Adorerai-je aussi ta neige et vos frimas,
Et saurai-je tirer de l'implacable hiver
Des plaisirs plus aigus que la glace et le fer?

Ciel brouillé, Les fleurs du mal, Charles Baudelaire

miércoles, 3 de octubre de 2012

Al lago (I)


Alberta es la tabla rasa de Norteamérica. La mayoría acaba de llegar, y pocas familias remontan su presencia más allá de dos generaciones. En 1870 el territorio era todavía propiedad de una compañía peletera, la Hudson Bay Company, que tenía la concesión de la Corona para comerciar con los indios. El gobierno canadiense tuvo que ir a Londres a comprarla acre a acre, pagando la respetable suma de 300.000 libras esterlinas de cuando entonces. En 1882 se desgajó de los Territorios del noroeste, con nombre propio: el de la esposa del gobernador general a la sazón, la cuarta hija de la reina Victoria: Luisa Carolina Alberta (Luisiana y Carolina ya estaban cogidas, debió de pensar el marido). En 1905 nace como provincia. En 1942 descubrió petróleo para aburrir: posee las segundas mayores reservas conocias tras Arabia Saudita. Desde entonces crece como una manada de bisontes, de los que hubo muchos antaño y hogaño apenas quedan. En el imaginario y en los medios, si se la asocia a Columbia Británica, es The West; emparejada con Saskatchewan, hacia el interior, se dice The Prairies, esto es, las praderas. Es, dicen, la más estadounidense de las diez provincias, lo que quiere decir, supongo, que es la más despiadada. Aquí la influencia francesa se desvanece y sólo preocupa cómo llevar el petróleo a Asia e intentar que en Ottawa no les toquen el bitumen. Trudeau intentó socializar las ganancias del petróleo y todavía se acuerdan. Varias marcas de partidos conservadores se han sucedido en el poder desde 1921. Hace millones de años las praderas de la provincia fueron el hogar del Albertosaurus, un pariente, más pequeño y fibroso, del tiranosaurio; la Alberta de hoy también ruge, se traga a los ingenieros en paro de toda Europa, y escupe arenas bituminosas, uno de los crudos más contaminantes que existen. Había que venir a la primera oportunidad. Cuando por fin el avión comienza a descender, casi a medianoche, el centro financiero de Calgary parece una rejilla de cirios eléctricos. Lo que veo desde el taxi me recuerda mucho a mi ciudad natal: un gran aeropuerto en medio de una paramera con grandes rascacielos al fondo y montañas en el horizonte. Una ciudad con ínfulas. Llegamos al hotel apalizados. Han sido cuatro horas de avión al completo más tres de aeropuerto. Canada es muy grande. Canadá cansa. Mañana iremos al lago.

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