy un acontecimiento importante: revestido de los poderes numinosos del Estado he casado a una pareja. Sobre la sobria lectura de los artículos del código civil, la ley manda pronunciar unas palabras adecuadas a la solemnidad de la ocasión. Así que he disertado, tratando de hacerlo con ligereza y gracia, pero sin parecer frívolo, de las ventajas que trae el matrimonio. Suele poner final, he dicho, a un periodo de ofuscación, incertidumbre, afanes atropellados y pesares inútiles... en fin, eso que se llama juventud. Permite centrarse en el resto de graves asuntos que conforman el oficio de vivir. En el caso del macho (aquí me dirigía al novio), es increíble la cantidad de espacio que libera en el cerebro. Uno deja de pensar en todas las mujeres para dedicarse en exclusiva a una. De modo que, contra lo que se pueda pensar, el matrimonio es una liberación. Con ese excedente cerebral se pueden hacer cosas magníficas y en eso estamos. También he leído un poema de los novios. Parece que la cosa ha caído bien, y la pareja me ha agradecido todo efusivamente. Luego, pensándolo, me he percatado de no haber pronunciado la palabra amor. Bien. Para un contrato lo mejor es no despertar palabras misteriosas. Me parece meditable la dialéctica entre matrimonio civil y religioso. La gente suele rehuir este último por una cierta lejanía de la Iglesia, pero lo cierto es que en la más sobria ceremonia laica el sentimiento religioso se entrevera de todas formas. El matrimonio civil es un apretón de manos y todos sabemos cuán indigentes pueden ser éstos. De ahí que lo envolvamos todo con más palabras de las necesarias, con conjuros. Particularmente, me gusta pensar en el matrimonio como un vínculo sagrado, porque algo sagrado tiene que haber en nuestras vida. Sagrado no significa necesariamente celestial. De todas maneras, no ignoro la grandeza de quien decide caminar por la vida sin muletas divinas.
martes, 8 de mayo de 2012
Mahler me hace sangrar por la nariz
La abundante presencia de viejecitos en la sala de conciertos del NAC (National Arts Centre) legitima mi sospecha de que Ottawa es la mayor residencia de ancianos del mundo ¡Si hasta han pedido por megafonía que, además de apagar los móviles, se ajustara el volumen de los sonotones para no crear interferencias! A lo mejor por eso se ha dormido la mitad, porque no oían nada. Por mi parte, me ha empezado a sangrar la nariz nada más sonar los primeros compases. Sería un chiste sencillo atribuirlo a las ruidosas cacofonías de la décima sinfonía de Mahler. Al contrario, el primer movimiento me ha parecido magnífico, con esa famosa disonancia de ocho notas, que para los exégetas es una especie de berrido del compositor a su mujer Alma, harto de los cuernos que ésta le ponía con el arquitecto Gropius. (Comenté la vida de los Mahler un rato antes con M, quien, cómo no, ha encontrado disculpable de adulterio de ella, porque él le hacía poco caso: tomo nota). A M también le ha gustado la pieza, pero, teniendo un oído más distinguido que el mío, y en consecuencia, más exigente, ha juzgado la orquesta mediocre, una fanfarria incapaz de transmitir emoción. Hasta ha criticado el frac barato -lo era- del director, el Maestro David Currie, hombre simpático que me fue presentado hace poco. Lo cierto es que aquello no sonaba todo lo poderoso que se espera de Mahler. Ha concedido que quizá era un problema de la acústica del teatro. Nosotros seguiremos yendo al NAC, que es lo que hay. Dentro de poco, Shakespeare. Maestro Currie me ha comentado que la próxima temporada abre con un concierto de música española: Falla, Rodrigo... y Ravel. Música inevitable, pero eficaz. No nos vamos a poner exquisitos. Gustará, siempre que encuentren la manera de que los sonotones y los instrumentos no se anulen mutuamente.
domingo, 6 de mayo de 2012
Un buen día
Las malas hierbas crecieron y se multiplicaron. El diplomático español pasó toda la mañana extirpándolas, con la paciencia metódica de un inquisidor. Como éste, dispone de refinados instrumentos de tortura que su mujer le va sacando del cobertizo, y no le importa llevarse unas cuantas hierbas inocentes por delante. Su mujer se ha puesto delantal, gorro de paja y guantes de jardinera. Limpia el cuarto donde los dueños de su casa alquilada han dejado las herramientas de jardinería, sin mucha consideración, hecho una pocilga. Es un trabajo ímprobo, pero se la ve feliz. Van apareciendo trastos que uno oscila entre pensar que están rotos y que no sabe usarlos. Más probable lo segundo. Al diplomático le viene a la cabeza una frase de Cicerón: "Si cerca de tu biblioteca hay un jardín lo tienes todo". Como tiene ambas cosas, no tiene excusa para no serlo (feliz). Además tiene una mujer a la que adora y conexión a Internet. La pera, vaya. Así que la felicidad debiera dar paso al éxtasis. Como no tiene práctica, su satisfacción es moderada. Un poquito de angustia le sube por dentro. No sabe a qué atribuirla. El trabajo manual es agradable para quien no lo practica asiduamente. Las cosas tienen sentido, el mundo es táctil ¿La primavera? Algunos inconvenientes, como las moscas dando por saco por la casa. Después, comen sardinas a la brasa y pan con tomate. Salen a probar sus bicis nuevas. Se echa una siesta. Ve a su mujer de nuevo, trabajando en el jardín, rociando con semillas las partes donde la sal que se echó para fundir la nieve esterilizó la tierra. Da gracias por estar a su lado.
jueves, 3 de mayo de 2012
Historia de Canada II
A partir de 1760, año en que sus dos mitades quedaron uncidas, la historia de Canadá es la de una lenta y gradual independencia de Reino Unido. Tan lenta y tan sabiamente administrada que no podemos, en rigor, pensar que haya concluido. Ahí está la crisálida de la monarquía, que, como una astuta oruga, tejió el genio político británico para todas sus colonias (o casi todas). Ayer mismo se anunció el nuevo billete de 20 dólares, en el que luce sonriente la reina Isabel II presumiendo de sus sesenta años de reinado.
Nos habíamos quedado en que Canadá era la respetable porción de territorio, al Norte y fresquito, que Reino Unido no perdió en la guerra de 1775-1783 contra las 13 colonias. Los mismos antagonistas añadieron una coda a su enfrentamiento: la guerra de 1812, un conflicto que hoy yace semiolvidado en la penumbra del vasto drama napoleónico. La guerra fue declarada por Estados Unidos, al que irritaban los secuestros de sus barcos con destino a puertos franceses y sobre todo, el respaldo británico a las belicosas tribus indias del Noroeste. (En realidad, y aunque la acuñación es posterior, los americanos ya andaban convencidos de que su destino manifiesto era enseñorearse de todo el continente, como no tardarían en aprender los pobres mexicanos). De modo que Madison se lo tomó como una segunda guerra de la independencia: liberaría el trozo de Norteamérica que seguía en manos del Rey Jorge. Parecía fácil: siete millones y medio de americanos contra medio millón de colonos dependientes de una isla ocupada en una guerra internacional al otro lado del Atlántico. Pues perdieron, los americanos, haciendo gala de una escandalosa incompetencia militar. Sin entrar en el detalle, en lugar de cortar la vía de suministro del río San Lorenzo y ganar Montreal, a cincuenta kilómetros de la frontera, se obcecaron en penetrar por los grandes lagos, donde el apoyo indígena a los británicos era mayor. Sus generales fueron torpes y cobardes, y los británicos hábiles y eficientes, asistidos por su marina. Total: Tras dos años de guerra para nada todo se quedó más o menos como estaba y Canadá se ganó su lugar bajo el sol. Desde entonces, nunca más ha sido invadida por nadie.
Tras la guerra hubo en el interior de la colonia, en 1837, unas revueltas liberales de baja intensidad, una copia descolorida de lo que estaba ocurriendo en Europa tras el Convenio de Viena. (Sus líderes Mackencie y Papineau dieron luego nombre al batallón canadiense que se integró en las brigadas internacionales durante nuestra última guerra civil).
Mientras tanto, los sucesivos gobernadores británicos constataron que anglos y francos se profesaban un odio considerable. El gobierno de la colonia era pesadísimo. En 1838 llegó a Canadá un nuevo Gobernador General, Lord Durham, que vio lo que había y escribió un informe, el famoso Report on the Affairs of the British North America. La cita más importante es esta: "I found
two nations warring in the bosom of a single state: I found a struggle,
not of principles, but of races; and I perceived that it would be idle
to attempt any amelioration of laws or institutions until we could first
succeed in terminating the deadly animosity that now separates the
inhabitants of Lower Canada into the hostile divisions of French and
English". Como buen británico displicente, en el informe decía unas cuantas tonterías racistas sobre los canadienses de lengua francesa, para los que proponía la pura y dura asimilación. Pero Durham acertaba de pleno en algo: la necesidad de dejar el gobierno interior de la provincia en manos de los colonos; siempre que la política exterior y la defensa estuvieran en manos británicas, el vínculo colonial permanecía intacto. Sólo podemos admirar este alarde de inteligencia y realismo político, no tan obvio en la época como nos puede parecer ahora. El Parlamento británico hizo caso -otro interesante signo de distinción, el de hacer caso a los expertos- y en 1840 promulgó la Union Act, que creaba la Provincia de Canada, dividida en dos regiones, Upper y Lower, paritariamente representadas en una Asamblea única. Canadá empieza a tomar forma.
Y vale por hoy.
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