Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

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domingo, 10 de marzo de 2013

Caramelo

A la entrada de la primavera, cuando la nieve empieza a fundirse, las ollas comienzan a hervir en las granjas de sirope. La mayoría de estas también llamadas casas del azúcar (cabanes à sucre, sugar shacks) se concentran en Quebec, que es el mayor productor de jarabe de arce del mundo. La provincia fabrica una cantidad tan loca, tan absurda, que los productores deben concertarse para restringir la oferta y no arruinarse inundando el mercado. Parte el bacalao la golosa Fédération de Producteurs Acéricoles de Québec, un cartel que en nada se distingue de la OPEP salvo en que su producto sabe mucho mejor. Si un granjero, llevado por su glotonería, vende por encima de la cuota asignada, puede contar con ser castigado por la Federación, que es la encargada de atesorar el excedente. En algún lugar de la provincia hay almacenados 20 millones de kilos de esta ambrosía rica, dicen, en potasio, manganesio, calcio y zinc. Pregunté a Chris por qué no producen menos. 'No pueden arriesgarse. La cosecha sólo dura seis semanas entre marzo y abril y les sale tan barata que no se lo plantean'. Y tanto que cuesta poco. Hoy, en una granja cercana a Ottawa, hemos visto cómo se hace. Se coge un arce de no menos de treinta años, se le clava un pitorro, de éste se cuelga un cubo que se tapa, y se espera junto al hogar a que el árbol segregue sus lagrimitas de caramelo. Uno puede mojar los dedos en la savia dentro del cubo. Es como un agua dulce. Luego se cuece para que se evapore la savia. A 40º se extrae el sirope; a temperaturas superiores, mantequilla, tofe y azúcar. Durante la cosecha las cabañas están abiertas al público dulcero e infantil. Primero te sientan y te dan tortitas untadas con el famoso sirope, que es menos denso que el almíbar, más consistente que un jarabe, más oscuro que el ámbar, más claro que una cerveza tostada; es como un oro horneado que sabe dulce como la miel pero menos empalagoso. En el exterior hay una barra donde se extienden unas tiritas de tofe en la nieve. Con una varilla de madera las enrollas y te queda un chupachups que está de muerte. Aquí es donde se concentran los niños. Porque estas chozas vienen a ser como granjas de Willy Wonka, deliciosas disneylandias con fondo de violines tras las cuales la Federación enmascara sus pérfidas prácticas colusorias. Ah, jarabe de arce, néctar de Lucifer, tú eres el milagro de la primavera que estábamos esperando. 





jueves, 7 de marzo de 2013

El coste de la vida en Canadá.

Uno de los asuntos de envergadura que por trabajo he debido seguir es la negociación de un acuerdo de libre comercio entre Canadá y la Unión Europea, el ínclito CETA. Estaba previsto que las negociaciones terminasen en 2011. Ahora tengo la impresión de que el acuerdo no cerrará nunca. En contra de lo que uno pueda pensar, Canadá es una economía protegida, oligopolística e ineficiente. El NAFTA, ya se ha dicho, es un trola. Hay dos aerolíneas, cuatro bancos, dos cadenas de distribución, una droguería-farmacia que se repite en numerosas franquicias. El consumidor paga la cuenta. La protección es bárbara en los sectores lácteo y avícola, parapetados tras una atalaya irreductible. Básicamente, el sistema consiste en ajustar el precio final a la oferta y no a la demanda, lo que recuerda a la PAC de los años ochenta y noventa y sitúa al granjero canadiense en un pedestal equivalente al que se diseñó en Bruselas para el agricultor europeo. El sistema se cierra con una muralla de aranceles. El queso manchego, por poner un ejemplo querido, está sometido a un 366% de gravamen. No se trata únicamente de las dificultades para los productos extranjeros. La producción doméstica también sale por un pico. Debido a su enanismo demográfico Canadá no disfruta de las economías de escala que se podrían suponer a su tamaño continental. Si a la falta de apertura y la ineficiencia del mercado sumamos las propias trabas interprovinciales y el alza general de los precios de los alimentos en todo el mundo, se comprende que esta tarde hayamos pagado una coliflor fresca (por decir algo) a tres dólares y medio, dos tomates plastificados por tres dólares y dos aguacates a cinco dólares. Un filete de ternera, suculentamente hormonado, está entre seis y ocho dólares. Con la gasolina sucede otro tanto. Canadá tiene abundante crudo, pero caro de refinar, y no se trae gasolina americana, más barata. El litro de gasolina si sitúa en un dólar treinta seis céntimos hoy. Un 20% más cara que en USA. En fin, que este país es bastante caro. Otro día más datos.

martes, 9 de octubre de 2012

Al lago (VI)



Sprawl es una palabra clave para entender la ciudad norteamericanocanadiense. En la literatura se traduce por dispersión urbana o crecimiento por derrame. El sprawl son, para entendernos, las miles de casitas, más o menos arracimadas en distópicos barrios residenciales, que se extienden como una mancha de aceite alrededor de un conjetural centro urbano o downtown. El sprawl es lo que borra cualquier posible parecido entre una ciudad americana y una ciudad europea, o lo que la mente de un europeo entiende por ciudad. Cabe señalar que también en Europa se dan urbanizaciones, cada vez más alejadas, de los viejos entramados históricos. Siendo esto cierto, la fisonomía de ambos tipos de ciudad siguen siendo muy distinta por dos razones: porque la densidad en la urbe europea es mucho mayor en su foco de dispersión, y porque en Europa, mucho más pronto que tarde, hasta el más glotón de los promotores inmobiliarios topa con un pueblo o ciudad vecina, que se erige en nuevo núcleo de la trama. En Estados Unidos y en Canadá, el sprawl es infinito, como una clara de huevo que no terminase nunca, desbordase la sartén, y creciese por las baldosas de la cocina. Parodiando a Borges, podríamos decir: El universo (que otros llaman el Sprawl) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de suburbs poligonales, con amplias superficies comerciales en el medio, cercados por autopistas, etc. Pues bien, el sprawl de Calgary es puramente bestial. Una monotonía de casitas de monopoly, desplegada en obediente cuadrícula. En una de esas casitas prefabricadas viven David y Sandra. Llegamos puntuales para la cena de acción de gracias a la que amablemente hemos sido invitados. Aquí conviene una digresión: Thanksgiving forma parte de una serie de temas que se viven con gran pasión en Estados Unidos y que encuentran una débil variación en Canadá. Pocos saben, por ejemplo, que en hay en esta país una liga de football (no confundir con fútbol europeo, aquí soccer), cuasi inerte la verdad, con reglas algo distintas de las del testosterónico y wagneriano american football. Así, también en Canadá se celebra thanksgiving, pero siguiendo esa costumbre de cambiar algún detalle para despistar a los yanquis, las familias se citan un lunes de octubre, y no un jueves de noviembre, para conmemorar, no una merienda con indios, sino una cosecha exitosa. Llegamos puntualmente, he dicho, en nuestro taxi, raudo corcel de los suburbios. Puntuales quiere decir a las cuatro y media, que es a la hora que nos han citado. A las cuatro y media para cenar, amigos españoles. Dave nos recibe sonriente y descalzo. Que te reciban con los pies es algo a lo que mi sensibilidad todavía ni termina de hacerse, pero todo se andará. El salón está todo pintada de granate, con muebles a juego. 'Acabamos de redecorar. Lo hacemos cada tanto. Ya hemos probado muchos estilos'. Sólo cuatro libros a la vista, en una repisa de la pared. Está la hija, gordita y simpática. También descalza. Bueno. Nos sentamos, bebemos el Ribera que hemos encontrado en una licorería, y, contra las expectativas de M, y las mías, la conversación fluye sin dificultad. Chelsea, la hija, ha encontrado su primer trabajo, en una compañía que se dedica a la construcción de oleoductos. Tiene veintidós años y busca un piso para mudarse con su novio. Su principal afición estos años ha sido tocar la trompeta en la banda que ameniza las fiestas de la ciudad, la celebérrima Stampede, que el mayor espectáculo de rodeo del mundo y de la galaxia probablemente. La víspera, le había pedido a Sandra que me recomendara un libro sobre Alberta, sin que a ella se le ocurriera ninguno. Hoy me dice: 'Al parecer hay uno muy bueno, su título es Mavericks. Explica nuestro carácter aventurero y emprendedor, que nos hace distintos en Canadá. Somos la provincia a la que el resto le encanta odiar, sabes'. Pasamos a la mesa. A petición de Chelsea, el plato principal es jamón dulce, no pavo. De acompañamiento hay un puré de patata y zanahoria, piña horneada y tarta de calabaza, todo al parecer según los uso del thanksgiving. Hablamos de todo un poco; introduzco la actualidad política, tema desacostumbrado en la familia. En general, reparte estopa para todos. A British Columbia por poner condiciones al paso de su oleoducto hasta el Pacífico; a Ottawa por codiciar una parte del pastel del petróleo; a Quebec por ser unos mantenidos llorones. 'Oh, la cantidad de dinero que hemos invertido en esa provincia' dice Dave, como quien habla de un hijo tonto. Volvemos al saloncito. Piden aclaraciones y noticias sobre España, que con mucho gusto damos. Cuando la cosa empieza a decaer, se ofrecen a llevarnos de vuelta al hotel. Nos regalan unas manoplas. Ha sido todo muy agradable, la verdad. Uno siempre está tentado de condescender hacia este tipo de familia de la Norteamérica profunda, tan ignorante de casi todo, nunca hay que olvidar que su simpatía y hospitalidad son rasgos que los redimen. Creo que estoy siendo condescendiente otra vez. Bueno: Es una existencia mediocre y feliz, repetida miles de veces, una por cada casita. Me caen bien aunque en casa no se pongan nunca zapatos.

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/a/af/Arbor_Lake-Aerial.JPG/320px-Arbor_Lake-Aerial.JPG 

El sprawl de Calgary / Borges

viernes, 31 de agosto de 2012

Cosas raras que suceden en Canadá (I)

Como hoy recibimos, M me manda por tourtieres a Jakobson, que es el colmado donde venden los comestibles buenos y caros. La tourtiere, una suerte de quiche o empanada de hojaldre fino, la hemos descubierto en una salida por la parte de Gatineau, provincia de Quebec. Luego supimos que también se podían adquirir en el mencionado establecimiento. Voy, entro y hurgo en el refrigerador, pero no encuentro las tourtieres más sabrosas, que son las que están rellenas de cordero y de pato; únicamente las hay vegetarianas. Pregunto. La tendera me mira alarmada, y dice, con la boca prieta: 'No no, aquí nunca hemos vendido tourtieres de carne de Quebec, eso está prohibido'. Y yo: '¡Cómo prohibido, estoy seguro de haberlas comprado aquí en el pasado!' Y ella: 'No puede ser señor, no se puede traer carne de Quebec, la ley no lo permite' ¡Acabáramos! ¡Aduanas interiores! ¡Y M y yo de estraperlistas involuntarios, traficando con cárnicos en el maletero! Y es que la vida en Canadá depara alguna que otra sorpresa, y no es la menor apercibirse de la ausencia de un mercado único para todo el país. Un mercado común es una de las tres o cuatro cosas que debe tener un Estado digno de tal nombre. Pues aquí resulta que no, o no del todo, o no para algunos productos. No es sólo la carne. Por ejemplo: Hace poco supe que reglamentos federales y provinciales prohíben el transporte directo de alcohol entre provincias; de manera que si compras una botella de vino en Montreal, no puedes llevarla de vuelta a Ottawa, so pena de multa. Las barreras comerciales tienen como objetivo, como es natural, proteger a los bodegueros de la provincia, así sea la competencia entre canadienses. Aunque tengo observado que nadie respeta el reglamento, porque a ver quien se pone a detener coches y abrir maleteros en los límites provinciales. Es una ridiculez muy comentada por el cuerpo diplomático, a la que ahora hay que sumar, a lo que se ve, la prohibición de trajinar con viandas. Nada grave, pues también aquí el contrabando está a la orden del día. La tendera mira a un lado, ve que estamos solos y me dice: 'Me dice cuántas tourtieres de carne quiere y se las traemos...'. 

Cuando se vive en país ajeno, es un momento de moderada satisfacción descubrir algún absurdo que uno no encontraría en casa. Huelga decir que a los españoles no nos sucede muy a menudo.




sábado, 25 de agosto de 2012

Mr. Pickwick viaja a Merrickville

Siguiendo la margen del río Rideau, por la parte de Ontario, a cincuenta kilómetros de Ottawa, está Merrickville, population 1,027. Es lo que llamaríamos un pueblecito mono, acicalado y algo cursi, como vestido de polisón. Por supuesto, nada que impresione a europeos resabiados como nosotros. Hay tres o cuatro calles, farolas floreadas, dos iglesias de piedra, casitas de madera con veranda, aceras pulidas, colmados de pitiminí y posadas cotorronas. El pueblo se formó al arrimo de la construcción del canal, que lo bordea con sus compuertas. Entre sus habitantes se cuentan acuarelistas, ceramistas, ebanistas y turistas. Hoy estaba especialmente endomingado y bullicioso; tocaba la feria de antigüedades 'and nostalgia'. A propuesta del jefe, hasta allí nos hemos llegado, en plan Mr. Pickwick y cuadrilla. Junto a unos pocos quincalleros había anticuarios con oficio, y si no tuviéramos ya nuestras necesidades de mobiliario bien cubiertas, algo habríamos comprado. Bueno, de hecho algo hemos comprado: unas cajas antiguas de madera para munición y explosivos; he pensado que podría poner ahí los libros más subversivos de la biblioteca. O una planta; quedaría bien. Luego hemos ido a comer a un restaurante algo alejado, en Oxford Mills, de nombre Brigadoon, atiborrado de ancianos. La dueña es fanática de los objetivos decorativos, los estampados de cretona y la Reina Isabel, retratada en múltiples fotos colgadas de las paredes del figón. Pisábamos feudo realista; un sitio puramente british, podría estar en Bath o en el otro Oxford. El jefe y yo nos hemos comido un filetazo de bisón, atlético y sabroso pese a ser de granja, que nos ha dejado satisfechos, e incluso realizados. Junto a nuestra mesa había todo tipo de cachivaches, incluida una postal de un bailaor y bailadora ejecutando no sé qué palo con remite de Sant Feliu de Guixols. Conversación grata. Una buena excursión, en definitiva.



miércoles, 22 de febrero de 2012

Pequeñas diferencias

En este mundo global que nos ha tocado ya sólo caben pequeñas diferencias. Las hay entrañables y las hay odiosas. Entre las primeras se me ocurren, no sé, los ingleses y su conducir por la izquierda o los tres besos en la mejilla de las francesas. Entre las pequeñas diferencias indeseables hay una que me irrita especialmente: que uno no pueda, en el extranjero, pedir un café con leche y que le entiendan. En materia de café los lenguajes son inconmensurables, intraducibles. En los países anglo, como Canadá, el colapso es fatal y absoluto. Como en ellos no hay tradición de café, han importado la tradición italiana, pero bastardeada, mistificada. En Canadá, además de los inevitables y siniestros Starbucks, hay dos establecimientos que son como sus fotocopias borrosas, el pasable Second Cup y el ubicuo y poco recomendable Tim Hortons, que es algo así como el Starbucks del pobre. En los tres ofrecen la misma panoplia torrefacta de cafés, en la que no figuran dos conceptos absolutamente imprescindibles en la vida del español que sigo siendo: el café con leche y el cortao. Según una teoría asentada entre expatriados, lo más parecido a un café con leche es un latte y lo equivalente a un cortao sería un expresso con una dosis (shot) de leche. Pero esto dista de ser cierto. El latte es más leche que café y todos sabemos que un expresso es más amargo que un cortado. Ayer a la tarde estaba en un Second Cup explicando esta tesitura a la camarera. Me aconsejó que probara con una cosa que llaman Brewed White, mitad café mitad leche en un taza tamaño cisterna. Nada. Un aguachirle impotable. Además, está el problema del idioma, enrevesadísimo, propio de estos locales. Esa lengua que Nacho llama, con mucha gracia, starburquese. El otro día me contaba cómo se desarrollan sus diálogos con los empleados del Starbucks (a los que no hay más remedio que ir: Ottawa no es Viena).
'Hola'.
'Hola'.
'Quiero un café con leche'.
'¿Un latte dice?'
'Deme un latte pero que sea un café con leche'.
'¿Qué tamaño?'
'Pequeño'.
'El más pequeño es el tall'
''Pues deme un tall pequeño'.
'¿Desea añadir algún sabor especial?'.
'Deseo añadir sabor café'.
Y en ese plan. Lo del tamaño tiene su intríngulis. He fatigado (copyright Borges) los Diccionarios Oxford, Webster y Thesaurus y la palabra tall no tiene ninguna acepción en el sentido de pequeño. Más bien, lo contrario, como todos sospechamos. Al asunto del tamaño yo añadiría el de la leche, servida a temperatura infernal, incendiaria. Si la pido tibia (warm) la echan fría, indefectiblemente. Si no digo nada, me quemo los labios y la palma de la mano. Y les encanta la espuma. Mucha espuma siempre. Vaya, que en Canadá uno no puede tomarse un café con leche ni encañonando a la amable chiquilla del Second Cup. Ayer pasó a mi lado y me preguntó '¿Es esto lo que quería?'
'No, pero no se preocupe'.